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El fisioterapeuta que pudo con Himmler

François Kersaudy publica su estudio sobre Felix Kersten, el médico que calmó los calambres del Reichsführer y, a la vez, maniobró para salvar a miles de judíos

Felix Kersten era el fisioterapeuta de las estrellas y Himmler le conocía como el «buda mágico»
Felix Kersten era el fisioterapeuta de las estrellas y Himmler le conocía como el «buda mágico» FOTO: Foto Nationaal Archief

Felix Kersten era el fisioterapeuta de las estrellas de entreguerras, de los hombres ricos y de la aristocracia del centro y el norte de Europa. Por tradición familiar, le hubiera tocado ser agricultor, como su padre, su abuelo, su bisabuelo... Pero una herida de la Gran Guerra cambió su destino. Tuvo que ingresar dos meses en el hospital de Helsinki y fue allí donde comenzaría a interesarse en los asuntos médicos. Los doctores vieron que tenía las manos adecuadas, dedos muy sensibles, para el masaje finlandés –una técnica de fisioterapia– y le incitaron a que diera el salto. Le mandaron a Berlín para que mejorase su formación «y se volvió muy bueno. Se hizo famoso porque no solo trataba, además, curaba», puntualiza François Kersaudy, responsable de El médico de Himmler, el libro que publica Taurus –y adelantado por LA RAZÓN– y que pretende darle a Kersten el valor que se le negó durante muchos años.

Aquel inicio en el mundo sanitario del protagonista de esta obra solo era el comienzo de la salvación de miles de judíos. Pero, para eso, todavía quedaban muchos años, y unas 200 sesiones que recogió en sus notas y que ahora se desgranan en este volumen. Con el nombre de Kersten pululando de boca a oreja entre las élites de los años 30 –entre otros, era el médico de la reina de Países Bajos–, llegaron los problemas para Heinrich Himmler. Los dolores abdominales se instalaron en él, y los calambres que sufría el Reichsführer eran incontrolables, así que se entregó a las manos del primero que lo calmase. Kersten era el hombre en boga, por lo que Himmler no aspiraba a menos.

Sin embargo, al médico le entraron las dudas: «Al principio, lo rechazó porque no quería nada con los nazis y conocía a Himmler. Pero, luego, puede que por curiosidad o para hacer algún favor a su amigo y paciente [el que le puso en contacto con este] accedió a una primera visita en el cuartel general de la Gestapo», recuerda Kersaudy. Allí se encontró con un gerifalte de Hitler muy mermado, «le pareció débil», puntualiza el autor. ¿Ingenuo? «Con el tiempo, sí». Y es que la relación Kersten-Himmler, para el historiador francés, es fruto de varias «casualidades»: «Desde el primer momento, el médico sabía que podía tratarlo y aliviarlo, pero no curarlo. Lo que obligaba que esos tratamientos, que tenían una efectividad de dos o tres meses, se tuvieran que repetir con asiduidad. De haberle curado, esta historia nunca podría haberse escrito. Y, además, el doctor se dio cuenta de que la dependencia de Himmler con respecto a sus manos le permitía cambiar sus servicios por algo más que dinero». Y así sucedió.

Pese a su cargo, el jefe de las SS «era pobre, curioso», por lo que, en más de una ocasión, se escaqueaba de pagar a cambio de hacerle algún favor a su «buda mágico», como llamaba a un Kersten con 138 kilos de apariencia casi sagrada e instruido por un médico tibetano. «Le dijo: “Sé que sus tratamientos son caros, pero no tengo mucho dinero”». Y vio el cielo abierto. A lo Schindler, llevaba meses con una lista de varios nombres en el bolsillo. «La sacó y se la dio: “Estos son mis honorarios, la libertad de esta gente”, le respondió». La primera vez que pidió algo así fue en agosto de 1940 y ya no pararía hasta el final de la guerra. «Los cinco años siguientes, ese intercambio de tratamientos por liberaciones se multiplicó». Incluso llegó a desobedecer las órdenes directas de Hitler, que mandó volar los campos de concentración cuando los aliados estuvieran a menos de ocho kilómetros. Nunca dio el paso.

Como explica el historiador, Kersten estaba compinchado con el secretario de Himmler y el jefe de los Servicios de Inteligencia de las SS: «Intentaron convencerle de derrocar a Hitler porque vieron en él a un hombre que dudaba constantemente. Pero no quería, decía que le debía todo al Führer y que hasta la hebilla de su cinturón se lo recordaba». Ahí estaba el lema de «Mi honor es mi lealtad» y, entonces, Kersten se puso práctico: «Señor, cambie la hebilla». «Pese a ser una historia trágica, siempre hay episodios cómicos», ríe Kersaudy abrazado a un proverbio ruso: «No hay nada más serio que la risa».

  • El médico de Himmler (Taurus), de François Kersaudy, 392 páginas, 22,90 euros.