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Asunción Gasset: «Mi tatarabuelo Manuel Gasset fue uno de Ios ‘‘generales bonitos’’ de la reina Isabel II»

Es descendiente directa de Alfonso X, nieta de Eduardo Gasset, sobrina de José Ortega y Gasset y testigo de algunos de los hechos y personajes más relevantes de la historia reciente de España, recuerdos que comparte, por primera vez, en una entrevista con un periódico

  • Asunción sostiene un retrato de Manuel Gasset, su tatarabuelo
    Asunción sostiene un retrato de Manuel Gasset, su tatarabuelo

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18 de junio de 2017. 15:02h

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18/6/2017

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Asunción Gasset Mayorga (Madrid, 15 de agosto de 1943) desciende nada menos que de Alfonso X El Sabio, tal y como figura en el frondoso y egregio árbol de su genealogía familiar. Entre las más ilustres ramas de sus antepasados encontramos a otras figuras eminentes de la Historia de España, como su bisabuelo Eduardo Gasset y Artime, fundador del legendario periódico «El Imparcial» y ministro de Ultramar bajo el reinado de Amadeo de Saboya; o su tatarabuelo el general Manuel Gasset y Mercader, héroe de la Guerra de África de 1859-1860 y distinguido por otro monarca, Alfonso XII, con el marquesado de Benzú por su gloriosa victoria en la cruenta batalla librada en los altos africanos del mismo nombre. Sobrina también del insigne pensador José Ortega y Gasset y emparentada incluso con el general José Millán-Astray, fundador de la Legión, cuya única hija es prima hermana suya, Asunción Gasset ha concedido a LA RAZÓN la primera entrevista en toda su vida. Por si fuera poco, el padre de nuestra protagonista, Ramón Gasset Neyra, Caballero de la Orden de Malta y heredero del título nobiliario de marqués de Benzú, fue amigo íntimo de uno de los más célebres escritores españoles y universales: Ramón María del Valle-Inclán.

Vida desordenada

La gran pregunta, al encontrarnos cara a cara con esta mujer vitalista de aspecto envidiable a sus casi 74 años, es realmente por dónde empezar. Ella misma, con admirable locuacidad, rompe el hielo: «Mi bisabuelo Eduardo Gasset y Artime era un hombre adelantado a su tiempo a quien le encantaban todos los inventos de la época. De haber vivido hoy, habría disfrutado de lo lindo con la radio, la televisión o los ordenadores. Me lo imagino navegando todo el día por internet en busca de los datos más variopintos para satisfacer su denodado afán de conocimientos. Era gran amigo del general Juan Prim, pues al principio de su carrera política se afilió a la Unión Liberal, y apoyó también mucho a Valle-Inclán en su trayectoria literaria, de quien luego le hablaré con detalle. Mi bisabuelo vivió en el Pazo Torre de Xunqueiras, propiedad de mis abuelos, y sufrió allí un trágico accidente que le costó la vida con 52 años. Poco antes de su muerte, el rey Alfonso XII le había nombrado senador».

«Mi tatarabuelo Manuel Gasset y Mercader fue uno de los “generales bonitos” de la reina Isabel II», asevera Asunción Gasset, mientras la vemos posar con un bello grabado de su antepasado militar. «El general Gasset –agrega– fue uno de los que consolaron a Isabel II en el exilio de París, tras la Revolución de 1868».

¿Qué clase de consuelo era ése?, le pregunto a ella. Su sonrisa pícara le delata. «¿Sabe usted...? A la reina le atraían demasiado los uniformes...», me susurra al oído, como si temiera que alguien más pudiera escucharla. Lo cual, a tenor del despacho cifrado de monseñor Brunelli, representante del Papa Pío IX en España entre 1847 y 1854, no resulta en modo alguno descabellado. De hecho, Brunelli fue el primero en denunciar al Pontífice las bajas pasiones de la reina. Poco después de llegar a Madrid, en julio de 1847, Brunelli informó al Vaticano sobre la que él mismo calificó como «vida extremadamente desordenada» de Isabel II.

He aquí su despacho cifrado: «Por desgracia debo decir que no podemos contar para nada con la Reina, porque son muy pocas las cosas que dependen de su voluntad. Y lo peor es que, por la desviación de sus principios, la mala inclinación de su corazón y la superficialidad de su inteligencia, no se da cuenta, o mejor dicho, es incapaz de percatarse de las urgentes necesidades de la religión y de la Iglesia en sus extensos dominios. Lleva una vida extremadamente desordenada que provoca grave escándalo en la nación, inquieta y disgustada por otros mil motivos. Si manifiesta alguna inclinación hacia la Santa Sede y su delegado es solo con la esperanza de conseguir la nulidad de su matrimonio». Brunelli confirmaba así un nuevo escándalo de la monarca, unida entonces al general Francisco Serrano –el «general bonito», como ella le llamaba–, predecesor del también militar Enrique Puigmoltó y Mayans, comandante de Ingenieros y verdadero progenitor de Alfonso XII. No en vano, en cierta ocasión la propia Isabel II, mientras discutía con su hijo Alfonso XII por cuestiones financieras, lo cual era demasiado frecuente entre ambos dado que la madre pedía constantemente al rey cuantiosos préstamos que jamás devolvía, le espetó: «Lo que tienes de Borbón lo tienes por mí». Y se quedó tan ancha.

