El cine y el teatro, a media voz

Fallece a los 80 años, tras una larga enfermedad, Fernando Guillén, actor que triunfó tanto en el doblaje como en la gran pantalla, las tablas y la televisión

Imagen de archivo de Fernando Guillén
Imagen de archivo de Fernando Guillén

Iván –fácil rima con Don Juan, el personaje que le persiguió– tenía una voz rotunda (como la suya), era actor de doblaje (como él) y arrebataba a las mujeres (qué decir de un galán de profesión). Apenas aparece en pantalla, pero su presencia, mejor su ausencia, desata la desesperación de las «Mujeres al borde de un ataque de nervios» de Almodóvar (1988). Fue el despegue internacional del realizador manchego lo que llevó el rostro a las cuatro esquinas del mundo cuando ya en España había sido un pionero del teatro filmado, había gozado tanto del éxito como sufrido la ruina de una compañía teatral propia y se lo disputaban cineastas de renombre.

De Mihura a Sartre

Fernando Guillén siempre soñó con ser director de cine, pero cuando supo algo del asunto prefirió seguir delante de la cámara: «Soy un cinéfilo empedernido pero no un creador; haría películas correctas, sí, pero vulgares», confesó en su última entrevista. Como a otros intérpretes de su generación le sirvió de cuna escénica el Teatro Español Universitario (TEU), gracias al cual participó en títulos míticos como «Tres sombreros de copa» (1952), de Miguel Mihura, o «Escuadra hacia la muerte» (1953). En el mismo año pisó su primer plató de cine («Un día perdido», de José María Forqué) y seis después descubrió la televisión (con «Pesadilla», de William Irish, junto a Fernando Delgado y Valeriano Andrés), cuando aún por las noches se emitían espacios dramáticos en directo desde el Paseo de la Habana por no comprar películas, que resultaban más caras. Se hizo tan habitual que ya en 1967 recogió un premio Ondas al mejor intérprete de la pequeña pantalla junto a su mujer, Gemma Cuervo. La biografía personal y también profesional de Guillén quedaría huérfana sin la presencia de esta mujer de voz profunda que le dio tres hijos, dos de ellos actores, Fernando y Cayetana. Además, formaron compañía propia con la que abordaron textos clásicos y otros arriesgados de Edward Albee, Jean-Paul Sartre y Buero Vallejo, entre otros. Como él mismo confesó, la huelga de actores de 1975, que defendió en un principio, les llevó a la bancarrota. Y, entonces, la suerte se volvió a cruzar en su camino en forma de regalo televisivo, «La saga de los Rius», basada en «Mariana Rebull», de Ignacio Agustí. Fue en su tiempo la serie más cara de la cadena estatal y le proporcionó gran fama. Tanta que volvió a protagonizar los principales éxitos de la cartelera catalana: «Equus», «Violines y trompetas», con Paco Morán; y «Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?», con Rosa María Sardá.

Almodóvar, Saura, Camus

En 1984 su vida profesional vuelve a dar un giro porque los directores de cine le redescubren gracias a «El caso Almería», de Pedro Costa. A partir de entonces encadenará papeles con directores como Eloy de la Iglesia («El pico 2», «La estanquera de Vallecas»), Mario Camus («La rusa»), Pedro Almodóvar («La ley del deseo», «Mujeres al borde un ataque de nervios, «Todo sobre mi madre»), Carlos Saura («La noche oscura»), José Luis Garci («El abuelo», «Sangre de mayo», ), Álex de la Iglesia («Acción mutante»)... En 1991 protagonizó «Don juan en los infierno», una de las mejores película de Gonzalo Suárez, libre adaptación del mito desde la perspectiva de Molière ya viejo y cansado, que le valió el Goya al mejor actor protagonista de aquel año. Con él, cerró el círculo, pues uno de sus mejores papeles fue, precisamente, protagonizar un Tenorio para Estudio 1, el mítico programa de teleteatro. «Es el último que se hizo para televisión. Solo conservo una crítica de toda mi carrera, y es precisamente la que al efecto hizo Viriato [seudónimo del periodista Enrique del Corral] en La Hoja del Lunes. Me da vergüenza admitirlo, pero era tan buena, decía cosas tan hermosas (aunque seguramente excesivas), que la enmarqué», confesó en su última entrevista para la revista de la entidad de gestión de los actores, Aisge, hace poco menos de un año.

Las nuevas generaciones le conocieron como el padre de Cayetana Guillén Cuervo (popular por su presentación de programas cinematográficos en TVE además de su carrera como actriz) y de Fernando, que filmó «Año mariano», en el que participó. Pero además, tuvo la oportunidad de participar en teleseries recientes de éxito como «Aída», «Hospital Central» y «Motivos personales».

Adiós al teatro

Se despidió del teatro en 2008 en el Teatro Calderón de Valladolid, cuando empezó a notar los efectos de su enfermedad: «El teatro ha sido mi vida y es algo muy importante. No se puede tomar a la ligera; hay que estar en plenas facultades para hacerlo. Al espectador no hay que engañarlo. De modo que "El vals del adiós", un monólogo de Louis Aragon sobre la vida y la muerte, me pareció un hermoso broche», declaró. Y así acabó siendo.