Música

Bellezas ocultas y recuperadas

Nereydas y solistas dirigidos por Javier Ulises Illán en un momento de ‘La Nitteti’ (c) Elvira Megías / CNDM 2022
Nereydas y solistas dirigidos por Javier Ulises Illán en un momento de ‘La Nitteti’ (c) Elvira Megías / CNDM 2022 FOTO: La Razón (Custom Credit)

Obra: «La Nitteti», de Nicolo Conforto. Dirección musical: Javier Ulises Illán. Dirección artística: José María Domínguez. Madrid. 7-V-2022. Auditorio Nacional.

Aplaudamos las reposiciones de títulos pretéritos y venerables que de vez en cuando se llevan a cabo gracias al trabajo de ilustres y meritorios musicólogos y a la decisión de inteligentes programadores. El CNDM ha tenido la feliz idea de atender la iniciativa de expertos como Javier Ulises Illán y José María Domínguez y ha programado, con la colaboración del ICCMU y de varias iniciativas públicas, en versión de concierto uno de esos títulos ignotos: “La Nitteti” de Nicolo Conforto (Nápoles, 1718-Aranjuez, 1793), uno de los maestros italianos que recalaron en la Corte madrileña durante la segunda mitad del siglo XVIII.

Conforto, ya muy ducho en labores líricas, puso música a un libreto del prolífico Metastasio escrito expresamente para Madrid por encargo del castrato Farinelli por entonces ya prácticamente retirado de la escena y amo y señor de los espectáculos operísticos de la Corte. Él fue quien eligió al músico napolitano para servir una historia bastante alambicada que transcurre en Egipto en el año 570 antes de Cristo durante el reinado del faraón Amosis II y que narra los conflictos amorosos de su hijo Sammete y la esclava Beroe. La princesa Nitteti, hija del faraón anterior, está a su vez enamorada de Sammete.

Lo importante, claro, es la música y esta es muy buena. Estamos en lo que podríamos definir como la infancia del clasicismo, en el año en que nació Mozart. La partitura, como nos comentaba Illán, es ambiciosa y emplea una orquesta grande para la época, con cuerda y vientos a dos: trompas, trompetas, oboes, traversos… Abundancia, como era lógico en esa época, de arias da capo, aunque alguna se sale del catón, como la que tiene a su cargo la falsa Nitteti, acompañada, en hermosísimo dúo, de una viola de amor. En el estreno participaron algunos de los mejores cantantes de la época. Por ejemplo, nada menos que el tenor Anton Raaff, todavía joven y que intervendría ya mayorcito en 1781 en el estreno del Idomeneo.

La versión escuchada estaba al parecer algo aligerada. Aún así la sesión duró, con descanso, más de tres horas. El arrostrado y siempre inquieto Javier Ulises Illán dirigió a su grupo Nereydas con la solvencia y el desparpajo de los que siempre hace gala. Sabe controlar dinámicas, subrayar acentos, acompañar con fluidez y manejar la agógica con fantasía. Es verdad que no siempre los planos sonoros, las líneas estuvieron bien distribuidos y hubo alguna que otra borrosidad y pasajeros desajustes. Pero casi todo funcionó de manera plausible. Las melodiosas músicas, los sabios contrapuntos, los urgentes acelerones nos llevaron en volandas gracias también a un equipo vocal muy eficiente.

Nos gustó especialmente –aunque no es la que tiene más trabajo- la Nitteti (falsa a la postre) de Nuria Rial, soprano lírico-ligera fresca de timbre, dulce de acentos, afinada y cordial (gran momento el del diálogo con la viola). Luego la siempre firme y elocuente, en la parte de coloratura más complicada, María Espada (Sammete), soprano del mismo tipo, con algunos pasajeros momentos de aspereza vocal. El tenor Zachary Wilder (Amasi), muy lírico, suavemente sombreado, se defendió con aseo y con una tan solo discreta coloratura en una parte que requiere una voz de más enjundia. A buen nivel las demás cantantes, todas ellas sopranos en partes en algún caso estrenadas por castrati: Ana Quintans (Beroe), Lucía Caihuela (Amenofi) y Paloma Froedhoff (Bubaste). Éxito cierto tras el “Minueto”, colofón de la ópera.