Hechos increíbles

Hace ya casi medio siglo que el padre Cristóbal Fernández logró acceder a los despachos internos de la curia eclesiástica sobre tan peliagudo asunto. La casi desconocida correspondencia exhumada por el clérigo revela hechos increíbles. ¿No resulta acaso insólito que la propia Isabel II sugiriese, en un documento privado, que el padre de la criatura que llevaba entonces en las entrañas (el futuro Alfonso XII) no era su esposo, el rey consorte Francisco de Asís, sino el ya mencionado Enrique Puigmoltó y Mayans?

Fechado en Madrid, el 14 de octubre de 1857 (Alfonso XII nacería solo mes y medio después, el 28 de noviembre), el comunicado reservado de monseñor Giovanni Simeoni, encargado interino de Negocios de la Santa Sede, al cardenal Antonelli, secretario de Estado, desliza un párrafo que le deja a uno helado. Dice Simeoni: «Ya en precedentes informes dije a V. E. que el general Narváez había hablado fuertemente a S. M. [Isabel II] de la obligación que le incumbía de acabar con el escándalo [el romance de la reina con Enrique Puigmoltó], habiendo sido en estos últimos meses tan enérgicas las expresiones, que la misma Reina, llorando, le repuso: “¿Es que deseas que aborte?”». En honor también a la verdad y en su propio descargo, añadiremos que Isabel II, con únicamente 16 años, fue obligada por su madre a desposarse con su primo hermano, al que no podía ver ni en pintura y apodaban Paquita en las Cortes europeas por razones obvias. El gran rédito político que su madre María Cristina de Borbón, la reina gobernadora, pretendía obtener con semejante enlace consanguíneo entre una mujer ardiente como Isabel II y un hombre apocado como Francisco de Asís no justificó su cruel decisión. Aquella boda impuesta despertó el temperamento pasional que la joven reina había heredado de su abuela y de su madre.

No en vano María Luisa de Parma, la abuela, había sucumbido a los encantos del guardia de corps Manuel Godoy, mientras que María Cristina de Borbón, la madre, hizo lo mismo con el también oficial Agustín Fernando Muñoz, desposándose con él primero en secreto. Tres reinas de la Casa de Borbón –María Luisa, María Cristina e Isabel II– bebieron así los vientos por tres hombres uniformados. Y el general Manuel Gasset formaba también parte, al parecer, de ese regio Estado Mayor. Nacido en Francia en 1814 y muerto en Alzira (Valencia) en 1887, combatió en la primera y segunda Guerra Carlista. «Fue gobernador militar de Jaén –recuerda su bisnieta Asunción, orgullosa de su brillante historial militar– y comandante general de Ceuta. Más tarde, mandó las tropas de ocupación española en el Puerto mexicano de Veracruz, siendo sustituido por el general Juan Prim. Fue capitán general de Cataluña y de Valencia, y participó en la restauración de Alfonso XII, quien le nombró luego gentilhombre de cámara de Isabel II».

Con sombrero de paja

Asunción Gasset es un pozo sin fondo en lo que a historias se refiere. «Mi padre –evoca nostálgica– era gran amigo de Valle-Inclán. Hasta tal punto era así, que el autor de ‘‘Luces de Bohemia’’ escribió su ‘‘Sonata de Otoño’’ en el pazo que mi padre poseía en La Coruña, en la carretera de Arzúa a Pontecarreira, donde se encuentra la parroquia de Calvos de Socamiño». «En aquel paradisíaco lugar, Valle-Inclán se inspiró, cómo no, para ambientar el romance del marqués de Bradomín (Bradomín, aclara ella, en la etimología del escritor, proviene de Brandeso precisamente) con la melancólica Concha. El propio Valle-Inclán describe con todo lujo de detalles el pazo donde mi padre le dejó alojarse en su día para componer la ‘‘Sonata de Otoño’’».

Asunción Gasset me muestra también con mezcla de tristeza e ilusión la fotografía en la que aparece su propio padre junto a Valle-Inclán en el Dolmen de Oleiros, en otoño de 1923. «En su ‘‘Diario de Viaje’’ –explica ella– mi padre narra aquella excursión con Valle-Inclán, acompañados ambos del también escritor Victoriano García Martí y del empresario Román Fernández Gil, retratado con sombrero de paja junto al Dolmen de Oleiros».

