Literatura

El último tango de Almudena Grandes, fallecida a los 61 años

La escritora y columnista fue galardonada con el Premio Nacional de Narrativa y alcanzó el reconocimiento de crítica y público con “Las edades de Lulú” o “El corazón helado”

El pasado mes de octubre, en su columna habitual, la escritora Almudena Grandes (Madrid, 1960) revelaba que a finales de 2020 se le descubrió un cáncer y que se retiraría momentáneamente para intentar buscarle un remedio. “Revisión rutinaria, tumor maligno, buen pronóstico y a pelear”, se podía leer en el escrito de Grandes en “El País”, en un gesto por el que recibió el apoyo de numerosas figuras y estamentos de la cultura española. La autora de “Las edades de Lulú”, “Te llamaré Viernes”, “El corazón helado” o, más recientemente, “Los besos en el pan”, lanzaba un mensaje de esperanza a sus lectores habituales, explicando que aunque había tenido que dejar de escribir y trabajar en una nueva novela, volvería, aunque sea “sin pelo, con una melena rizada o con el peinado de mi querida Josefina Báquer”, como recuerda, la solía llamar su abuela. En el día de hoy, tras ser ingresada de urgencia, Almudena Grandes ha fallecido a los 61 años de edad.

Una carrera meteorica

La trayectoria de Almudena Grandes, titulada en Geografía e Historia, se contó desde sus inicios por éxito de crítica y público, por multitud de premios recibidos y la atención del mundo del cine, que adaptó bastantes de sus obras. La primera de ellas, la novela que la dio a conocer en 1989, “Las edades de Lulú”, tras recibir el XI Premio La Sonrisa Vertical, que convocaba la editorial Tusquets, a la que la autora siguió ligada estrechamente desde entonces, y que fue adaptada por Bigas Lunas al año siguiente.

Desde aquel momento, con la referida obra de tinte erótico, la popularidad de Grandes no hizo más que crecer, gracias a su presencia en los medios y a su trabajo en la prensa, obteniendo el beneplácito de libreros, críticos literarios y diversas asociaciones. Así, vendrían las novelas “Te llamaré Viernes”, “Malena es un nombre de tango” (llevada al cine por parte de Gerardo Herrero en 1995), “Atlas de geografía humana” (que generó una miniserie chilena llamada “Geografía del deseo” y una película en el 2007), “Los aires difíciles” (que adaptó de nuevo Herrero en el 2006; Premio Cálamo al Mejor Libro del Año 2002 y Premio Crisol 2003), “Castillos de cartón” (que llevó al celuloide Salvador García Ruiz en el 2009), “El corazón helado” (Premio Fundación José Manuel Lara 2008 y Premio del Gremio de Libreros de Madrid 2008) y “Los besos en el pan”, junto con los volúmenes de cuentos “Modelos de mujer” (uno de ellos, «El vocabulario de los balcones», vio la luz en la pantalla grande con el nombre de “Aunque tú no lo sepas”, obra de Juan Vicente Córdoba en el 2000) y “Estaciones de paso”.

Asimismo, con su serie “Episodios de una guerra interminable” siguió recibiendo reconocimientos por algunas de sus entregas: con “Inés y la alegría”, el Premio de la Crítica de Madrid 2011, el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2011; y con “Los pacientes del doctor García”, el Premio Nacional de Narrativa 2018, convocado por el Ministerio de Cultura. Además, tuvo en su haber el Premio Julián Besteiro de las Artes y de las Letras 2002 por el conjunto de su obra y el Premio Liber 2018 al autor hispanoamericano más destacado, otorgado por la Federación del Gremio de Editores.

Almudena Grandes, posando para LA RAZÓN en 2019
Almudena Grandes, posando para LA RAZÓN en 2019

De izquierdas y feminista

Una trayectoria, pues, extraordinariamente fecunda y exitosa, en paralelo a su actividad combativa en terrenos políticos y feministas, desde posturas de izquierdas –apoyó a Izquierda Unida, aunque en las últimas elecciones generales dijo no votar al no sentirse representada por ningún partido– y con una gran querencia por la España salida de la época republicana. En concreto, en 2010 se publicaba la primera entrega de los “Episodios de una guerra interminable”, que alcanzó el quinto libro el año pasado y que iba camino de tener un cierre titulado “Mariano en el Bidasoa”, presumiblemente de próxima publicación.

Grandes, desde el primer momento, ya tuvo clara la estructura de tamaña empresa, pues ya adelantó en el primer libro los títulos que iban a venir; y también ese nombre general de carácter galdosiano. No en vano, en todas estas novelas ponía el foco en la ciudad de Madrid de forma significativa, atravesando las décadas de los años treinta, cuarenta y cincuenta. En aquella ocasión, con “Inés y la alegría”, la narradora madrileña nos hacía viajar al Toulouse de 1939, con un personaje, Carmen de Pedro, responsable en Francia de los comunistas españoles, que se unía a un excargo del partido que tenía el propósito de organizar la Resistencia contra la ocupación alemana, preparando la plataforma de la Unión Nacional Española con la ayuda de un ejército de hombres dispuestos a invadir España. Lo que recibirá el nombre de operación Reconquista de España llegará a oídos de Inés, una mujer republicana que vive recluida en la profunda Lérida con su hermano, delegado provincial de Falange en Lérida.

