Cuando Pablo Neruda liberó a Miguel Hernández

Se celebran 111 años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta indispensable de la cultura española del siglo XX y figura que fue de cárcel en cárcel durante los primeros años del franquismo... hasta su muerte

Imagen de archivo del poeta Miguel Hernández
Imagen de archivo del poeta Miguel Hernández

En lo meramente material, el día que Miguel Hernández desapareció físicamente de este mundo, solo dejó un mono, dos camisetas, un jersey, una camisa, un calzoncillo, una correa, dos fundas de almohada, una toalla, una servilleta, dos pañuelos, un par de calcetines, una manta, una cazuela y un bote. Aquello fue lo que le entregaron a Josefina Manresa, su esposa, en la enfermería de la prisión de Alicante tras aquel fatídico 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. Una nota acompañaba al lote: “Pase a desinfección y, desde allí, a Almacenes de Administración”, firmaba el oficial E. L. Sanz.

Más allá de lo palpable, atrás quedaba una obra de inmenso valor cultural y literario que se debate entre la Generación del 27 y la del 36 (“El viento del pueblo”, “El rayo que no cesa”, “Perito en lunas”...) Aunque considerado referente del 36, Dámaso Alonso le definió como “genial epígono” de la primera.

Fue en 1937, cuando la Guerra Civil ya era un horror sin marcha atrás, cuando el poeta no quiso mirar hacia otro lado. Siempre mostró su apoyo a la República tras el golpe de Estado. Y así lo hizo en el citado “Vientos del pueblo”, donde se ve a un Hernández comprometido política y socialmente y en el que expuso su posicionamiento. Acción que, como era triste norma por entonces, acabaría llevándole a la cárcel una vez finalizado el conflicto.

Con la guerra acabada, en Valencia se había terminado de imprimir “El hombre acecha”. Demasiado para la recién comenzada época franquista. Todavía sin encuadernar, la comisión depuradora de turno ordenó la destrucción completa de la edición. Aun así, hubo dos ejemplares que se salvaron de la quema y permitieron su reedición en 1981. Con ese ambiente, su amigo Cossío se ofreció a acoger al poeta en Tudanca, aunque este decidió volver a Orihuela (Alicante). Donde, pese a ser su casa, corría un riesgo real, así que optó por irse a Sevilla con la intención de cruzar la frontera de Portugal por Rosal de la Frontera (Huelva). Fue insuficiente. La policía del dictador Salazar lo entregó a la Guardia Civil.

Los barrotes de la celda le inspiraron para componer “Nanas de la cebolla”, solo tenía para comer pan y eso, cebollas. Fueron nueve días en la cárcel de Huelva, pero las palizas de los falangistas se convirtieron en la tónica habitual para que confesara el asesinato de José Antonio Primo de Rivera, defendían los exaltados.

Ahí comenzaría un periplo por varias cárceles que le llevarían a Sevilla y a Madrid, donde Pablo Neruda gestionó ante un cardenal su salida (también hubo movimientos por parte de Cossío) e inesperadamente, sin ser procesado, en septiembre de 1939 quedó libre, pero no por mucho tiempo.

A su vuelta a Orihuela fue delatado, detenido y llevado de nuevo a la capital, aunque a otra prisión diferente. En marzo de 1940 fue condenado a muerte por un consejo de guerra presidido por el Manuel Martínez Margallo. Sin embargo, la condena cambiaría tras la presión de Cossío y otros intelectuales y se convertiría en un largo castigo de treinta años de cárcel. Así, fue hasta Palencia, donde confesó que ni siquiera podía llorar, las lágrimas se congelaban por el frío. Luego llegaría el penal de Ocaña, en Toledo, y, finalmente, en 1941, fue trasladado al cárcel-sanatorio de Alicante, donde compartió celda con Buero Vallejo.

Primero, una bronquitis y, después, el tifus minaron su estado de salud. Pero fue la tuberculosis lo que terminaría de rematar a un Miguel Hernández, que fallecía en la enfermería de la prisión alicantina a las 05:32 de la mañana del 28 de marzo de 1942. Solo tenía 31 años.