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En las entrañas de la National Gallery

Frederick Wiseman muestra de puertas para adentro cómo es el día a día de la National Gallery

  • SÓLO PARA TUS OJOS. Visitantes frente a «La Virgen de las rocas» de Da Vinci, que tiene una versión en el Louvre
    SÓLO PARA TUS OJOS. Visitantes frente a «La Virgen de las rocas» de Da Vinci, que tiene una versión en el Louvre
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

16 de marzo de 2015. 17:08h

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Madrid. 16/3/2015

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Amanece en Londres. La ciudad se despierta entre bostezos. En Trafalgar Square luce el sol. Interior de la National Gallery: la oscuridad que nos ofrece la primera imagen va dando paso paulatinamente a la luz. La cámara registra una sala, después otra y una tercera. Un cuadro, dos, tres; entre ellos, «Los desposorios del matrimonio Arnolfini», de Jan Van Eyck, sobrecogedor. Hasta que por el lado izquierdo de la pantalla se cuela un joven que encera el suelo. Después de dejarlo como un espejo, se marcha por donde ha venido y comienzan a llegar los primeros visitantes de la pinacoteca. Así arranca Frederick Wiseman (Boston, 1935) el documental sobre la National Gallery, una obra de arte de tres horas (no habría estado de más suprimir una, la brillantez sería prácticamente) que se estrena en España el próximo viernes.

Un paseo por el vientre de este coloso en el que deja al descubierto uno y mil rostros, los de cada uno de los visitantes que inmortaliza: sonríen, miran absortos, abren los ojos de par en par, se acercan al lienzo. Atienden a las explicaciones de los guías, una de las partes más jugosas de esta película, sobre todo de una mujer alta y delgada, con unas manos que ya las hubiera querido pintar El Greco, que vive cada una de las frases que pronuncia, cada una de las historias que relata. Los hay jóvenes, de mediana edad y entrados en años. Y niños, pequeños, a los que el profesor pide un poco de calma y que no corran, y otros adolescentes, más tranquilos (aunque la procesión vaya por dentro), que escuchan con atención. Wiseman –uno de los documentalistas más prestigiosos, galardonado con el León de Oro en el Festival de Venecia– ofrece una lección sobre el arte de mirar. Es aficionado y suele visitar museos en sus viajes, pero nada más. Estudió en la universidad algo de arte, pero poco más, no se crean. «Estaba decidido a adentrarme en la National Gallery porque se trata de una de las mejores colecciones del mundo y abarca una parte de la historia de la pintura con sus 2.400 cuadros. Además, en comparación con otros museos del mismo valor cualitativo, como el Louvre de París, el Metropolitan de Nueva York o El Prado en Madrid, es un lugar bastante pequeño para moverse. E incluso, aunque sea relativamente pequeño, además de la interacción con las obras, explorar todo lo que ocurre es un trabajo apasionante», declara Wiseman, que presentó en la pasada edición de Cannes «National Gallery».

Durante este viaje de casi 180 minutos, el director se mete literalmente dentro del cuadro, lo que no quiere decir que se limite a aproximar la lente hasta lo permitido: encuadra y deja respirar al lienzo, compone «su» cuadro. Algunas de las explicaciones de los guías son impagables: sus gestos, la modulación de su voz, la capacidad para conseguir que el espectador se meta dentro de la pintura, que la viva, sin olvidar que la vida, fuera, sigue. Nos lo recuerdan, por ejemplo, los miembros de Greenpeace que despliegan una pancarta de protesta en la fachada frente a la curiosidad del público.

Una «atracción turística»

De una manera didáctica se narran las historias de algunos lienzos, divertidas, imposibles, a veces. Un ejemplo: la que esconde el bellísimo retrato de Hans Holbein a Cristina de Dinamarca, otro de los momentos estelares del filme, encargado por Enrique VIII a su pintor de cabecera como posible candidata a esposa. Ella tenía 14 años y posó vestida de negro. A pesar de que el monarca se quedó prendado del lienzo de Holbein, el matrimonio se frustró. El artista vuelve a primer plano una segunda vez, por el célebre «Los embajadores», que retrata a Jean de Dinteville y Georges de Selve, y su célebre anamorfosis de una calavera a los pies de los protagonistas. Atención, también, a la partitura que aparece en el cuadro de Watteau, enviada a William Christie para descifrar si tiene visos de realidad.

