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Arturo Pérez-Reverte: «El mundo se está suicidando por ignorancia»

El escritor aborda a su héroe más «oscuro», un grafitero, en «El francotirador paciente», «mi novela más antisistema»

  • El autor ha cruzado la línea de lo clandestino para escribir esta novela
    El autor ha cruzado la línea de lo clandestino para escribir esta novela

Tiempo de lectura 8 min.

28 de noviembre de 2013. 11:07h

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27/11/2013

–¿Tuvo que correr?

–Todavía puedo, gracias a Dios.

–¿Huyó, entonces?

–Vimos un par de linternas que se movían cerca. Oí que decían: «Corre, corre, corre, que están ahí los (guardias) jurados». Corrí como todos los demás, claro, en la oscuridad y pensando: «Voy a tropezar con algo y me voy a meter una...».

Arturo Pérez-Reverte, académico, 62 años, camisa azul clara, americana y zapatos. En el rostro aún sostiene la lumbre de una mirada acerada, y en la voz, una entonación seria que de vez en cuando quiebra el recuerdo de las últimas emociones.

–Sólo pensaba en que no me pillaran. Como me pille un guardia jurado con los grafiteros, los sprays... «Pero bueno, don Arturo, qué hace usted aquí...», imaginaba que me dirían. De ésa podía haber salido en los periódicos. ¿Te imaginas si me cogen? Vaya marrón que me hubiera comido.

Está sentado en un sillón. Parece que el tiempo no ha transcurrido, pero eso nunca es cierto. En él se adivinan las primeras cautelas, los hastíos del cansancio, el cuidado que ponen en las palabras los duelistas exhaustos ya de tantas disputas y peleas, de esas mezquindades que agrían el día. «Desde "La reina del sur", que estuve con unos narcos en México, no había vuelto a tener tanto contacto directo con la acción. Ha resultado emocionante volver a ella, a la noche, la oscuridad, la adrenalina, la clandestinidad, el qué va a pasar si nos sorprenden. He recobrado emociones que consideraba arrumbadas».

–¿Pero cómo eran las acciones de los grafiteros con los que participó?

–Fue como ir a la guerra. Son incursiones casi militares. Están planificadas: con planos, corte de alambradas, ropa oscura, moviéndote por zonas peligrosas. Me sentía igual que cuando estaba con comandos en el Líbano, El Salvador o Nicaragua. La adrenalina, la tensión... Hay una liturgia, una parafernalia casi aventurera, épica... Fue muy divertido de conocer.

El eco de las últimas experiencias avivan su relato, le hacen adelantarse, despegar la espalda de la comodidad que da el respaldo del asiento. Ha publicado «El francotirador paciente» (Alfaguara), la historia de una caza; la persecución conradiana que emprende la protagonista, Alejandra Varela, de un grafitero, Sniper, «un tipo oscuro, con ángulos muy turbios. No es un hombre que duerma tranquilo. Shakespeare, en "Julio César", escribe: "Desconfío de Casio. Es uno de esos hombres delgados que duermen mal por la noche". Sniper es de esta clase de personas. Muy peligroso. Es inquieto. Uno de esos personajes que a veces son héroes y otras veces terroristas, pero que nunca dejan indiferentes».

–Para documentarse conoció y se unió a grafiteros de verdad. ¿Cómo fue?

–Fundamentalmente, educativo. Es un mundo cerrado, de códigos internos, difícil de entrar.

–¿Le costó entrar en sus círculos?

–No puedes ir allí de corbata y diciendo que quieres escribir una novela. Primero te documentas bien y luego te acercas con humildad. Hay que ser honrado, no engañar, no mentir, no juzgar, no ir con prejuicios, ir en grupo y pasar desapercibido... Y, al final, la gente va abriéndose y descubres que detrás del más vándalo o del más artista hay un mundo, una manera de entender la vida.

–¿Estaba inquieto al participar en sus acciones?

–Tenía curiosidad, más que nada. Me interesa saber la ropa que vestían, que es estrecha, ligera, para no engancharse. Se cree que los grafiteros usan una estética rapera. Para nada. Utilizan pantalones de pitillo, porque corren y saltan en la oscuridad para escapar. Siempre están listos para la fuga. Me fijaba en sus actitudes, su manera de pararse, observar, las cautelas que tenían al entrar en zonas peligrosas. Entre ellos, el compañerismo es importante. No dejan a ninguno atrás. Es singular ver a gente aparentemente vandálica con disciplinas de grupo solidario. Sin aprobarlos ni perder de vista que es un vandalismo y que algunos grafitis hacen daño a una parte de la ciudad, uno no puede dejar de interesarse o admirar esos aspectos.

La historia discurre en Madrid, Lisboa, Verona, Nápoles. Pérez-Reverte ya había abordado el arte en «La tabla de Flandes» o en «El pintor de batallas». Pero aquí va más lejos. La sombra de su héroe bordea el nihilismo, esas ideas forjadas por la razón y que producen monstruos. Esa racionalidad que puede tener consecuencias muy serias. «Sniper es un artista subversivo, no un grafitero más. Siente un desprecio por la vida humana peligroso».

–¿Es su novela más anárquica?

–Es mi novela más antisistema. Pero no porque lo pretenda, sino porque el mundo en el que me muevo termina en unas conclusiones desoladoras.

