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Blanca: el pueblo del videoarte tiene 6.000 habitantes

No es sólo un museo de nuevo cuño minimalista, que también, sino una casa con 13 salas, las habitaciones que tiene la vivienda, desde el recibidor hasta el cuarto de baño. ¿El presupuesto con que cuenta el centro? 6.000 euros al año. Le espera en Murcia.

  • Cuando se toca a la puerta de la casa para acceder al Espacio Doméstico, recibe una joven con bata y pantuflas
    Cuando se toca a la puerta de la casa para acceder al Espacio Doméstico, recibe una joven con bata y pantuflas
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

07 de junio de 2015. 02:19h

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Madrid. 7/6/2015

Blanqueños y blanqueñas se denomina a los habitantes de Blanca, un municipio de Murcia de casi 6.500 habitantes y tres centros de arte. Sí han leído bien, entre ellos, el único dedicado exclusivamente al videoarte en España. Se llama Edom (de Espacio Doméstico). El proyecto le llegó a las manos a Pedro Alberto Cruz Sánchez casi como llovido del cielo, aunque él prefiere dejar claro que fue «por casualidad. El alcalde me dijo que tenía una casa grande que no utilizaba y en la que quería montar un proyecto dedicado a los libros». Dos plantas y una terraza, una vivienda en apariencia tan normal como corriente que poco después se transformaría en el primer centro dedicado al videoarte en nuestro país. La casa, de pueblo y tradicional, donde se levanta el centro está tal cual se recibió en herencia del edil. No hubo intervención ninguna: ni se tocaron las paredes, ni se alicató el suelo, ni se compraron un par de sillas en Ikea: «Lo conservamos tal cual estaba, con es olor a viejo que destila», asegura Cruz.

Cada una de las trece habitaciones de esta vivienda es una sala de exposición, si se puede llamar así. La cocina rústica, el cuarto de baño, los dormitorios, la entrada, el pasillo. «Tiene algo de extraordinario caminar por ella y recorrerla. Fíjate que cuando se proyecta un vídeo existe esa sensación de frialdad, pero en este entorno es distinto. La casa se comporta en sí misma como una instalación». Cruz, junto con el profesor Enrique Nieto, los dos pilares de este proyecto, se fueron por los mercadillos buscando muebles para la casa, pocos, pero suficientes para que el visitante pudiera sentarse y observar. «Cuando entras parece como si atravesaras el túnel del tiempo y entrases en un episodio de la serie ‘‘Cuentame’’. El tiempo parece que se hubiera detenido», comenta. Blanca es una localidad muy tradicional que hoy posee un espacio absolutamente transgresor. ¿Cuesta combinar ambos? «Han respondido de maravilla desde el minuto uno. Hombre, no tenemos las colas que hay en un museo grande porque tampoco existe una población grande pero habrán pasado ya por el centro unas 2.000 personas en los tres meses que lleva abierto. El público sale con cierto miedo porque parece que entraras en una película de terror. Entre los chicos más jóvenes ha sido como un reclamo, un verdadero imán porque todos querían ver qué había allí», comenta. Y ha funcionado bien el «boca-oreja».

El proyecto, explica Cruz Sánchez, tiene varios niveles de lectura, depende de quién lo mire, y se considera un poco de todos los blanqueños, pues han contribuido con sus donaciones a hacerlo más suyo, ya que alfombras, colchas y otros enseres proceden de algunas de las casa del pueblo . «Sienten que el proyecto forma parte de sus vidas y aunque sea un lenguaje que de primeras les sea ajeno van a verlo por curiosidad. No es extraño observar por la tarde a las abuelas con bata frente a una vídeoinstalación hablando u organizando una tertulia. Hay un convento en la zona y también se han acercado las monjas a ver qué era aquello de lo que tanto se hablaba».

La entrada es gratis y para acceder hay que tocar a la puerta. La primera sorpresa llega cuando se abre y quien recibe es una lugareña ataviada con bata y calzada con pantuflas «para que el público, y puesto que es una casa particular, se sienta en un espacio doméstico». Ni ticket, ni entradas por internet, ni reservas. Bienvenidos a la república independiente de esta casa. Cruz Sánchez explica que en este caso «la obra y el espacio donde se halla compiten. Y la casa puede devorar a la instalación por la potencia que tiene en sí misma como espacio porque desde su vulgaridad y normalidad se convierte en una instalación».

