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«Misión: imposible. Fallout»: La belleza de la velocidad

  • «Misión: imposible. Fallout»: La belleza de la velocidad

Tiempo de lectura 2 min.

27 de julio de 2018. 02:35h

Comentada
Sergi Sánchez.  27/7/2018

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En su espléndido texto sobre «Misión: Imposible. Fallout», la crítica americana Manohla Dargis, del «The New York Times», ha apuntado una idea reveladora: la película tiene una estructura de musical clásico. Diríamos que los seis capítulos de la serie, en mayor o menor medida, se doblegan a esa arquitectura, un sumatorio de coreografías verticales (auges y caídas) y horizontales (deslizamientos, persecuciones) que es, además de un espectáculo en sí mismo (como lo era el viejo cine de atracciones de la etapa muda), la razón de ser de su existencia, adelgazando su trama mientras aparenta multiplicar sus retruécanos, que aquí toman la forma de grupos terroristas, bombas nucleares y agentes dobles que pueden llegar a ser infinitos. La autonomía de esas secuencias de acción, a menudo lecciones de puesta en escena y clases magistrales de cómo llevar hasta el paroxismo el montaje paralelo y el concepto de «cliffhanger» (J.J. Abrams aparece por ahí asomando el morro), convierten la película en una experiencia casi abstracta, de suspensión en el tiempo, a la vez compensada por la fisicidad del cuerpo de Tom Cruise, tan aficionado a hacer sus propios «stunts», un golpe de realidad que coloca los malabarismos del agente Ethan Hunt por salvar el mundo en un territorio que nos pertenece, el de lo humano. Como el Bond de Daniel Craig, Hunt es un hombre con pasado. Si repasamos las seis películas de la saga, el «angst» de este espía mutante le da una profundidad serial al conjunto. Es mérito de Tom Cruise que su personaje vista esa carga, la haga significativa, aunque la mayor parte del metraje esté montando en moto a 400 kilómetros a la hora o saltando de edificio en edificio como un Spiderman sin superpoderes. Tal vez Christopher McQuarrie, el único director que ha repetido en la serie, no haya sabido sostenerle la mirada a un villano que se merezca ese nombre –no encontramos aquí la amenaza fantasmal del Seymour Hoffman de «M:I 3», aunque la refrescante presencia de Henry Cavill como némesis-armario de Cruise se le parezca bastante– pero su brillantez a la hora de orquestar escenas de acción es incuestionable. El apabullante clímax final, operístico montaje paralelo que resucitaría a Griffith de alegría, podría ser nuestra favorita, pero nos quedamos con la escena del Grand Palais, sobre todo en su etapa inicial, situada en un cuarto de baño donde los blancos impolutos y el sentido del espacio fílmico nos recuerdan a uno de los momentos cruciales de «Misión: Imposible» y a la secuencia inicial de «Femme Fatale», no por azar dirigidas ambas por Brian de Palma.

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