Historia

Cuando Japón se rindió en la IIGM y nadie se enteró

La mala calidad del sonido y el japonés arcaico que se utilizó hicieron que las palabras de Hirohito no fueran comprendidas por todos

El ministro de Exteriores japonés, Mamoru Shigemitsu, firmando la Rendición a bordo del "USS Missouri" el 2 de septiembre de 1945. A su lado, el general norteamericano Sutherland
El ministro de Exteriores japonés, Mamoru Shigemitsu, firmando la Rendición a bordo del "USS Missouri" el 2 de septiembre de 1945. A su lado, el general norteamericano SutherlandStephen E. Korpanty Naval History and Heritage Command

Años de guerra, bombas atómicas de por medio, la invasión soviética y un horizonte sin ninguna esperanza fueron suficientes para que Japón dijera basta y se plantara. La Segunda Guerra Mundial ya era historia en el Viejo Continente (en lo que a disparar balas se refiere, porque sus consecuencias serían todavía muy duraderas) y en Asia continuaba siendo una realidad hasta el 2 de septiembre de 1945. Tras la derrota nazi de ese mismo mes de mayo, solo quedaba este paso para dar por finalizada la contienda. La fotografía del día sería la del ministro de Exteriores japonés, Mamoru Shigemitsu, firmando el Acta de Rendición de Japón a bordo del “USS Missouri”.

El Imperio de Japón se desplomaba 77 años después de su establecimiento en 1868 por la Restauración Meiji. Se formaba el Estado de Japón. Sin embargo, la rendición leída por el emperador Hirohito a su nación a las doce del mediodía no fue tan fácil de comprender. A la baja calidad de la grabación se unió el japonés arcaico-cortesano utilizado por el mandatario en el Rescripto Imperial y fueron pocos los que entendieron que el horror había terminado.

El 70 por ciento de la ciudad de Hiroshima quedó reducida a escombros tras la bomba FOTO: AP AP

Así arrancaba: “A pesar de que todos han dado lo mejor, la situación de la guerra no se ha desarrollado necesariamente en provecho de Japón, mientras las tendencias generales del mundo se han vuelto contra su interés”. El discurso hizo referencia a “una bomba nueva y muy cruel”: “Cuya capacidad de provocar daño es realmente incalculable, provocando la muerte de muchas vidas inocentes. Si continuáramos luchando, no solo tendría como resultado el colapso y destrucción de la nación japonesa, sino que también conduciría a la completa extinción de la civilización humana”.

“¿Cómo vamos nosotros a salvar a nuestros millones de súbditos, o a expiarnos ante los espíritus benditos de Nuestros Ancestros Imperiales?”, se preguntaba el emperador: “Esta es la razón por la que hemos ordenado la aceptación de las disposiciones de la Declaración Conjunta de las Potencias”.

Las dificultades y sufrimientos a los que Nuestra nación quedará sujeta de ahora en adelante serán ciertamente enormes. Somos plenamente conscientes de los sentimientos más profundos de todos vosotros, nuestros súbditos. Sin embargo, es de acuerdo a los dictados del tiempo y del destino que hemos resuelto preparar el terreno para una gran paz para todas las generaciones que están por llegar, soportando lo insoportable y sufriendo lo insufrible”, apuntaba para poner el punto final a uno de los episodios más negros de la humanidad en todo el siglo XX.

El hongo de la bomba de Hiroshima, lanzada sobre Japón en 1945