En bata y zapatillas

Los habitantes, que se convirtieron ipso facto en espectadores, dieron la bienvenida al proyecto: «Lo rompedor o lo que tuviera de vanguardia se normalizó enseguida. En cuanto el espectador se acostumbra, lo recibe con total naturalidad. Y en esta caso ha sido así, porque éste no es el único centro dedicado al arte que hay abierto en el n el pueblo. Hay un Centro de Artes Experimentales y la Fundación Pedro Cano. Viven rodeados de arte y conviven con él sin el menor problema. Curtido ya en unos cuantos proyectos artísticos (fue consejero de Cultura de la Comunidad Autónoma de Murcia y a él se debe el Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo, Cendeac) Pedro Alberto Cruz se lamenta de que «te pones a trabajar en las grandes capitales y el margen de maniobra es bastante menor que el de aquí, donde te encuentras con un ámbito mayor de libertad, mientras que en una gran capital puede resultar más forzado. Hemos conseguido que se convierta en un pequeño centro de peregrinaje al que acuden los habitantes de Blanca y sus alrededores. La repercusión está siendo tan grande que en octubre tiene previsto visitarlo Manolo Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía. «Hay que darle publicidad al centro porque es algo grande», señala. Y eso que cuenta con un presupuesto que haría sonrojarse a quienes en ocasiones se lamentan de tener que apretarse en demasía el cinturón: montan tres ciclos al año de cuatro meses de duración cada uno con 6.000 euros. Sí, 6.000 euros de presupuesto.

Los artistas se han mostrado encantados con la invitación de los responsables del centro. Es el caso, por ejemplo, de Bernardí Roig, que llegó a Blanca directamente desde Washington. «Es un pedazo de artista pero suele ser bastante puntilloso y detallista a la hora de montar sus obras y no quiere intervenciones ajenas. Sin embargo, al darse cuenta de que era un espacio tan nuestro y diferente nos dijo que hiciéramos lo que quisiéramos con ellas. Cuando vio el montaje le pareció estupendo», explica. El encargado de inaugurar esta peculiar casa del arte fue Omar Jerez, uno de los artistas más transgresores de las últimas hornadas. Junto a él, la colectiva «Cuerpos extraños».

En el dormitorio, por ejemplo, la proyección está en el techo y también dentro del armario. En el WC la cosa cambia: no hay ningún espacio que no se haya adecuado al arte: el vídeo que firma Hugo Alonso ocupa el water, el proyector se sitúa en el techo y las imágenes se ven en el suelo de la bañera. El grifo está abierto y los altavoces están colocados dentro de la cisterna: «Tiene un regusto entre marciano y extraterrestre», comenta Cruz Sánchez. Las visitas son restringidas para que se pueda acceder a las estancias sin agobios y dedicarle a cada obra un tiempo prudencial, de ahí que no esté permitido que ocupen la casa entre diez y quince personas «porque estamos dentro de una casa normal y para que el efecto sea pleno lo mejor es que no haya más de dos o tres visitantes por habitación al mismo tiempo». La idea, que no deja de tener su miga y da un poquito que pensar en estos tiempo ya instalados de apreturas, cinturones que se ajustan y nuevas ideas a poner en práctica, podría quizá ser exportable a otras localidades: ¿lo harían si se lo pidieran? «Quizá una adaptación o interpretación. Lo que queda claro con esto es que con poco dinero y tirando de la voluntad se pueden hacer muchas cosas por la cultura. Nos hemos malacostumbrado y pensamos que si no hay dinero de por medio no se puede hacer nada. Y esto e es una prueba precisamente de todo lo contrario», asegura. En Blanca ya están acostumbrados al arte. Conviven con él. Es el pueblo con más centros de España por metroc cuadrado. Tiene, qué duda cabe, mucho, mucho arte.

Cuadernos en vez de catálogos

La vivienda consta de dos alas y siempre se dedica un ala a la muestra colectiva y el otro lo ocupa la individual del artista. Actualmente «La casa en fuga» («Lo que plantean los artistas participantes en esta [exposición] colectiva es precisamente diferentes escenarios singularizados por el desmoronamiento de la experiencia doméstica», se lee en la web del EDOM) recibe las obras de Chelo Matesanz, Hugo Alonso, Javier Pividal y Maya Watanabe, entre otros, «aunque siempre trabajamos con un cineasta para desarrollar el concepto del audiovisual, que es la razón de ser de nuestro proyecto. La de Bernardí Roig, por ejemplo, también fue una retrospectiva», señala Pedro Alberto Cruz. ¿Catálogos? No existen al uso. Sí, en cambio unos pequeños cuadernos llamados «Arte de andar por casa» que ayudarán a analizar la exposición en curso.

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