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«Mamma mia! una y otra vez»: El exótico Hotel Donna

  • «Mamma mia! una y otra vez»: El exótico Hotel Donna

Tiempo de lectura 2 min.

20 de julio de 2018. 01:57h

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Sergi Sánchez.  20/7/2018

Dirección y guión: Ol Parker. Intérpretes: Lily James, Amanda Seyfried, Julie Walters, Cher. Gran Bretaña - EE UU, 2018. Duración: 114 minutos. Musical.

Diez años después de que «Mamma Mia!» se erigiera en placer culpable por valor de 600 millones de euros en taquilla internacional, era inevitable una secuela. El resultado parece una película diseñada exclusivamente para una sesión de «sing-a-long»: a los éxitos incontestables de la primera parte («Dancing Queen», «Super Trouper») se le añaden una colección de caras B para completistas de ABBA que justifique su tedioso metraje. Si por algo destacaba el filme de Phyllida Lloyd era por su vitalidad «camp», acaso potenciada por una Meryl Streep que, en plena vena autoparódica, sabía reírse de su sonrisa de peto vaquero y sombrero de paja. Por otro lado, había algo conmovedor en la celebración de la relación maternofilial que vertebraba la débil trama de la película. Una vez relegada la Streep a una aparición espectral, su director, Ol Parker, se dedica a rellenar huecos entre temazos y temitas recordando cómo Donna llegó a la isla y conoció a sus tres pretendientes, alternándolo con la inauguración de un hotel cuquísimo que su hija (Seyfried) ha ultimado en su honor. Eso sí, lo que conocemos como conflicto dramático no existe. El único aliciente para soportar la tormenta de azúcar es esperar la llegada de la estrella invitada, la abuela que nunca asistía a fiestas familiares tal vez para no delatar que Cher se parece tanto a su supuesta hija en la ficción (Lily James, de joven; Streep, de madura) como una orquídea a un cactus. A sus setenta y dos años, Cher es la digitalización de sí misma, ofreciéndose involuntariamente como metáfora de la propia película: un holograma de cera, un simulacro de realidad soleada que no conoce el paso del tiempo. Con todo, hay algo de anomalía cabaretera, casi vulgar, en su presencia, que resulta refrescante, y cuando se arranca a cantar «Fernando» con un Andy Garcia aplastado por el carisma de su «partenaire», el ballet mecánico que protagonizan le da a la secuencia un tono casi surrealista, que es, sin duda, lo mejor de una película que se resiste a sorprender con un empecinamiento saturnino.

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