En su relato, Wiseman se cuela –con permiso– en las reuniones de alta dirección para que conozcamos el engranaje que mueve tan pesada maquinaria y que seamos conscientes de que las decisiones que atañen a la pinacoteca se toman cada día con muchos tiras y aflojas. En una de ellas, protagonizada por el director, Nicholas Penny, se habla del museo como de «una atracción turística» («aunque suene horrible», se excusa su interlocutora). Durante la conversación, una de las responsables de la pinacoteca trata de hacer comprender a Penny que deben de acecarse al visitante, al público: «La voz del público está muy débilmente representada en los foros y debates. Tenemos que ver cuáles son sus necesidades. Muchas veces montamos una exposición y el público no entiende lo que les estamos proponiendo. El hombre de la calle no comprende lo que somos y lo que tenemos», asegura ella. Él, que la ha escuchado, zanja en un momento determinado el diálogo: «Prefiero un éxito espectacular seguido de un fracaso digamos que interesante que quedarme en la media. Prefiero el arriba y abajo, gracias». Fin de la discusión.

Otro de los momentos calientes se centra en la reunión del comité de dirección sobre la posibilidad de que la maratón más importante de Gran Bretaña acabe frente a la pinacoteca. «¿Qué ganaremos?», es la pregunta. «Estar literalmente en el pedestal porque es una forma de participar en la cultura popular», es la respuesta. La reunión resulta tremendamente interesante porque la cuestión que se baraja no es baladí: «Yo no tomé postura, me limité a rodar y mostrar lo que estaba sucediendo. Algunos de los presentes argumentan que si el maratón terminara frente al museo sería visto por 18 millones de personas en la televisión, mientras que el director se pregunta si conseguir publicidad de esta manera puede sentar un precedente peligroso. No es simplemente una cuestión de popularidad contra el elitismo, sino más bien la forma de gestionar la imagen de un museo que cuenta con una de las mejores colecciones del mundo y si es bueno o no asociarse con una marca de zapatillas de deporte», asegura Wiseman, testigo de los avatares, del día a día, notario de la situación que atraviesa el museo, que se ha visto obligado a recortar en gastos de personal. Todo eso está en «National Gallery».

Maestro Turner

Y junto a las reuniones no falta la mirada del copista, una clase para invidentes, las entrañas de un taller de restauración, los que dan una cabezadita, agotados de tanto arte, la chica que envía un mensaje, la pareja que se come a besos mientras espera que abran las puertas de la National Gallery, el que se guarece del frío, levantándose la solapa del abrigo, Turner, con una visión de «El temerario remolcado al dique seco», una obra maestra.

Alrededor de doce semanas duró el rodaje, «entre mediados de enero y marzo de 2012, con un ritmo casi diario. No es casualidad que elija lugares en que abren los siete días de la semana», explica. Y doce horas al día, desde que se abre hasta que cierra sus puertas. Con un material de unas noventa horas, Wiseman se puso manos a la obra para dar forma a la criatura. «Lo que he intentado abordar aquí es demasiado complejo. Se trata, sin duda, de mi película más abstracta», ha asegurado el director, quien se impone para un futuro no muy lejano un par de retos de altura: la posibilidad de rodar en la Casa Blanca y en el Vaticano. Aún puede ser. ¿Y en el Metropolitan de Nueva York? Lo intentó allá por los setenta, pero le pidieron dinero por rodar allí «y no podía permitírmelo». «El tiempo es algo que la pintura no tiene. El tiempo que tiene un cuadro es el que empleas en mirarlo», dice alguien en el documental. Es una gran verdad.

La guerra de los «paloselfies»

Esta semana la National Gallery se decidía a prohibir el uso del bastón para sujetar el móvil («selfie stick» o «paloselfie», en español) en el interior de la pinacoteca, un artilugio que pertenece a la categoría de los trípodes, su uso no está permitido en los museos. El objetivo de esta nueva normativa es «proteger las obras, los derechos de autor, la privacidad individual y la experiencia global del visitante», según un comunicado. Es el primer centro artístico de la capital británica que adopta este tipo de medidas, que ya rigen en el MoMA de Nueva York, el Smithsonian de Washington o el Palacio de Versalles de París. El Museo Británico, quién sabe si contagiado por esta norma, ha decidido estudiar la prohibición.

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