Cultura

Las vanguardias cotizan al alza en la Tefaf de Maastricht

La 35 edición de la feria de arte devuelve señales de que el mercado se mueve y confirma que hay periodos artísticos que siguen siendo un filón

Un expositor coloca una obra en la Feria Tefaf
Un expositor coloca una obra en la Feria Tefaf FOTO: Marcel van Hoorn EFE

Solo Art Bassel y Frieze compiten en su misma liga. La edición número 35 de la TEFAF de Maastricht ha arrancado con ese listado de números récords que la convierten en una de las citas ineludibles del mercado del arte: las más de 30.000 obras expuestas en las 242 galerías participantes abarcan 7.000 años de historia -el visitante puede recorrer el relato del arte desde Mesopotamia y Egipto hasta obras de Bruce Nauman o Antony Gormley, pasando por piezas de Bernini, Artemisia Gentileschi, Luca Giordano o Goya-. Pero, ante todo y sobre todo, la TEFAF es una experiencia sensorial sin parangón. En la era de la reproductibilidad digital -parafraseando a Benjamin-, la cita de Maastricht devuelve a la experiencia artística su carácter cultual, sagrado. Lejos de la monotonía de los estands de muros blancos y clonados hasta la saciedad, la TEFAF es una feria que cuida hasta el extremo la dimensión íntima del contacto con las piezas artísticas. Cada uno de los estands posee una distribución, color e iluminación diferentes. Cuando accedes a ellos, el visitante tiene la sensación de que el arte ha recuperado el aura perdida por la reproducción voraz de imágenes. Estás “aquí y ahora”, y eres un privilegiado: una cierta atmósfera de magia y de reencantamiento envuelve al espectador.

Maastricht constituye un valiosísimo termómetro para medir la salud del mercado del arte. Como afirma el galerista barcelonés, Artur Ramon, presente en la feria, “lo importante es esa sensación de volver a empezar después de la pandemia. Hace falta ver lo que va a pasar con el mercado. Vivimos una situación económica muy incierta como consecuencia de la inflación que va asociada a la guerra entre Rusia y Ucrania”. La TEFAF es una feria que se localiza en la pirámide alta del mercado: pertenece al sector del lujo, y son numerosas las obras expuestas que superan el millón de euros. Enrique Gutiérrez de Calderón, de la Galería Caylus, de Madrid, se mostraba de acuerdo con el hecho de que, en la actualidad sea más fácil vender un Goya de 6,5 millones de euros que una obra de 3.000. A continuación -y sin faltarle razón-, este marchante se quejaba de la situación del mercado del arte en España, con unas subastas que, en el 60 % de los casos, no superan los mil euros de remate, y con una clase política que, con independencia del color del gobierno, no logra sacar adelante una más que deseada ley de mecenazgo.

Las vanguardias seducen

A pesar de estos problemas estructurales, y críticas aparte, los expositores coinciden en que el mercado se mueve y que sus expectativas en Maastricht parecen estar cumpliéndose. En un recorrido por los principales “puntos calientes” de la feria, nos encontramos con que, como viene siendo habitual desde la década de 1980, el arte de la segunda mitad del XIX, las vanguardias y el arte contemporáneo posee un peso en cuanto a cotizaciones muy superior al del arte clásico. Por poner dos ejemplos clarificadores: el cuadro “El regreso del hijo pródigo” (1924), de Giorgio de Chirico, tiene un precio de venta de 12 millones de euros -es la pieza más cara de la feria- mientras que los dos Goya expuestos en Caylus y en la londinense Star Sainty Gallery son ofertados por 6,5 millones y 6 millones respectivamente. Por su parte, el Joan Miró que cuelga en el estand de Mazzoleni sale a venta con un precio de 1,7 millones, mientras que las piezas de Luca Giordiano y José de Ribera que ha traído Conalghi se encuentran valoradas en 1,1 millones y 800.000 euros.

Mención aparte merece el protagonismo que, en la presente edición de la TEFAF, tienen las artistas mujeres; y ya no solamente por una cuestión de cuotas y de visibilidad, sino porque, afortunadamente, la cotización de sus obras -durante tanto tiempo orilladas o directamente olvidadas por la historia del arte- está en claro ascenso. Valga como ejemplo el caso de la magnífica obra de Artemisia Gentileschi expuesta en el estand de Jean-François Heim, cuyo precio es de 7,5 millones de euros frente a los 850.000 euros en los que se vende una pieza de idéntico tamaño de su padre, Orazio Gentileschi, en Dickinson. Destacable, igualmente, es “Le saxophoniste” (1919), de María Blanchard, valorado en 650.000 euros, y ligeramente por debajo de los 675.000 por los que Christopher Bishop ofrece un magnífico dibujo de Picasso de 1920 -en el comienzo de su cotizadísimo periodo neoclásico-. Poco a poco, la brecha histórica de cotización entre los artistas hombres y mujeres se va acortando, e, incluso, se puede apreciar cómo, en determinados casos, el hecho de ser mujer constituye un factor extra y positivo para la valoración de las obras.

De subversivos al establishment

En una feria como la TEFAF, en la que conviven obras de todos los periodos de la historia del arte, es fácil de apreciar la diferente velocidad a la que cabalgan los precios de las obras modernas y contemporáneas y las clásicas. Si nos atenemos a lo que los 242 expositores han traído al MECC de Maastricht, resulta indudable que los trabajos de los artistas vanguardistas viven un momento dulce, y que todo lo realizado en las tres primeras décadas del siglo XX obtiene, ya de partida, un plus de valoración. Los otrora subversores del status quo son los nuevos grandes representantes del establishment artístico. Nada sale tan rentable como combatir y querer la destrucción de los museos. La historia siempre lo premia.