La relación de Valle-Inclán con Ramón Gasset Neyra fue tan estrecha, que el primero acudía también con asiduidad al Pazo Torre de Xunqueiras, en la Puebla del Caramiñal, situado al suroeste de la provincia de La Coruña. «Este pazo pertenecía a una hermana de mi padre, el cual nació allí mismo. Valle-Inclán lo visitaba con frecuencia y pasaba largas horas reconcentrado en su magnífica biblioteca que todavía hoy se conserva casi intacta. La propia infanta Isabel, la Chata, visitaba también el pazo, lo mismo que mi tatarabuelo el general Gasset. En cada una de sus estancias se respiran episodios tan fascinantes como ignorados de la convulsa Historia de España. Hoy, el hermoso pazo con torreón ha sido rehabilitado para turismo rural por mi prima Filocha de la Serna Gasset, que lo cuida con admirable cariño y esmero. Alojarse allí es un inmenso privilegio que está al alcance de cualquier bolsillo».

«El fundador de la Legión me imponía mucho cada vez que visitaba la casa de mis padres, en el número 71 de la calle Velázquez», comenta Asunción Gasset. «Tenía yo entonces ocho o nueve años y verle ya descender del coche que conducía su chófer Justo con aquel parche en la cara, manco y sin una pierna, constituía una imagen realmente impactante para una niña. El tiro que recibió en la cara, según me contaba su hija Palita [Peregrina Millán-Astray y Gasset], prima hermana mía y mujer encantadora, le afectó también al oído y por eso sufría vértigos que le hacían mantenerse de pie en un equilibrio inestable, razón por la cual se hacía acompañar siempre de Pepe, su guardaespaldas. Un auténtico castillo de hombre, porque el general era más bien menudo. Recuerdo a este propósito que Millán-Astray apodaba la Galga a mi madre Rosa, porque ella era muy alta y delgada». En cuestión de amores, el general Millán-Astray no le iba a la zaga a ningún Borbón, tal y como me comentaba en su día, para mi libro «Bastardos y Borbones» (Plaza y Janés), don Andrés Lozano aludiendo al romance del general legionario con la bella actriz y bailarina hispano-argentina Celia Gámez. Hijo y nieto de empresarios del teatro, Lozano vivía entonces su ancianidad en un edificio restaurado del viejo Madrid de los Austrias. «Don Andrés», como seguía saludándole Antonio, el conserje, cada vez que entraba o salía por el portalón de su residencia, era una enciclopedia abierta sobre la vida cultural madrileña del primer tercio del siglo XX.

Madrid aristocrático

A sus incontables lecturas y relaciones con personas ligadas al mundillo teatral y de variedades, se sumaban las increíbles vivencias de su padre, testigo excepcional de las tardes y noches del Teatro Real, así como de numerosas fiestas del silenciado Madrid aristocrático. Don Andrés vivía con una hermana suya. Su esposa Adelina falleció de una angina de pecho doce años atrás; desde entonces, el hombre paseaba casi siempre solo con su bastón nacarado por la plaza de la Villa en dirección al mercado de San Miguel, para dirigirse luego a la Plaza Mayor y desembocar en la de Puerta Cerrada, donde tomaba un cafelito con sus amigos de la «cuarta edad», como él los llamaba, simplemente porque le llevaban uno o dos años, lo cual, a la suya, ya era bastante.

«Mi padre –me recordaba don Andrés en su día– conoció a Celia Gámez ya entonces, cuando empezaba a hacer su tabla de gimnasia sueca todas las mañanas para mantenerse en forma. ¡Menudas piernas que conservó siempre la Celita! Media hora antes de la función, se empolvaba la cara en el teatro, tras retocarse el maquillaje. Esta operación llegaba a repetirla once veces por la tarde y otras tantas por la noche, cada vez que se cambiaba de vestido. Era muy coqueta; mi padre recordaba que solía almorzar muy poco, para no engordar, pero... ¡Pobre Celia! ¡Qué desdichada fue siempre en el amor...!».

«He oído contar esa historia un montón de veces en la familia –corrobora Asunción–, y debo reconocer que no me extrañaría que fuera cierta. Pero tampoco es menos cierto que llegó un momento en que Millán-Astray se enamoró perdidamente de Rita Gasset, prima de mi tío y filósofo José Ortega y Gasset, con quien tuvo a Palita [Peregrina], a quien su casta y resignada mujer Elvira [Gutiérrez de la Torre] hizo pasar como sobrina. Rita Gasset era como una madre también para mí, y me llevaba todos los jueves con Palita a presenciar las funciones del Circo Price. Palita siempre ha sido una hermana para mí».

@JMZavalaOficial

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