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Isabel II, el magnetismo de una “estrella” del cine

Desde la elegancia hasta la villanía, la figura de Isabel II encontró siempre un hueco icónico en el audiovisual, gracias a películas como «The Queen» o las recientes «Spencer» y «The Crown», sin duda la más fiel al histórico personaje

En la excelente «The Crown», Peter Morgan contó con Claire Foy para interpretar a Isabel II y con Matt Smith para dar vida a Felipe de Edimburgo
En la excelente «The Crown», Peter Morgan contó con Claire Foy para interpretar a Isabel II y con Matt Smith para dar vida a Felipe de Edimburgo NETFLIX / EUROPA PRESS

El guion está en blanco, casi en contraposición al luto obligado de estas páginas, pero hay que llevarse la película al Reino Unido. La iconografía del audiovisual se ha aferrado siempre a una opción, casi canon: la rotonda frente al Palacio de Buckingham como símbolo de la monarquía más respetada del mundo. De la mano del séptimo arte, la figura de la Reina de Inglaterra como rostro de la sofisticación, de lo vetusto y de lo perenne se ha asentado casi a nivel ideológico en las narraciones para el gran público. Basta una señora mayor, unos divertidos corgis corriendo o unas vistosas pamelas a guante blanco para saber de qué estamos hablando: Isabel II es, por derecho propio (hereditario e irrenunciable), una estrella del cine.

Su relación con el medio, de hecho, comenzó de manera estrictamente profesional. Hija de su tiempo, y de un archivo excepcional como es el de la BBC, las horas de metraje que guarda el ente público británico de su rostro superan a las de cualquier otro personaje histórico. Coronada, en 16 milímetros, y en 1952, la historia de amor de Isabel II con el celuloide ya había comenzado en 1939, gracias a una aparición de archivo en «El león tiene alas», película de propaganda británica previa al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Durante los primeros años de su reinado, eso sí, e influenciada por la mala prensa que había generado su hermana a la Casa Real, se sentía atemorizada por las cámaras. Para cuando Nixon arribó en Albión con todo un equipo de grabación, ya entrados los setenta, el color (y lo icónico) estaban en su mano.

La boda de Isabel II y Felipe de Edimburgo, en 1953 y grabada en 16 milímetros -/ PA Wire /DPA / EUROPA PRESS
La boda de Isabel II y Felipe de Edimburgo, en 1953 y grabada en 16 milímetros -/ PA Wire /DPA / EUROPA PRESS DPA vía Europa Press DPA vía Europa Press

El atractivo del rigor

Para quien siga dudando, un dato: la monarca que nos dejó anoche es la única de toda Europa que cuenta con un BAFTA, máximo reconocimiento de la Academia de Cine británica, otorgado en 2013 por su contribución al desarrollo mismo de la industria. Entre carretes históricos y referencias explícitas, la iconografía de la Reina seria, respetada y respetuosa se transfirió por puro magnetismo a la ficción. Así llegaron las primeras parodias, como la de la francesa «Los locos en Hong-Kong» (1975) que obligó a prohibir la película en las islas, o «El secuestro de una reina» (1976), en el que el rescate de Isabel II era la excusa de un héroe para abrirse paso a patadas voladoras. La misma reina, gustosa del género más extravagante en su intimidad cinéfila, dijo que su película favorita era «Flash Gordon» (1980).

Popular ya en todo el mundo para cuando encaraba la tercera década de su mandato al son de los Sex Pistols, Isabel II amasó su estatus de estrella del celuloide, de nuevo, como imagen del rigor. Un rigor que los hermanos Zucker y Jim Abrahams se encargaron de hacer volar por los aires en «Agárralo como puedas» (1988), quizá el primer gran taquillazo de los alter ego de la reina y, sin duda, punto álgido de su uso amable en la sátira. Y entonces llegó ella.

La aparición de Diana de Gales en la vida mediática británica —y en el papel cuché de todo el mundo— tuvo una traducción casi shakesperiana (ya que estamos) en la ficción. Aquella dama amable e inofensiva como una taza de té con leche se convirtió de repente en una arpía amarga, clasista y racista. Quizá el mejor ejemplo de esa traslación a la villanía se da en una de sus «apariciones» más recientes. En «Spencer» (2021), de Pablo Larraín, Isabel II se dibuja oscura en siluetas, siempre sibilina y sin apenas dar órdenes a través de ella misma: una soberbia Stella Gonet se sirve de solo un par de escenas para pintar a una abusona de manual, una mujer intolerante e intransigente que empujó siempre a Lady Di fuera de los dominios del clan Windsor.

Más objetivos, y ciertamente más completos, fueron los acercamientos a modo de retrospectiva. En la tendencia que recorre la industria desde principios de siglo, la figura de Isabel II era demasiado jugosa para dejarla escapar como «biopic»: reina por casualidad, mujer de Estado y monarca para la historia. Probablemente el relato más icónico y fiel sea el de «The Queen» (2006). Helen Mirren se convirtió en la única actriz que pudo reunirse con la reina antes de darle vida en la gran pantalla. Y la película, además de un ejercicio de neoclasicismo primoroso dirigido por Stephen Frears —cuyo guion firmaba el mejor retratista de la Casa Real británica, Peter Morgan—, nos acercaba precisamente a la Isabel rota que asumió el papel de villana tras la muerte de Diana.

Claire Foy en la primera temporada de "The Crown"
Claire Foy en la primera temporada de "The Crown" Netflix Netflix

Fenómeno de masas

Sería el mismo Morgan quien, años después y gracias al músculo financiero de Netflix, completara su magnum opus: «The Crown», estrenada en 2016 prometía acercarnos a las bambalinas de la institución, pero en realidad hay en ella una pulsión ulterior, la de explicar cómo Isabel Alejandra María se convirtió, para todo el mundo, en «La Reina». Para ello, contó con una casi debutante Claire Foy para plasmar la inocencia, con la arruga teatral de la siempre excelente Olivia Colman para la madurez y, en lo que queda por emitir, con la desagradable flema de toda una dama de la escena británica, Imelda Staunton. Desde su controvertido emparejamiento con Felipe de Edimburgo hasta su batalla mediática con Lady Di, pasando por sus desavenencias con Margaret Thatcher, la serie de Morgan es el mejor retrato no ya de la propia Isabel II, sino de su calado en la cultura popular y en la historia contemporánea. «The Crown» no huye de las vergüenzas de la Princesa Margarita, de los turbios orígenes del Rey consorte ni de los efebofílicos negocios de Andrés de York con Jeffrey Epstein.

El drama, ese tejido con el que se ha levantado película a película y serie a serie el séptimo arte, parece haber perdido, con la muerte de Isabel II, una etiqueta de elegancia y altura de miras, pero también una tonalidad de villanía que nadie será capaz siquiera de empatar. Ya para el recuerdo, su última aparición, de la mano del osito Paddington.