–¿Cuáles?

–El arte moderno tiene que ser subversivo o violentador de conciencias. O es una bofetada en el rostro de la sociedad actual o no es nada. Lo que pasa es que hay cantidad de estafadores que adoptan esas maneras. El mundo del arte está lleno de falsas bofetadas, de burgueses del arte, que con el pretexto de una bofetada lo que están haciendo es pactar con las reglas del mundo al que pretenden abofetear. Por eso infunden tanto respeto los artistas que no transigen. Los que combaten. Los antisistema del arte. Los que «no venden su culo», como dicen los grafiteros. El grafitero que no pacta quizá sea vandálico, quizá poco recomendable socialmente, quizá ni yo mismo lo apruebo, pero le reconozco una independencia cultural e intelectual que otros que pactan no tienen. Es interesante el que, pudiendo pactar, no lo hace, no traga. Prefiere ir a pintar una valla con los colegas y tomar unas cervezas que exponer en una galería y ser millonario como Hirst o los hermanos Chapman.

–¿De ahí nace este libro?

–Sale de mi visión del mundo del arte, de mi desprecio por cierto arte virtual, hecho por galeristas o críticos ajenos al arte de verdad. Mientras artistas estupendos están siendo marginados por los poderes artísticos, otros mediocres pero bien conectados con galeristas y con críticos se hacen famosos y sus obras se venden muy caras. He visto piezas de arte callejero, en una tapia, una pared, mucho más potentes y respetables que obras de artistas más cotizados expuestas en galerías a cuatro calles de allí. Reflexiono sobre la falsedad del arte moderno.

Esta es una obra cargada de situaciones revertianas, de morales ambiguas, donde la luz de lo correcto y lo incorrecto se diluye, y donde los protagonistas se mueven en una atmósfera opresiva. Ahí relucen los valores que él siempre ha defendido y también su denuncia del adormecimiento general.

–Asegura que vivimos domesticados.

–Sí, en un mundo en el que todo está domesticado y en el que los poderes públicos son los primeros que intentan domesticar. Hay una cosa peligrosa y es que el poder público intenta apadrinar lo marginal para hacerlo suyo. Es una contradicción, porque si el grafiti es legal, ya no es grafiti. Frente a ese afán de las instituciones de colonizar todo lo que es expresión artista y cultural, aún existe la resistencia de los radicales que se niegan a ser colonizados.

–Pero hay más...

–La novela tiene varios niveles. El fondo es que Occidente no es consciente de la situación que existe, que vivimos un mundo que se está suicidando por ignorancia, de que sólo la cultura nos salva, pero la cultura está siendo manipulada por los de siempre. De ahí que la cultura también se haya vuelto un arma de colonización intelectual. Estas inquietudes, la condición humana, el horror de la vida, el arte como vía de aproximación a la naturaleza real de la vida, a lo dramático del ser humano, es lo que cuento. El arte como explicación de lo que somos.

Pérez-Reverte repite que «no es un catón de la moral pública», pero advierte sobre «la enorme apropiación de nuestras mentes y cuerpos por parte del mercado. Pero cuidado –advierte–, nosotros también somos el mercado. No somos inocentes. Somos cómplices. Somos autores de este disparate. Ya no existen inocentes en el mundo actual».

–¿Cómo ve la cultura?

–La cultura es memoria, conocimiento, educación. Es lucidez, capacidad crítica. Es tener generaciones educadas para que tengan eso que acabo de decir. Es lo que no tenemos. Los gobiernos últimos, todos, no uno en especial, han desmantelado la cultura. Lo poco que quedaba de ella. En vez de levantarla, la han envilecido aún más. Fíjate, yo he visto, por ejemplo, fotografías de Rajoy de ciclista, en el fútbol, con el casco de motorista, pero ni una sola foto de él en una ópera, en un concierto, en una película, en un estreno teatral, en la Academia de la Historia... Esa indiferencia y ninguneo de la cultura por parte del poder ha llegado a un extremo tan evidente que me hace sentir muy poca esperanza. La cultura no da votos. Y los políticos lo saben. Por eso se hacen fotos con la Selección Nacional de fútbol o el casco de Fernando Alonso. Los políticos se adaptan a lo que la gente les exige. Y nadie le está exigiendo a Rajoy que se saque esa imagen en la Real Academia Española. Por eso no se la hace. La desconsideración de los políticos en los últimos años es descomunal, imperdonable.

Pérez-Reverte se revuelve en el sitio. Está inquieto. «Mira, el problema de España se resume en educación. Durante siglos hemos sido mal educados, no me refiero sólo en las maneras, en todo. Y un país con una mala educación no tiene posibilidades. España es un país sin educación y sin posibilidad de tenerla. Esa educación de verdad, de cultura, historia, conocimiento y sentido mítico de la vida, no la tenemos. Es un país que se cabrea, pero que no hace un análisis crítico de su indignación. Tienes gente furiosa, pero cuando le das la posibilidad de razonar, no tiene la formación para racionalizar, para hacer constructivo todo ese cabreo. Son cabreos estériles. Si fuera un pueblo preparado, le serviría para evolucionar. ¿Quieres que sea optimista con este panorama? No puedo.

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