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Barenboim, en entredicho

Tiempo de lectura 2 min.

02 de marzo de 2019. 01:46h

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Gonzalo Alonso.  2/3/2019

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Son muchos los encuentros que he tenido con Daniel Barenboim y nunca me ha caído especialmente bien. Durante años mantuvo un contrato con la Comunidad de Madrid en lo que se consideró como un festival de verano en el Teatro Real. Luego vinieron también los conciertos en la Plaza Mayor con la West-Eastern Divan Orchestra. Al término, la presidencia de la CAM ofrecía una cena en la Panadería en la que el invitado estrella era él. Solía estar bastante desganado. El presidente me pidió en varias ocasiones que crease polémica para animarle a hablar. Sólo en esas ocasiones estuvo locuaz. En la penúltima cena prácticamente no abrió la boca y ya no hubo última porque cometió la desfachatez de pasar de la cena para irse con el entonces presidente de Andalucía. Se acabaron los conciertos en la Plaza Mayor. Lo anterior no quita para reconocer tanto sus esfuerzos por la paz y en defensa de los derechos de los niños como su generosidad con algunas personas. Entre ellas Alfonso Aijón, al que ha apoyado con recitales gratuitos cuando las cuentas no cuadraron. Y, desde luego, me parecen injustas las acusaciones que sobre él se vierten estos días. Primero fue el #Me Too y ahora se va a por los maltratos. Dos periodistas se han dedicado a recopilar testimonios negativos de músicos con los que Barenboim ha trabajado. Se habla de su temperamento imposible ilustrado con anécdotas, como la supuesta de una violinista que quiso entregarle un ramo de flores al final de un concierto y el maestro la apartó con una violencia que provocó las lágrimas de la desairada. En su teatro, la Staatsoper berlinesa, hay quien dice que «el clima del teatro está marcado por el miedo», que manifiesta un marcado favoritismo por algunos músicos y un distanciamiento de otros y que parece no confiar en nadie. Discrepan de lo que consideran un modo de actuación que respondería al principio de «a mayor presión, mejores resultados». Si ese es un principio suyo lo comparto plenamente. La blandura no conduce a nada en ningún campo de la vida, incluido el arte. La presión es fundamental para que uno de lo mejor de sí mismo. Lo que padece hoy Barenboim lo han padecido antes otros muchos. He visto llorar en el Teatro Real a una famosa soprano española cuando el regista se empeñó en enseñarla cómo debía cantar y actuar en un papel que debutaba. También su posterior agradecimiento. El mismo que tuve y siempre tendré yo con los profesores que fueron especialmente exigentes conmigo en la universidad. Si en ella no vale regalar aprobados, tampoco hay arte sin tensión.

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