De este modo, Grandes ya colocaba los asuntos centrales que iban a caracterizar toda la serie: la vida precaria en la España de la posguerra, el aliento de venganza y sospecha, el clima de enfrentamiento y peligro, la ideología como campo de batalla para imponer ideas o mantenerse en los ideales de libertad, la situación de la mujer como elemento sufriente ante una sociedad violenta, represiva y extremadamente machista. Y es que, tanto en esta novela con Inés como el resto la condición femenina destaca sobremanera.

En el segundo relato, “El lector de Julio Verne”, cuando se contaba la vida de un niño hijo de guardia civil, para su desgracia, y su deseo por recibir una educación, aparecía un cortijo donde una familia de mujeres solas, viudas y huérfanas resistía en la frontera entre el monte y el llano. En la siguiente, “Las tres bodas de Manolita”, la heroína se dejaba ver en el Madrid recién salido de la guerra civil, buscando sobrevivir a sus dieciocho años, con su padre y su madrastra encarcelados, y su hermano Antonio escondido en un tablao flamenco, teniendo que hacerse cargo de su hermana Isabel y de otros tres más pequeños.

Fe y desesperanza

Asimismo, en “Los pacientes del doctor García”, se contaba cómo, tras la victoria de Franco, un médico residente en Madrid bajo una identidad falsa que le facilitó ser ejecutado, se producía una trama de misiones secretas y peligrosas en que era notable la presencia de una mujer que dirigía, desde el barrio de Argüelles, una mujer alemana y española, nazi y falangista, llamada Clara Stauffer, una red de evasión de criminales de guerra y prófugos del Tercer Reich. “La madre de Frankenstein” fue su última obra; en ella recreó los sucesos reales que protagonizó una parricida paranoica, de gran erudición, que fascinó a Grandes cuando conoció su historia en 1989.

De tal modo que esta historia fue fruto de una obsesión por este personaje tétrico, como contaba la propia Grandes en la nota final que incorporó a la obra: “Mi inspiración original fue, desde luego, la vida y la muerte de Aurora Rodríguez Carballeira, que parece un alucinante, incluso delirante, argumento de ficción… He escrito este libro en memoria de todas esas mujeres que no pudieron atreverse a tomar sus propias decisiones sin que las llamaran putas, que pasaron directamente de la tutela de sus padres a la de sus maridos, que perdieron la libertad en la que habían vivido sus madres para llegar tarde a la libertad en la que hemos vivido sus hijas”. Esa defensa de las mujeres y el anhelo de, desde la ficción, denunciar la dictadura franquista la distinguieron con especial intensidad en la última década

El contenido de esta su última novela convergía en algo que decía una mujer, que reflejaba bien el estado de languidez, desesperación y miseria humana, moral y económica que sufría aquella España, esto es, el hecho de que “en los cuarenta, la gente no tenía nada que comer, pero tenía esperanza. La fe alimenta más que la comida, y estábamos convencidos de que los aliados invadirían España si ganaban la guerra mundial. (…) Y sin embargo, ahora… Fusilan menos, sí, las cárceles están más vacías, también, muchos presos han vuelto a sus casas, desde luego, pero nadie espera nada bueno ya”

La denuncia sin panfleto

Por Jesús Ferrer
Almudena Grandes ocupa ya un lugar insustituible en la narrativa española contemporánea. Su estilo literario la vincula a la mejor tradición realista de ascendencia cervantina y galdosiana, aunque no fue este exactamente su primer impulso creativo. Cabe recordar que alcanzaría cierta notoriedad con una novela erótica, «Las edades de Lulú» (1989), donde ya demostraba su habilidad para combinar el relato sensual con la introspección psicológica. No tardaría en variar el rumbo estético de su literatura para adentrarse en sentimentales historias donde combinaba la pasión amorosa con el desencuentro de los afectos, y los secretos familiares con los vaivenes de la dinámica social; es lo que, entre otras cuestiones, hallamos en novelas como «Te llamaré Viernes» (1991).
Inquieta indagadora de las posibilidades expresivas, avanzará hacia un registro narrativo que, tomando como modelo una renovada formulación de los Episodios nacionales de Galdós, ofrecerá un amplio panorama de las inquietudes sociales de nuestra contemporaneidad; y ello sin perder de vista la profundidad psicológica de los personajes, la fuerza del compromiso civil o el rigor de las referencias históricas. El resultado de ese empeño son las cinco novelas que componen la serie «Episodios de una guerra interminable», cuyo último título, «La madre de Frankenstein», aparecía este pasado año, y en la que, en el ambiente de la dura postguerra española, fluía una desgarradora historia de amor. De nuevo, aunque ya con un sólido espíritu de crítica social, desfilaban las asendereadas vidas de unos personajes maltratados por las circunstancias. En más de una entrevista declaró que la literatura, inmersa en el medio social que la genera, cumple una función concienciadora, por la que el lector se reconoce en su identidad colectiva.
Más allá de la convencional novela histórica, su obra adquiere así una dimensión de profundidad sobre la memoria y el pasado, gravitando ambos sobre la percepción de la realidad. Se trata de una innovadora vuelta de tuerca al realismo descriptivo, transformándolo en un instrumento de denuncia que, sin panfletarismo alguno, es capaz de afrontar los matices de la existencia. Sin olvidar, a todo esto, la deriva ética de los conflictos argumentales que a menudo encontramos en esta novelística. Nos ha dejado Almudena, pero su literatura permanecerá como ejemplo del realismo crítico teñido de bien templada sentimentalidad.