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Crítica de “La abuela”: al diablo con la vejez ★★★★☆

Almudena Amor y Vera Valdez en una escena de "La abuela"
Almudena Amor y Vera Valdez en una escena de "La abuela" FOTO: Sony Sony

Dirección: Paco Plaza. Guion: Carlos Vermut. Intérpretes: Almudena Amor, Vera Valdez, Karina Korokolchykova. España-Francia, 2021. Duración: 100 minutos. Terror.

¿Qué significa la vejez? ¿Cómo representarla? “La abuela” se plantea estas preguntas desde lugares opuestos pero complementarios. Por un lado, la vejez es decadencia, y convertirla en eje vertebral de una película de terror nos enfrenta con lo que es el declive de la carne y el espíritu, y con el modo en que el orden social prefiere darle la espalda a su futuro transformándola en un tabú. Es, en ese sentido, una idea brillante sacar a la luz la parte más siniestra de los cuidados de la tercera edad para, desde lo cotidiano, mostrarlos como lo que son: un calvario para la que muere lentamente, pero también para la que sirve y protege. Por otro, la vejez es el depósito de una sabiduría histórica, basada en la herencia y la filiación. De ahí que se alimente de la juventud de una manera que, retorcida por la mano negra de Carlos Vermut en el guion, puede despertar cualquier cosa menos piedad. La vejez es, al mismo tiempo, sinónimo de fragilidad y vampirismo.

Esa dicotomía, cifrada en el estatismo de la abuela que mira al vacío (espléndida Vera Valdés), que no es otro que un más allá de las cosas, y el movimiento perpetuo de su nieta (notabilísima Almudena Amor) -que quiere escapar de la casa-tumba que la mantiene atrapada pero no puede, como en una película de Buñuel o Polanski-, se despliega con todo su esplendor en la mesurada, inteligente puesta en escena de Paco Plaza. El director de “Verónica” maneja con soltura los resortes del cine de terror de interiores, y sabe que la eficacia de su propuesta, en realidad muy austera, depende de cómo utilice el espacio.

Así las cosas, los clichés del género adquieren una dimensión perturbadora gracias a la forma en que Plaza aprovecha los pasillos, los rincones oscuros, los cristales esmerilados y, claro, el fuera de campo. Antes hablábamos de Polanski, y ciertamente no estamos tan lejos de “La semilla del diablo”: el director polaco también sabía, como Plaza, que fabricar un entorno realista, casi costumbrista, que sea creíble es la gran piedra de toque del fantástico. La sinergia entre el universo de Vermut y el de Plaza -como muestra, un botón sangrante: la aterradora visita de una joven amiga de la abuela- profundiza en esa idea que funde, en una misma imagen especular, la vejez y la eterna juventud como dos polos del tiempo que se abrazan dejándose cicatrices en el cuerpo.

Lo mejor

La estudiada puesta en escena y el duelo de actrices.

Lo peor

La película te prepara tanto para la sorpresa final, que se ve venir demasiado pronto.