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Amezúa, la pasión de un melómano

  • Amezúa, la pasión de un melómano

Tiempo de lectura 4 min.

21 de mayo de 2015. 00:49h

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21/5/2015

Ramón González de Amezúa falleció el sábado pasado, si bien la noticia no trascendió por deseo expreso de la familia. Tenía 93 años, pero nunca dejó de ser un niño. Antón García Abril lo recordaba escuchando a la Philharmonia en el Auditorio Nacional: «La edad se lleva por dentro». Ramón nunca perdió la juventud y eso es una de las cosas que nos unieron durante los años que trabajamos codo con codo en el Teatro Real. Esperanza Aguirre le nombró miembro de su patronato en 1996, nada más ser nombrada ministra de cultura por Aznar. Era una de las épocas más convulsas del casi siempre convulso Real. El teatro aún estaba en obras, pues quedaba la decoración de su foyer, y debía abrirse en octubre del año siguiente. Elena Salgado, directora general, había perdido la confianza de Aguirre y Ruiz Gallardón, Lissner no paraba de amagar con tirar la toalla y el INAEM quería meter a la ONE en el foso en contra de la voluntad de aquél. ¡Cuántas cosas logramos y cuántas evitamos estando de acuerdo! No sólo musicalmente, pues una de las tareas más importantes entonces y ahora era la financiación. Ambos constituimos su primer comité de patrocinio, ambos introdujimos en el balance aquel fondo de reserva dedicado a «grandes reparaciones» del que años más tarde viviría Mortier, ambos nos opusimos a que la Fundación funcionase a través del INAEM... Repaso mis notas de aquella época y destaca el larguísimo patronato de enero de 1997. Aguirre preguntaba al director general del INAEM «¿De qué parte estás, a favor o en contra del teatro?» y éste amenazaba con dimitir ante la cara de felicidad de Lissner; Víctor Pablo no quería dirigir «La vida breve» si estaba la ONE, quería la Arbós, y Ramón le llamaba inútilmente por teléfono para convencerle.

Ese era Ramón, siempre dispuesto a templar gaitas, unir voluntades y siempre con la picardía en sus ojos. Una picardía que sólo podía nacer de una inteligencia privilegiada como la suya. Nuestros títulos comunes de doctores ingenieros industriales, nuestro amor por la música y nuestra experiencia con los números nos unieron mucho en aquellos largos y complicados años. Había empezado a estudiar música en el Conservatorio de Madrid y siguió con esta afición en París e incluso cuando ya estudiaba ingeniería. No fue una casualidad que el órgano constituyese su centro vital musical. Tuvo la inmensa suerte de unir afición y profesión al fundar una empresa dedicada la construcción y restauración de órganos. Los de la Basílica de El Escorial o el mismo del Real fueron obra suya.

Espíritu ilustrado

Ramón ocupó muchos sillones, ¡Hasta presidente de Tele Madrid y casi fundador de Ferrovial con Rafael del Pino!, pero sin duda el que más disfrutó fue el de director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Lo fue durante casi dos décadas (1991-2008), tras haber sido su tesorero, en las que la institución dio grandes pasos en su modernización. El edificio casi en ruinas de 1970 pasó a tener cinco plantas y 20.500 m2 llenos de arte y actividades y revivió el espíritu ilustrado del siglo XVIII con el que fue creada la Academia en 1752 hasta convertirse también en indiscutible púlpito de opinión sobre cualquier tema cultural. Y Ramón fue allí, como en todos los sitios, una persona queridísima. Cristóbal Halffter le dedicó «Pinturas negras» y Carmelo Bernaola sus «Tàpies pieza» (1990), ambas con el órgano como protagonista. ¡Cómo disfrutaría Ramón tocándolo él mismo en el Real con Frühbeck y la ONE aquel 2 de febrero de 1973! Fue un hombre siempre joven, pero serio y cabal, con suerte porque se la labró y mereció. Un ejemplo, como pocos, a seguir en estos tiempos de tanta mediocridad.

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