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“A Hidden Life”: Terrence Malick busca a Heidegger entre los nazis

Esta pelicula tan lírica como agigantada, que competía ayer en Cannes, solapa la excelente cinta de Céline Sciamma, candidata a la Palma

  • Una escena de «A Hidden Life», de Terrence Malick
    Una escena de «A Hidden Life», de Terrence Malick

Tiempo de lectura 4 min.

20 de mayo de 2019. 01:17h

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Sergi Sánchez 20/5/2019

Uno de los pocos datos que se repiten en las reseñas biográficas de Terrence Malick es que no acabó su tesis doctoral sobre la filosofía de Heidegger. Es fácil entender su filmografía, pues, como una versión panteísta de esa tesis, en la que la importancia del ser-en-el-mundo se cruza con el devenir histórico, a menudo entendido como obstáculo. Así ocurría en «La delgada línea roja», «El nuevo mundo» o «El árbol de la vida», sin ir más lejos. Pero Malick no había sido nunca tan explícito en las raíces heideggerianas de su trabajo como en «A Hidden Life», que competía ayer en Cannes.

Se sabe que el filósofo alemán fue simpatizante de las ideas nacionalsocialistas, hasta el punto de que fue destituido de su puesto como rector de la universidad de Friburgo al entrar en Alemania las tropas aliadas. En su nueva película, Malick utiliza el caso real de Franz Jäggerstätter, un campesino austríaco que se negó a alistarse en el ejército nazi, como contradiscurso a las ideas del autor de «El ser y el tiempo». Más accesible que en sus últimas meditaciones sobre las derivas de la fe del hombre contemporáneo («Knight of Cups» y «Song to Song» siguen incomprensiblemente inéditas en España), «A Hidden Life» se propone como la fusión, bella pero morosa, del Malick poeta y el Malick narrador.

En torno al Absoluto

La historia de Franz es tan sencilla como la de Jesucristo, aunque su invisible resurrección se dará en las montañas, en forma de Absoluto. Todo es Absoluto en Malick: el Amor que alimenta a Franz en su terrible dilema moral; el Mal que coloniza a los habitantes de su pueblo, hambrientos de desprecio cuando se enteran de la traición de Franz a la patria; el Bien, que prevalece en el hombre que duda, que no sabe si sus rectos principios obedecen a su orgullo o a la defensa de la verdad. Las mayúsculas se corresponden con la puesta en escena, cuyo incuestionable vuelo lírico –cámara en mano y en gran angular– agiganta lo que otro cineasta habría contado en mitad de tiempo.

Imposible criticar su sentido del montaje, de una fluidez mercurial, y su habilidad para trabajar las voces en off, aquí en un atrevido formato epistolar en su tramo final, pero al que esto suscribe le da la impresión de que Malick sigue empeñado en hacer autos sacramentales con historias que pedirían un enfoque más profano. Como le ocurre a Franz, se ve más como mártir que como humano.

Es todo lo contrario de lo que le ocurre a la pintora y su modelo en la excelente «Portrait de la jeune fille en feu», de la francesa Céline Sciamma. La imagen de un rostro, su representación pictórica, adquiere forma a la vez que la atracción entre la artista y la mujer a la que retrata, que está a punto de contraer matrimonio con un desconocido (estamos a finales del siglo XVIII, en una isla de la Bretaña francesa), empieza a enfocarse, se traduce en un lenguaje de gestos que ambas reconocen como propio, en una de las más hermosas historias de amor del cine reciente. La película es pura fibra sensible, parece demasiado delicada para ser cierta, y le brilla la piel cada vez que Adèle Haenel y Noémie Merlant, excelentes, se miran a los ojos. Almodóvar ya no está solo en la carrera hacia la Palma de Oro. Eso sí no vuelve a convencer Malick como ya hiciera con «El árbol de la vida» en 2011.

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