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Un mihura suelto en Málaga

«Toro», que inaugura hoy el Festival de Málaga coincidiendo con su estreno, es una de las apuestas más potentes de la primavera: acción, corrupción y persecuciones en una Costa del Sol «kitsch» y cañí con Mario Casas, Luis Tosar y José Sacristán en el regreso de Kike Maíllo a la dirección tras su sorprendente debut con «Eva»

  • TORO SALVAJE. Mario Casas, con una escopeta recortada, en una escena del filme
    TORO SALVAJE. Mario Casas, con una escopeta recortada, en una escena del filme
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

22 de abril de 2016. 01:34h

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Madrid. 22/4/2016

En el brazo tatuado de Toro se lee: «Mi carácter es mi cárcel», un remedo barriobajero de aquel «Carácter es destino» de Heráclito. Toro sabe que, tarde o temprano, acabará en el trullo. Lo que ignora es que, a la salida, su pasado y sus demonios estarán ahí esperándolo igual que al Carlito Brigante de «Atrapado por su pasado» (1993). De hecho, mucho hay de Brian de Palma en esta segunda cinta de Kike Maíllo tras el debut sorprendente (en tema, forma y temple) de «Eva» (2011). Mucho también de «fatum», de acción y de rostros conocidos en «Toro», la película que inaugura hoy el Festival de Cine Español de Málaga, coincidiendo con su estreno en salas. Para Ingrid García-Jonsson no hay duda: «¡Es un pelotazo!».

«Toro» arranca a la carrera, sin respiro, en una Málaga ligeramente actual pero abiertamente grotesca, oscura. Allí reina Romano, un empresario interpretado por José Sacristán que controla el negocio del turismo y se ha hecho un hueco en el «establishment» (es incluso hermano mayor de una cofradía). Para él trabajan los hermanos Toro (Mario Casas) y López (Luis Tosar), pero el primero está decidido a dejarlo. «Mi último trabajo», advierte a Romano. Todo falla y Toro acaba en la cárcel. Años después, a su salida, sienta la cabeza: conduce un taxi, tiene novia (Ingrid García Jonsson) y parece haber aplacado a la bestia interna. Hasta que reaparecen López, Romano y todos sus secuaces malencarados para despertar a ese animal desencadenado.

«Toro es como un Mihura –asegura Mario Casas (más físico que nunca tras su papel de galán colonial en «Palmeras en la nieve»)–, hay algo de animal en él, de tipo noble que si lo dejas en su ambiente natural, en la dehesa, no da problemas, pero que si lo encierran embiste». Y a Toro lo citan las cuentas pendientes con el hampa, el pasado que no se puede maquillar: «Hay un punto de destino en toda la película, parece que él ya ha pagado con la cárcel, pero el destino le vuelve a pedir que cierre las heridas», añade Casas.

- Un hermano bala perdida

No poco tiene que ver López en los problemas de Toro. Su hermano es sibilino, malicioso, un bala perdida que nunca se sabe en qué campo juega. «Es más egoista, claro que sí, pero también es bonito ver cómo López hace un viaje interior. En el fondo es la historia de la lucha con el carácter, cosa que nos sucede a cada uno de nosotros todos los días de nuestra vida», explica Luis Tosar.

Efectivamente, López vuelve a meter en líos a su hermano, con el «capo» Romano siempre moviendo los hilos en la sombra. El resultado: la película vira hacia una «road movie», siempre hacia el Este, hacia Almería y con las costas de Marruecos como edén de los macarras reconvertidos. Pero tanto a Toro como a López les será difícil, muy difícil, abandonar esa Málaga de cemento armado y neón que recuerda a la Miami de los corruptos. «Es cierto que toda la cinta tiene ese aire retro, como por otra parte son retro lugares como Torremolinos, que se quedó estancado en esa época de los 70», explica Tosar.

El «andalucismo» de «Toro» viene marcado por una parte importante de su «staff». Los guionistas Rafael Cobos y Fernando Navarro son, respectivamente, sevillano y granadino. Ubicaron su historia en terreno neutral, la Costa del Sol, el lugar de Andalucía, por lo demás, donde la corrupción, el incesante flujo turístico y el olor a ladrillo quemado más cuadraban. Sin embargo, «Toro» es tan gallega (por Tosar y la productora ZircoZine, que junto con Atresmedia, Apache y Escándalo ha puesto en pie la obra) como andaluza; y quizás el maridaje entre estos dos polos de la ruta española de la droga y la corrupción dote a la cinta de atemporalidad y hasta vaguedad geográfica. «Yo no he querido hacer una película localista en Andalucía. Eso lo hace muy bien Alberto Rodríguez. Aquí se trabaja descaradamente un escenario de ficción», explica Kike Maíllo, el director catalán (del 75) de la cinta. Desde el principio quedó claro que el reparto no tenía por qué ser netamente andaluz: «Se suponía que Toro y López eran hermanos gallegos que habían acabado radicados allí», matiza Tosar. Romano también es un buscavidas que, viniendo de fuera de Andalucía, ha medrado al calor del dinero rápido y esa ley del «nadie conoce a nadie» de las grandes ciudades portuarias donde los billetes no tienen dueño hasta que llegan a la caja fuerte. «Kike ha puesto la mirada en un sitio muy singular –añade Sacristán–. No ha querido caer en el folclorismo, sino hacer una combinación muy ajustada de cinco personajes que representan un territorio muy concreto que no es sólo Andalucía». La tenebrosa región del dinero sucio.

