Literatura

Agonía o salvación de Henning Mankell

Afirma que está dispuesto a relatar la evolución de su enfermedad en las columnas que escribe

Mankell, el creador del inspector Wallander
Mankell, el creador del inspector Wallander

Es irremediable establecer una relación entre el escritor Henning Mankell y su personaje, el inspector Kurt Wallander, tal ha sido la simbiosis entre ambos a lo largo de sus once novelas y la nouvelle «Huesos en el jardín» recientemente publicada. En realidad, el ciclo literario se cerró en 2010 con «El hombre inquieto», con Wallander envejecido, con diabetes y ese mal genio que lo caracteriza desde «Asesinos sin rostro» y «Los perros de Riga», dos de sus obras maestras de intriga policiaca posmoderna. Ahora que el propio autor reconoce públicamente que padece cáncer en la garganta y un pulmón, debiera leerse «Huesos en el jardín» como el epílogo de la carrera de este inspector cascarrabias, problemático y poco dado a la vida social, cuyo parecido con el escritor se ha ido acentuando con el paso de los años.

Sólo hay que ver las imágenes de Mankell, desaliñado y con cara de angustia vital, para establecer un parecido ciertamente imaginario con su detective Wallander. Dos actores le pusieron rostro televisivo: el sueco Krister Henriksson, más joven que el actor inglés Kenneth Branagh, cuya caracterización de un viejo depresivo resulta más creíble». Huesos en el jardín» es una novela corta crepuscular. Rezuma melancolía y hasta la misma aventura tiene la cadencia y el color del ocaso, de aquello irremediablemente perdido. Sin embargo, llama la atención el tono ligero, la simplicidad en el planteamiento y el sosiego narrativo del relato. Alejado de la histeria que solían tener sus últimas novelas, como si se hubiera reconciliado con Wallander, es decir, consigo mismo y quisiera dejar constancia del adiós definitivo del comisario que en cierta medida puso de moda la novela negra nórdica y dio paso a una generación de escritores que han triunfado en todo el mundo.

En sus novelas plantea siempre una crítica teñida de melancolía del derrumbe del estado del bienestar, el asalto de la emigración ilegal y las mafias extranjeras. Pero si por algo destaca Mankell es por haber creado un nuevo tipo de detective posmoderno, Kurt Wallander, en sintonía con la búsqueda del sentido del Mal que acecha a la sociedad multicultural y desestructurada contemporánea. Quizá sea la depresión la característica esencial de la literatura de Mankell y de su personaje principal, Wallander. Obsesivo, en un continuo conflicto personal, con brotes depresivos que le llevan a estados de pérdida de identidad y desencanto vital. Esa hora del crepúsculo puede verse reflejada en «El hombre inquieto», donde el mundo personal de Kurt Wallander se va difuminando en la turbia anomia de una neblina nórdica. El detective sueco ha cumplido sesenta años, unos cuantos más que el autor, y se ve en esa tierra de nadie que es la vejez. Y como en «Fresas salvajes», de Bergman, Wallander comienza a repasar su vida, que para el lector no es otra que sus viejas aventuras como detective en Escania. Rememora su gran amor perdido en «Los perros de Riga», Baiba Liepa, reaparece su conflictiva ex mujer y se reconcilia con su hija. Todo a su alrededor es muerte y desolación, reflejo del estado de ánimo de Wallander en la aventura que pone punto final a su vida literaria y presagio de la suya personal.