
Sección patrocinada por 

Historia
Cien años del desembarco de Alhucemas
Sobre las 12.00 horas del 8 de septiembre de 1925, tropas españolas pusieron pie en la playa de Ixdain, en la costa de Marruecos.

Sobre las 12.00 horas del 8 de septiembre de 1925, tropas españolas pusieron pie en la playa de Ixdain, en la costa de Marruecos. Un siglo después, el libro “Alhucemas 1925. El desembarco que decidió la Guerra de Marruecos”, de Roberto Muñoz Bolaños, nos ofrece una profunda y renovada revisión histórica del desarrollo estratégico y las profundas implicaciones políticas de esta ambiciosa operación militar.
La Guerra de Marruecos se había convertido para España en un mal endémico desde 1909, alcanzando su momento más grave en 1921 con el desastre de Annual. Su conclusión pasaba exclusivamente por un asalto anfibio en la bahía de Alhucemas, centro neurálgico de la cabila más aguerrida, los Beni Urriaguel, pero la falta de una política coherente en relación con Marruecos había impedido que los planes que se elaboraron para realizar esta operación se llevaran a cabo. Solamente cuando el teniente general Miguel Primo de Rivera asumió que su política “abandonista” había fracasado y que era, por tanto, necesario poner en marcha esta acción para acabar con la República del Rif instaurada por el caíd de los Beni Urriaguel Mohammed Abd-el-Krim en 1922, la idea empezó a cobrar fuerza de forma definitiva. Un elemento clave que terminó despejando las dudas que pudiera albergar el dictador español fue el ataque del líder rifeño a la zona francesa de Marruecos, que garantizaron el apoyo francés al plan español.
Las tropas quedaron paralizadas en la bahía y todo se pudo convertir en un desastre político
El desembarco no era una acción que por sí misma pudiera provocar la derrota del líder rifeño, sino una fase más de una operación militar de mayor envergadura. Sin embargo, tanto Primo de Rivera como su hombre de confianza para los asuntos marroquíes, el general de brigada Francisco Gómez-Jordana y Souza, consideraban que, tras poner pie las tropas españolas en las playas de Alhucemas, sería el momento de iniciar una acción política que pusiera fin a la rebelión en el Rif mediante la negociación con Abd-el-Krim. El Gobierno de París también se mostraba partidario de buscar algún tipo de acuerdo con los rebeldes para acabar con el conflicto, incómodo con la campaña de oposición a esta contienda del Partido Comunista francés. La opción negociadora también era defendida por los “amigos” norteamericanos y británicos de Abd-el-Krim, ya fuese porque veían en el líder rifeño una reencarnación de George Washington en el caso de los primeros, o por intereses crematísticos vinculados con los legendarios recursos mineros de la zona en el de los segundos. Esta postura pactista chocaba con la del mariscal Philippe Pétain, jefe de las fuerzas militares francesas en Marruecos, la del general de división José Sanjurjo Sacanell, entonces comandante general de Melilla, y la de la casi totalidad de los militares “africanistas” españoles, partidarios de la derrota de la rebelión rifeña por las armas.
Una victoria a medias
Inicialmente triunfó la vía pactista en la planificación del asalto anfibio, ya que si bien, por influencia de Pétain, se incluyó en la fase de consolidación que seguiría al desembarco la conquista de la capital rifeña, Axdir, no se contempló una fase de explotación, cuyo objetivo final hubiera sido la derrota militar de Abd-el-Krim. El resultado de este diseño incompleto fue que las fuerzas armadas españolas, con apoyo aeronaval francés, culminaron con éxito, gracias a su entrenamiento y a pesar de la falta de información y las dificultades logística, la fase de desembarco el 12 de septiembre y la consolidación un mes después, tras conquistar Axdir el 2 de octubre. Sin embargo, a partir de ese momento, las operaciones se detuvieron dejando paso a la acción política. Fue un grave error militar que estuvo a punto de convertir una victoria en derrota porque las tropas quedaron paralizadas en la bahía de Alhucemas, pero sobre todo pudo ser un auténtico desastre político que hubiera provocado un desprestigio enorme e irreversible para España. La causa de este riesgo que corrió Madrid hay que buscarla en el hecho de que París, que lideraba las negociaciones con Abd-el-Krim, llegó a ofrecerle la posibilidad de convertirse en gobernante de un Rif autónomo, a cambio de reconocer la soberanía del sultán de Marruecos y de renunciar al control total sobre la economía de la región.