Con todo, Málaga es el epicentro de la historia y el escenario en el que Casas y Tosar han paseado sus «cafradas». «Había un punto de gañanes en el rodaje, con nosotros dos conduciendo como locos por el centro de Málaga –señala Tosar–. La ciudad se comprometió del todo con la película y es un lujo poder inaugurar el Festival cerca de donde rodamos». Aunque los medios no son los mismos que «los de los americanos», explica el actor, «hemos hecho en pocos días lo que ellos pueden permitirse hacer durante semanas». El nervio, la casta, de Mario Casas ha ayudado no poco a que las escenas de acción salieran adelante con el mayor realismo posible. «El 90 o 95 por ciento lo he hecho yo mismo –asegura–. Casi todo: las carreras de coches, las peleas, incluso parte del salto de balcón a balcón que hay en la película. Me gusta que la gente diga que las escenas de acción son creíbles porque se me ve la cara y, por supuesto, también me gusta hacerlas por cuestión de adrenalina».

- La alfombra roja

Ingrid García Jonsson, esa sueca sevillana que conocimos en «Hermosa juventud» (2014), ha ejercido a modo de anfitriona en la capital de la Costa del Sol, «porque, aunque digan que los sevillanos y malagueños nos llevamos mal, yo tengo muchos amigos allí y me encanta la ciudad». Ella es el asidero de Toro, los dos ojos azules que apaciguan a la bestia y le recuerdan día a día que ha de regresar cuando ajuste cuentas con su pasado. «Pero Estrella no es la típica novia de las películas que se queja y se queda en casa; tiene las cosas muy claras, es inteligente, con sentido del humor y está con el porque lo quiere, no porque quiera cambiarlo». Volver a Málaga, para ello como para todos, es un premio en sí mismo para una cinta que inaugura fuera de concurso esta cita cinéfila. «Ya estuve el año pasado en el Festival y me di cuenta de que es un lugar magnífico para testar con el público», asegura García Jonsson. Para Sacristán, Málaga es uno de esos puntos calientes de la geografía de todo actor de larga trayectoria: «Con esta ciudad y este Festival tengo una deuda permanente que no voy a saldar jamás». Hace dos años le dieron el premio a su carrera: «Me hicieron llorar», confiesa. Pero si hay un nombre que solivianta a las multitudes en Málaga, uno de esos festivales donde el fenómeno fan se palpa en cada alfombra roja frente al Teatro Cervantes, ése es el de Mario Casas. Esta noche, el imponente y agresivo Toro se amansará ante las miradas de cordero degollado de las jóvenes que suspiran por su firma en el brazo, en el bloc, en la camiseta...

Un mihura suelto en Málaga
El «capo» Romano

Sacristán: A la vejez, pistolas

Para los más mayores, la imagen de José Sacristán está indefectiblemente asociada a las «españoladas» con que se inició en el mundo del cine, en la comedia. Primero como secundario («La ciudad no es para mí», «Sor Citröen», «La tonta del bote») y luego ya como protagonista («Vente a Alemania, Pepe»). Durante la Transición, trabajó en importantes películas, muchas de ellas comprometidas políticamente, que retrataban el ambiente de apertura de la época y la necesidad de repasar el pasado de España, como «Asignatura pendiente» o «Las largas vacaciones del 36», «El viaje a ninguna parte» y «La vaquilla. Sacristán se fue despojando poco a poco del sambenito de actor de comedia pura y dura y se consagró como uno de los grandes del cine español, trabajando con otros «monstruos» como Fernando Fernán-Gómez y Luis García Berlanga. En los últimos años, Sacristán ha apostado decididamente por romper sus registros y aúnar fuerzas con los más jóvenes. El resultado ha sido una serie de películas en las que el actor ha entrado de lleno en el thriller. En «El muerto y ser feliz» (Javier Rebollo, 2012) vimos a Sacristán empuñar una pistola en el rol de sicario que trata de huir de la muerte. Con la imponente «Magical Girl» (Carlos Vermut, 2014), el madrileño se metió en uno de sus papeles más oscuros y, de nuevo, acabó con un arma en las manos. En «Toro», las pistolas le vienen de oficio, pues Sacristán es, nada más y nada menos, que un «capo» de la Costa del Sol, con toda su jauría de matones y paniaguados. Un «capo» aficionado a tallar imágenes religiosas, hermano mayor de una cofradía, sentencioso («España es un país de malos hermanos», dice en la película) y amante del folclore. Sin llegar a los extremos «kitsch» de Romano, su personaje, Sacristán confiesa que todo el mundo tradicional andaluz le atrae: «Yo soy una tonadillera frustrada; me hubiera gustado ser Juanita Reina. Yo siempre digo que mi método de trabajo es mitad Stanislavski, mitad la Niña de los Peines».

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