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Estreno

Crítica de “El hombre del norte”: Shakespeare, eviscerado ★★★★☆

Alexander Skarsgård en "El hombre del norte" (Aidan Monaghan/Focus Features via AP)
Alexander Skarsgård en "El hombre del norte" (Aidan Monaghan/Focus Features via AP) Aidan Monaghan AP

Dirección y guion: Robert Eggers. Intérpretes: Alexander Skarsgård, Nicole Kidman, Claes Bang, W. Dafoe. EE.UU., 2022. Duración: 136 minutos. Acción.

Claro, Ahmlet (monolítico Alexander Skarsgard) es un anagrama de Hamlet. Es decir, «El hombre del norte» es la obra de Shakespeare deconstruida. Mejor, eviscerada. Robert Eggers le ha quitado los intestinos al príncipe de Dinamarca, le ha convertido en vikingo rugiente, ha anabolizado su cuerpo y lo ha echado a andar, chapoteando en sangre helada. Si Harold Bloom decía que Hamlet era más inteligente que Shakespeare y todos nosotros, seguramente diría que Ahmlet es más estúpido. Porque el Ahmlet de Eggers no duda, no sabe dudar: es un hombre de acción. Ahí radica su nada peyorativa estupidez: en pensar que su misión tiene algún sentido en un invierno infinito iluminado por la lava. Su credo, que repite desde su infancia desmembrada, es: «Te vengaré, Padre. Te salvaré, Madre. Te mataré, Fjölnir». Allí donde Hamlet hacía de su pasividad su razón de ser, su estado de conciencia natural, Ahmlet camina y mata, en un virtuoso plano secuencia que demuestra hasta qué punto su odio le transforma en puro movimiento sin principio ni fin. Parece que Eggers está de acuerdo con los expertos shakesperianos Jordi Balló y Xavier Pérez en que el hermetismo paralizador de Hamlet ha sido el culpable de impedir su transformación en argumento universal. Por eso su Ahmlet es Conan hablando (casi) en verso. Por eso «El hombre del norte» es el anverso de Hamlet. A los hermosos diálogos del filme, versión suavizada de los beckettianos duelos verbales de la hipnótica «El faro», Eggers, cineasta típicamente atmosférico, les corresponde con una poderosa puesta en escena, que reproduce la edad del hierro vikinga con el color del barro y del graznido de un cuervo, gris y negra, sucia y musculosa.

Con un pie en el fantástico feérico y otro en la pesadilla intimista, el director de «La bruja» se maneja con el mismo virtuosismo en los pasajes wagnerianos -el ritual iniciático con Willem Dafoe como visionaria deidad del fuego y de la tierra; el partido de rugby más neolítico que pueda imaginarse a este lado de Islandia; la citada matanza en un solo plano- que en las escenas hostilmente hogareñas -el reencuentro entre Ahmlet y su madre (excelente Nicole Kidman) es memorable. Es cierto que, en su tramo final, la película se deja engatusar por la previsible testarudez de su héroe, víctima de un destino escrito por los dioses y con parada final en el Valhalla, pero en ese fatal determinismo, arcaico como el principio de los tiempos, está el corazón de esa historia contada por un necio, llena de ruido y de furia, que nada significa. Será que, al pie de un volcán, a «El hombre del norte» le gustaría ser un poco más macbethiana que hamletiana.

Lo mejor: su neolítica, wagneriana puesta en escena y su original revisión de «Hamlet»

Lo peor: pierde algo de fuelle en su tramo final, algo desvaído y apresurado