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«Green book»: Como un bombón de licor

  • «Green book»: Como un bombón de licor

Tiempo de lectura 2 min.

01 de febrero de 2019. 03:34h

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Sergi Sánchez.  1/2/2019

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Director: Peter Farrelly. Guión: N. Vallelonga, B. Currie y P. Farrelly. Intérpretes: V. Mortensen, M. Ali, L. Cardellini, Dimitri Marinov. EE UU, 2018. Duración: 130 min. «Road movie».

Suerte de inversión de los roles raciales de «Paseando a Miss Daisy», otra «road movie» que atravesaba el profundo Sur sedienta de Oscar, «Green Book» se erige como prueba documental de la mala conciencia del Hollywood blanco cuando se trata de abordar los infiernos de la segregación. Es significativo que la película retrate a su guía moral como un racista para luego redimirlo por corte en un par de escenas. Tony Lip, que trabajará como chófer y guardaespaldas de Don Shirley, virtuoso pianista negro que tiene contratada una gira por los más xenófobos rincones sureños, es violento, vulgar y analfabeto, pero su nobleza de espíritu derretirá la rigidez de los modales de su jefe, será su particular soplo-de-aire-fresco, le enseñará las bondades del pollo frito y de ensuciarse las manos sin avergonzarse por ello. A cambio, Don ejercerá de Pigmalión y de Cyrano, educando a Tony en las mieles del lenguaje romántico y los protocolos de la buena conducta. Más allá del nacimiento de una amistad masculina entre supuestos contrarios –que las interpretaciones de Viggo Mortensen, que parece una versión amable de un secundario de «Los Soprano», con su pizza doblada por la mitad para comérsela de un solo bocado, y de Masharhala Ali, como un príncipe destronado que se ha tragado un paraguas, extreman hasta lo inverosímil–, la película pretende hacer de la conciliación su mantra favorito navegando a través de un bosque de peligrosos clichés. La coartada de la etiqueta «basada en hechos reales» no oculta su auténtica agenda, a saber: plegarse al punto de vista hegemónico de Tony, del blanco autosatisfecho de su sabiduría popular, de su natural sensibilidad y de su sorprendente apertura de miras siempre que lo exija el guión –es cuando menos discutible cómo la película se quita de encima de un plumazo la homosexualidad de Don–, para abandonar al afroamericano en el asiento trasero de un coche, sometido a las humillaciones a las que va a someterle el libro de estilo del drama concienciado. Es como si Peter Farrelly, dejando a su hermano Bob en el paro, hubiera decidido hacer una versión seria de «Dos tontos muy tontos», protegiéndose en la burbuja histórica de 1962 para retratar situaciones y prejuicios encapsulados en el pasado, recreándose en los colores retro de una foto moderadamente feliz, aislados de cualquier proyección contemporánea, de cualquier comentario sociopolítico que nos resulte más útil que comernos un bombón de licor.

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