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Con ella se va el blues

Las versiones de canciones del rock de Aretha Franklin son inolvidables. Las llena de blues, se inflan, su sistema circulatorio crece en lozanía por esa transfusión de góspel y blues alegre que insufla en cada inflexión vocal

  • Aretha Franklin y otro grande del soul, James Brown, en Detroit, en 1987
    Aretha Franklin y otro grande del soul, James Brown, en Detroit, en 1987

Tiempo de lectura 4 min.

17 de agosto de 2018. 05:52h

Comentada
Sabino Méndez 17/8/2018

Cuando yo era joven, a Aretha se la conocía como la reina del soul, pero en cuanto uno se acercaba a sus grabaciones en seguida se daba cuenta de que lo que encarnaba realmente era a la propietaria del blues. Puesto que su padre había sido un predicador baptista, amigo de Luther King, ella creció cantando en el coro de góspel de su iglesia. Conocía, por tanto, todos los trucos del rythm and blues que se esconden bajo infinitas capas de plegarias en ese tipo de música. Los sesenta descubrieron que las cantantes negras de voz potente podían tener también glamour, dejando de estar solo condenadas a ser trágicas arrabaleras como Billie Holiday (en el jazz) o Big Mama Thornton (en el blues). Pero, a todas esas damas de piel negra a quienes se les permitía por fin acceder al traje de noche y la respetabilidad, el mercado les exigió un peaje filtrante que pasaba por un pop elegante y un jazz vulgarizado, unificados muchas veces bajo la genérica etiqueta de soul music. Todas pasaron por el aro: desde Shirley Bassey a Dionne Warwick, Ella Fitzgerald o Diana Ross. Únicamente dos se negaron con éxito a jugar ese juego y buscaron su propio camino: Aretha Franklin y Tina Turner. Tina jugó más la carta de la sexualidad desafiante y Aretha escogió llevar al extremo las inflexiones blues del góspel, pero el punto en que coincidieron, su denominador común, fue que cuando hicieron versiones, en lugar de escogerlas entre los repertorios de los estándares del pop o el jazz lujosos, preferían tender hacia los éxitos del rock, aquella música de chicos malos.

Las versiones de canciones del rock de Aretha Franklin son inolvidables. Las llena de blues, se inflan, su sistema circulatorio crece en lozanía por esa transfusión de góspel y blues alegre que insufla en cada inflexión vocal. Blues alegre... Parece un oxymoron o un contrasentido, pero ahí está precisamente el secreto de difícil obtención con que Aretha batió finalmente a Tina Turner, más volcada en lo frenético y efectista. Son tan famosas sus versiones, sus recreaciones de las canciones de otros, que han dejado en segundo plano un poco oscurecida a la gran compositora de canciones propias que Aretha también fue. Tuvo que contemporizar con los cambios en la industria musical americana y sus diversas modas, a veces con más suerte y otras menos. En la década de los setenta tuvo unos de sus momentos más bajos cuando le exigieron que, como voz negra femenina, debía orientarse a la música disco, algo que no le iba. En los ochenta se rebeló y volvió a las raíces blues y góspel de una manera gloriosa. La industria estaba más receptiva al inconformismo esa década y los departamentos de marketing tuvieron que comerse sus palabras. Las buenas voces que habían vinculado indisociablemente su talento al atractivo sexual y glamuroso perecieron bajo el botox. Aretha, imperturbable, con su pinta de señora gordita, envejeció llenando de blues y góspel todos los géneros que tocaba y defendiendo de paso la emancipación de la mujer más allá del papel de pantera depredadora. Limpió el trono del blues y lo colocó en su sitio. No necesitó limarle sus aristas para dignificarlo con asepsia, como tuvo que hacer B. B. King para que le dejaran entrar en los festivales de jazz. Aretha pilló por el cuello al rythm and blues, vivo y coleando, a través del góspel y ahí lo dejó, detenido por un instante para siempre. En el momento que era más bello. Como en el «Fausto» de Goethe. Nadie la superará.

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