El líder rifeño, sin embargo, nada tenía que ver con los distintos caudillos que se habían rebelado con anterioridad contra la presencia española en el norte de Marruecos, sino que, por el contrario, se trataba de un dirigente más sofisticado cuyo proyecto político, la República del Rif, no podía desvincularse de las dinámicas provocadas por la Revolución rusa y el final de la Primera Guerra Mundial, manifestadas en una oleada de movimientos anticoloniales desde Corea hasta Egipto. Abd-el-Krim no aceptó esas condiciones, ya que, si bien podía reconocer una autoridad simbólica del monarca alauita, exigía también la completa independencia y la soberanía total del Rif, a semejanza de lo que su modelo, Mustafá Kemal Atatürk, había conseguido para Turquía. Pero, ¿qué hubiera ocurrido si Abd-el-Krim hubiera aceptado las limitaciones establecidas por los franceses? Pues que se hubiera convertido en líder de un Rif autónomo bajo la “protección” de Francia y probablemente del Reino Unido –para defender Gibraltar–, mientras que España se hubiera visto obligada a mantener una presencia simbólica en el norte de Marruecos. Años después, los defensores galos de la vía negociadora reconocerían el desastre que hubiera podido suponer un Rif autónomo para los intereses franco-británicos durante la Segunda Guerra Mundial, ya que Abd-el-Krim siempre fue profundamente germanófilo.
Hacia el fin de la guerra
La negativa del líder rifeño a aceptar las condiciones de París abrió una ventana de oportunidad definitiva a la vía militar preconizada por Pétain y Sanjurjo, convertido ya en comandante en jefe del Ejército de Operaciones en Marruecos. El 8 de mayo de 1926 se inició la fase de explotación, que debía culminar el asalto anfibio y que se había pospuesto siete meses, pues debía haber sido la continuación de la de consolidación que había concluido el 13 de octubre. Las fuerzas españolas y francesas desbordaron completamente a los guerreros rifeños. El 27 de mayo Abd-el-Krim se entregó a las autoridades militares francesas en Imzouren, que no solo ordenaron rendir honores al expresidente de la República del Rif, sino que no consideraron necesario informar ni mucho menos invitar a sus colegas españoles a la ceremonia. El líder rifeño marchó a su exilio en la isla Reunión, en el océano Índico, acompañado de un nutrido séquito y sobre todo de una gran fortuna.
La derrota de Abd-el-Krim supuso el comienzo del fin definitivo de la rebelión en la zona española del Protectorado marroquí, aunque la lucha se prolongó hasta el 10 de julio de 1927 cuando el general Sanjurjo emitió su última orden general, anunciando la conclusión del conflicto. En su escrito no dudó en escribir: “El desembarco en Alhucemas, en septiembre de 1925, con el que por primera vez se afrontó resuelta y valientemente la solución de este problema, yendo a atacar la rebeldía en su corazón, fue la base que ha permitido desarrollar la rápida y decisiva campaña”.
Las palabras del llamado “León del Rif” recogían con precisión la importancia de esa acción anfibia, pues si bien no provocó por sí misma la derrota de Abd-el-Krim permitió al Ejército español, con la ayuda francesa, y a pesar de todas las interrupciones en las operaciones provocadas por las negociaciones con el líder rifeño, recuperar la iniciativa estratégica que había perdido en Annual y dotarse de una posición de fuerza, lo que a la postre resultó decisivo para terminar con el largo conflicto marroquí.
Conclusión
El legado de Alhucemas Esta operación, que analizamos de forma tan concienzuda como crítica en el libro “Alhucemas 1925. El desembarco que decidió la Guerra de Marruecos”, también tuvo influencia en el contexto militar internacional del periodo de entreguerras. La guerra anfibia como instrumento bélico había sufrido un serio contratiempo tras el fracaso franco-británico en el desembarco de los Dardanelos en 1915. Por el contrario, había demostrado toda su eficacia en la primera acción anfibia aeronaval de la historia, la operación Albión, puesta en marcha por los alemanes en 1918 en el Báltico, aunque esta intervención resultó desconocida en Occidente hasta finales de la década de los 20. Como resultado de estos hechos, desde 1918 y hasta 1925, si bien tanto en Reino Unido como en Estados Unidos siguieron realizándose estudios sobre esta forma de combate, no eran una prioridad para sus respectivos gobiernos. Sin embargo, tras la operación española, los británicos desarrollaron una nueva lancha de desembarco que podía transportar carros de combate, tal y como habían hecho los españoles por primera vez en la historia en la acción de Alhucemas, mientras que el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos utilizó el desembarco español y la operación Albión como referentes en la elaboración de su manual de operaciones anfibias de 1934. Por el contrario, las fuerzas armadas francesas, también protagonistas de la operación, si bien estudiaron con profundidad esta acción, no la utilizaron para desarrollar una teoría de la guerra anfibia, ya que su prioridad era el combate terrestre.
La conclusión que se obtiene, por tanto, es que el desembarco de Alhucemas no solo fue clave para poner fin al conflicto marroquí, sino que también influyó en mayor o menor medida en la resurrección de la guerra anfibia tras el desastre de Galípoli de 1915.
Roberto Muñoz Bolaños es profesor en
la Universidad Camilo José Cela y la Universidad del Atlántico Medio
PARA SABER MÁS:
“Alhucemas 1925. El desembarco que decidió la Guerra de Marruecos”
Roberto Muñoz Bolaños
Desperta Ferro Ediciones
372 páginas
26,95 euros

✕
Accede a tu cuenta para comentar