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Así mintió Stalin a los aliados sobre la muerte de Hitler

El führer se suicidó en su búnker de un disparo en la cabeza. Y Stalin, que lo supo desde el principio, se encargó de ocultar la verdad y mentir a los aliados. Así lo asegura el periodista galo Jean-Christophe Brisard, con quien ha hablado LA RAZÓN, en un documentado ensayo.

  • Radiografía que se conserva de la cabeza del führer perteneciente a su historial médico
    Radiografía que se conserva de la cabeza del führer perteneciente a su historial médico
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

16 de abril de 2018. 18:48h

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Madrid. 15/4/2018

Berlín, 30 de abril de 1945. Mientras las bombas caen sobre la capital del Reich, Adolf Hitler se introduce en una habitación privada del búnker en el que vive junto a Eva Braun con la idea de tomarse una ampolla de cianuro y dispararse en la sien para lograr escapar de las vejaciones a las que les someterían los rusos, que estaban cada vez más cerca. Así al menos lo recoge la versión oficial que todos hemos estudiado en el colegio, y que, sin embargo, ha tenido que lidiar con numerosos fallos recopilados en varios libros que dieron paso a teorías conspiranoicas de diversa catadura y, en ocasiones, a puros delirios estrambóticos. Desde que estaba en un refugio dorado en Argentina, pasando por un cómodo escondite de paso en la España franquista hasta una huida de Berlín disfrazado de religioso y viajando metido en ataúdes. Más de siete décadas después, las pruebas científicas pretenden poner poner punto final a la leyenda resolviendo definitivamente el dilema.

¿Se suicidió realmente Adolf Hitler en su búnker de Berlín junto a Eva Braun en 1945? La respuesta es sí. Murió de un disparo en la cabeza, su cuerpo fue incinerado de forma muy rudimentaria y partes de sus restos fueron conservados en los archivos de la KGB. Así lo sostiene el libro «La mort d’Hitler» (La muerte de Hitler), publicado por la editorial Fayard) del periodista francés Jean-Christophe Brisard y la historiadora rusa Lana Parshina, que pretende dar carpetazo a cualquier especulación. Una investigación de 372 páginas que aporta las conclusiones del médico antropólogo Philippe Charlier, que pudo estudiar con precisión un trozo de mandíbula y el cráneo de Hitler, que presenta una perforación de bala en el parietal derecho. Sobre esos restos también se distinguen trazas de carbonización, lo que prueba que estuvieron expuestos a una exposición térmica prolongada. Estas conclusiones han sido cotejadas con otros documentos escritos y declaraciones de sobrevivientes del búnker. «Sí, todo corresponde perfectamente a los testimonios que tenemos de la gente que sobrevivió al momento de la cremación del cadaver de Hitler. Pero hemos intentado multiplicar estas fuentes de información y recopilar también lo que dijeron prisioneros alemanes detenidos por los rusos y americanos. Sobre todo, porque queríamos protegernos de las manipulaciones que falsifican la historia. Hemos sido muy rigurosos con todos los detalles», así lo cuenta el propio responsable de la investigación, Jean-Christophe Brisard, en entrevista con LA RAZÓN.

Sin testimonio gráfico

El hecho de que no existiese documentación gráfica del cuerpo de Hitler, como sí que la hubo de los restos de Goebbels, Goering y Himmler, ayudó a poner en cuestión la versión oficial. Pero sin duda, el gran responsable de la propagación de todas las teorías conspiranoicas que se establecieron desde entonces fue el mismísimo Stalin, quien mintió a los aliados siendo conocedor desde el primer minuto de que Hitler estaba muerto. ¿Por qué lo hizo? «He hecho esa pregunta a un montón de historiadores en muchas ocasiones y no hay ninguna traza ni documento escrito que pueda aportar una respuesta a esa mentira de Stalin. Así que nos basamos fundamentalmente en dos hipótesis: la primera es que era un paranoico con un disfrute tremendo por el secreto y la trama, incluso mentía a sus propios hombres. Solo su entorno más próximo conocía la verdad. La otra posibilidad es que Stalin pretendiese con esta mentira llevar a los aliados a una búsqueda desquiciada del cuerpo de Hitler o del propio führer vivo en América Latina. Pero lo cierto es que cuando Stalin llega a Potsdam, él ya tiene las evidencias científicas de sus hombres de que Hitler está muerto y de que estaba enterrado a pocos kilómetros de Potsdam, donde mintió cara a cara a Churchill y Truman sobre el paradero de su cuerpo». A la muerte de Stalin en 1953, la URSS continuó con su política de secretismo y de mantener vivas las dudas sobre el verdadero desenlace de Hitler.

