Hollywood rehace su historia

«Argo», «La noche más larga», «Lincoln» y «Django desencadenado» exploran el pasado más o menos reciente de Estados Unidos. La cinta de Ben Affleck se postula como caballo ganador de esta noche en detrimento de la de Kathryn Bigelow

Parece que, en mayor o menor medida, las nueve películas nominadas al Oscar han funcionado bien en taquilla. Eso tranquiliza a la industria de Hollywood, e impide que se repita lo que ocurrió el año de «Avatar», en el que los miembros de la Academia sancionaron la revolución digital de James Cameron para premiar «En tierra hostil», áspera meditación sobre la guerra de Irak que había tardado más de un año en estrenarse en Estados Unidos y que, aunque con el beneplácito de la crítica, fracasó estrepitosamente en taquilla. En esta edición de los Oscar no hay película de efectos especiales contra la que competir, y sí unas cuantas que, de algún modo, ponen en tela de juicio la historia de América, la reescriben o la reevalúan como si fuera necesario mirar hacia atrás y enmendar errores para ratificar la conciencia liberal de la era Obama.

Castigo para Affleck

«Argo» tiene todos los puntos para ganar el Oscar a la mejor película porque disfraza la reflexión política con los ropajes del filme de aventuras o de espionaje, construyendo un divertido artefacto que obliga a unos cuantos miembros de la embajada norteamericana en Teherán a convertirse en actores a su pesar de una serie B que nunca será. Ben Affleck –que ha sido castigado (¿alguien sabe por qué?) por la Academia al no ser nominado en la categoría de mejor director– nos dice que sólo la mentira (o la representación) puede salvarnos de lo real, idea de lo más atractiva en una época en la que el cine necesita apoyos reivindicativos y en la que la sobredosis de información supuestamente «real» nos hace dudar de qué es inventado y qué no.

Es por ello que «Argo» parte como caballo ganador y «La noche más oscura» como perdedor. La primera hace un trabajo mitificador, la segunda desmitificador. La primera convierte en héroe al llanero solitario, al hacedor de lo imposible, y la segunda la transforma en víctima de un trastorno obsesivo-compulsivo, demostrando que el Gobierno americano dio con Bin Laden porque quería silenciar a una loca. La taquilla ha respondido bien ante el antipático filme de Kathryn Bigelow, aunque toda la publicidad gratuita que le ha regalado la polémica en torno a las escenas de tortura le ha quitado atractivo para los miembros de la Academia, esencialmente republicanos.

Parece, pues, que la victoria de «Argo» está cantada. Su acercamiento a la política está concebido para atraer y gustar a todos los públicos. Dos películas como «Lincoln» y «Django desencadenado», que cuentan con el sello de prestigio de sus respectivos autores (Steven Spielberg y Quentin Tarantino) y que hablan de la lucha contra el racismo como uno de los secretos para combatir la barbarie americana, deben superar un par o tres de obstáculos para llevarse estatuillas a casa. Spielberg puede rascar la tercera estatuilla para Daniel Day Lewis (aunque se la merece mucho más Joaquin Phoenix por «The Master»), pero su película se parece demasiado a una conferencia, es en exceso rígida y muerde el polvo del tedio en más de una ocasión. Tarantino ha facturado lo que considera un manifiesto anti- «El nacimiento de una nación», pero la sobredosis de violencia y la osadía de incluir a otro negro, némesis de Django, como personaje más negativo de la película, no ha caído muy bien en el sector radical afroamericano (si por radical entendemos a Spike Lee). Y es, no nos engañemos, una película demasiado extraña para los gustos de la Academia: firmar un alegato contra el esclavismo en clave de western hablado donde pesan más los secundarios que el protagonista... Me parece poco probable que nadie apueste por él. Lo mismo ocurre con «Los miserables», que únicamente será recordada, pobres Jackman y Crowe, por el «solo» dreyeriano de Anne Hathaway, y con «El lado bueno de las cosas», que a pesar de renovar los códigos de la comedia romántica bajo el prisma del melodrama bipolar, no pasa de ser una película eficaz y competente, que responde educadamente a una fórmula diseñada con escuadra y cartabón.

Dos perros verdes

Las dos entradas más insólitas en los Oscar de este año corresponden a dos perros verdes con los que Hollywood pretende cubrir la cuota «arty». Es el caso del «Amor» de Haneke, su filme más humanista y el que ha puesto de acuerdo a todos los viejos miembros de la Academia, aunque algunas voces disidentes han protestado porque la cinta ocupa un lugar en las nominaciones a la mejor película cuando está claro que ganará en la categoría de mejor película extranjera. Nadie, sin embargo, alzaría la voz si Emmanuelle Riva se llevara el Oscar a la mejor actriz, porque sería el modo de recompensar una trayectoria que empezó en «Hiroshima mon amour». Más discutibles son las nominaciones a «Bestias del sur salvaje», que suenan a premio de consolación para una película que presenta la viabilidad de un modelo económico alternativo de producción en tiempos de crisis.