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Cuando los elefantes de Cartago cruzaban el Tajo

La expansión cartaginesa en la península ibérica desembocó en el enfrentamiento decisivo de Aníbal Barca contra Roma

  • Muerte de Amílcar Barca a manos de sus aliados oretanos durante el asedio de Hélice
    Muerte de Amílcar Barca a manos de sus aliados oretanos durante el asedio de Hélice /

    © Radu Oltean/Desperta Ferro Ediciones

Desperta Ferro Ediciones.

Tiempo de lectura 4 min.

05 de mayo de 2019. 12:23h

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Eduardo Kavanagh.  Desperta Ferro Ediciones. 5/5/2019

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En el año 241 a. C. Cartago salía derrotada de una terrible guerra. A la humillación y pérdida de territorios como Sicilia, se sumaron las onerosas indemnizaciones en favor del vencedor, Roma, y la revuelta generalizada de mercenarios y de todo el norte de África. Cartago, exhausta, no sabía cómo recuperar su antiguo esplendor. Fue entonces cuando un noble cartaginés, Amílcar Barca, tuvo la osadía de expandir el dominio púnico por la península ibérica. En el año 237 a. C. desembarcó en Gadir (Cádiz) al frente de un poderoso ejército y acompañado de varios familiares, entre los que destacarían su yerno Asdrúbal el Bello y sus tres hijos. Comenzó así una gesta colosal de inmensas consecuencias históricas para el Mediterráneo antiguo. Desde Gadir, Amílcar extendió su poder e forma progresiva a lo largo del valle del Guadalquivir, donde se enfrentó a los caudillos indígenas Istolacio e Indortes, a los que a duras penas pudo someter. Luego consolidó su dominio con la fundación de una ciudad que haría las veces de cuartel general púnico: Akra Leuké («campamento blanco»), que tenemos razones para ubicar en la actual Carmona, Sevilla. Estas victorias le permitieron adentrarse en la alta Andalucía, donde halló una fuerte resistencia en la etnia de los oretanos. Y fue precisamente en su lucha donde halló la muerte. Según narran las fuentes, Amílcar se hallaba ocupado en el asedio de la ciudad indígena de Hélice (acaso Elche de la Sierra, Albacete) cuando uno de sus aliados, también oretano, lo traicionó. Amílcar, que había destacado a la mayoría de sus soldados a otros puntos y se hallaba casi en solitario, tuvo que huir y en la persecución, fue alcanzado y pereció, según algunos ahogado en un gran río al que se lanzó al tratar de salvar la vida. Sin embargo, su yerno Asdrúbal el Bello y sus hijos le sobrevivieron y fue aquel quien se hizo con el testigo de la empresa de conquista.

Empuñar las armas

Aníbal Barca, primogénito del fallecido Amílcar, a pesar de su juventud, ya auxiliaba a su cuñado en las tareas de gobierno. Aníbal tomó por esposa a Himilce, princesa de la tribu oretana, de la ciudad de Cástulo (Linares, Jaén), cuyas espectaculares ruinas se pueden visitar hoy en día. Pero no todo fue diplomacia y Asdrúbal tuvo que empuñar las armas para someter a los oretanos levantiscos. Las fuentes también le atribuyen la fundación de una ciudad de inmensa importancia en el futuro: Qart Hadast o Cartago Nova (la moderna Cartagena), enclavada entonces en una península aislada con una bahía a sus espaldas, una espléndida ubicación para un puerto fortificado que serviría de comunicación entre la Iberia púnica y el norte de África. Asdrúbal morirá asesinado, apuñalado al parecer por un esclavo o por un nativo, y será sucedido por Aníbal. Con él asistimos a una renovación de una política agresiva y expansionista, que se traduce en varias campañas militares contra los pueblos del interior peninsular. En esta última campaña Aníbal deberá enfrentarse a una coalición de pueblos meseteños a los que derrotará en una gran batalla a orillas del Tajo en la que participan incluso elefantes de guerra. La sucesión de victorias hizo reaccionar a Roma, cuyos dirigentes recelaban del engrandecimiento de Cartago. El Senado trató de poner freno al expansionismo de su antagonista y obligó a los púnicos a firmar un tratado por el que ambas potencias se repartían el territorio aún por conquistar y establecían una divisoria de áreas de influencia: el río Ebro. En el año 219 a. C. Aníbal emprendió el asedio de la ciudad de Arse (Sagunto). Sin embargo, a pesar de hallarse a muchos kilómetros al sur del río Ebro, Roma interpretó esta agresión como una violación del mencionado tratado y, tras un tiempo de reflexión, declaró la guerra a Cartago. Comenzaba así el que posiblemente fuera el enfrentamiento más sangriento de toda la Antigüedad: la Segunda Guerra Púnica. Tras la toma de Sagunto, Aníbal trató de adelantarse a los acontecimientos y golpear a la ciudad del Lacio antes de que esta hiciera lo propio. De este modo, decidió encaminar a sus elefantes y curtidos soldados hacia el norte en dirección a los Pirineos y de ahí a los Alpes, desde donde caerían como una lengua de lava ardiente sobre la Italia romana. Pero esa ya es otra historia...

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