La investigación de Brisard arranca hace cinco años, cuando se encontraba trabajando con otro historiador del Memorial de Caen en Normandía, muy conocedor de los contenidos de los archivos estatales de la Federación Rusa (GARF). «Me contó que un día le llegaron a enseñar un cráneo dentro de una caja de zapatos y se lo presentaron como los restos de un alto dirigente de la Alemania nazi». A partir de ahí, Brisard se asocia con la historiadora rusa Lana Parshina y viaja a Moscú poco después en lo que sería el principio de un laberinto burocrático y diplomático que lo llevó a Rusia hasta en seis ocasiones. «A veces me abrían una puerta, luego me la cerraban. A veces me decían que sí y después que no».

El propio periodista admite que no fue únicamente su tenacidad lo que le permitió llevar a cabo la investigación, sino el monumental enfado que a los rusos les produjo otra investigación anterior no autorizada por el Kremlin a cargo de un equipo de televisión norteamericano que afirmó que aquel cráneo era de una mujer y no de Hitler. «Se sintieron humillados. Decidieron optar por un equipo neutro, ni ruso ni americano, para dar verosimilitud a los restos. Por ello nos dejaron a nosotros, a uno francés». El momento ayudó a Brisard pero la coyuntura geopolítica, que también contaba en un asunto de relevancia histórica, se le puso en contra. Tuvo que sortear momentos de máxima tensión entre la administración de Hollande y las posiciones rusas en asuntos como Siria o la guerra en Ucrania. «Al principio solamente me dejaban ir a ver los restos. Luego les dije que no era suficiente y que tenía que venir con un equipo científico para la verificación. Entonces me propusieron a un experto ruso y les dije que no, que no sería validado por alguien de ellos. Era consciente de la posibilidad de que me manipulasen. Y entonces impuse mis condiciones para seguir: formar mi propio equipo, llevar nuestro material para la investigación y, sobre todo, no rendirles cuentas de los resultados por anticipado. Nunca me pidieron después enviarles mis conclusiones. Las elaboré libremente», cuenta.

Cuatro dientes sanos

Los rusos han podido sentirse aplacados tras la verificación del médico francés, Philippe Charlier, que ya había investigado la muerte de otros personajes históricos como Enrique IV, quien establece algunas imposibilidades de verificar al cien por cien el cráneo pero no duda en afirmar que los dientes «pertenecen a Hitler». Al final de su vida, según relató su enfermera personal interrogada por los soviéticos, que al führer le quedaban únicamente cuatro dientes sanos. Para salvar uno, su dentista le realizó una prótesis en forma de herradura. Este hecho facilitó todo el trabajo de reconocimiento. Sin embargo, puede que las autoridades de Moscú no se hayan sentido tan cómodas con la imagen de ineficacia que Brisard proyecta de los archivos. Piezas de una gran valía histórica guardadas en cajas de zapatos y de cigarrillos.

Lo que nunca olvidará el periodista francés es el sentimiento que vivió cuando tuvo en su poder ciertos documentos que con el tiempo llegarían incluso a quitarle el sueño. «No llegué a tocar los dientes o el cráneo pero sí que manipulé escritos del propio Hitler y de Goebbels que me transmitían una especie de maldición, pues mi cabeza pensaba en todo lo que había significado el nazismo, en las millones de víctimas... Y por las noches tuve un montón de pesadillas. Soñé con las SS, con los nazis... Hubo un momento en que me sentí realmente mal». Para Brisard estos son los recuerdos más oscuros de una investigación que pretende poner punto final a la enorme cantidad de especulaciones que han circulado sobre la muerte de Hitler.

Sentado y muerto en el sofá

Uno de los testimonios más citados a la hora de estudiar la muerte de Hitler es el del oficial de las SS Heinz Linge, su jefe de protocolo, presente en el búnker en el momento del suicidio. Según Linge, dos minutos después de despedirse de Hitler y de Eva Braun en la sala de los mapas, oyó un disparo. «Cuando abrí la puerta de su habitación, me encontré con una escena que nunca olvidaré: a la izquierda del sofá estaba Hitler, sentado y muerto. A su lado, también muerta, Eva Braun. En la sien derecha de Hitler se podía observar una herida del tamaño de una pequeña moneda y sobre su mejilla corrían dos hilos de sangre. En la alfombra, junto al sofá, se había formado un charco de sangre del tamaño de un plato. Las paredes y el sofá también estaban salpicados con chorros de sangre».

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