Cristina Fernández: «Todos callamos los secretos de las sagas familiares»

Desde los nueve años soñaba con ser periodista, cubrir conflictos internacionales y contar historias. Cuando entró en la Facultad de Periodismo compaginaba sus estudios con prácticas en diferentes medios e hizo sus primeros pinitos retransmitiendo encuentros deportivos.

Desde los nueve años soñaba con ser periodista, cubrir conflictos internacionales y contar historias. Cuando entró en la Facultad de Periodismo compaginaba sus estudios con prácticas en diferentes medios e hizo sus primeros pinitos retransmitiendo encuentros deportivos. Luego llegó el «cuore», un terreno abonado para la polémica y que ella maneja con la misma profesionalidad que los corresponsales de guerra porque, al fin y al cabo, «el trabajo de un periodista es contar un buen relato, fiel a la verdad». Tal es su devoción por este oficio que asegura que lo haría gratis. En el restaurante Ochenta Grados de Madrid, mientras nos tomamos una de sus bebidas estrella, el dis-tinto, nos sumerge entre las bambalinas del periodismo rosa.

P: ¿Hay que tener el miocardio fuerte para lidiar con el famoseo?

R: La información del corazón es de las más complicadas, porque a los cantantes, a los políticos, etc, les interesa contar. Los famosos no quieren decirte nada y tienes que ingeniártelas para que lo hagan.

P: ¿Le duele que afirmen que lo suyo es periodismo de serie b?

R: Me duele mucho que se desacredite nuestro trabajo, yo lo hago igual con cualquier temática, con la misma rigurosidad, leal a la noticia y con la máxima de no publicar nada que no tenga verificado. Luego está la parte de la tele, que es espectáculo, pero eso es otra historia. Realmente hay más razón en la Prensa del corazón de lo que se piensa.

P: Albert Rivera se ha convertido en carne de cañón para el cotilleo. ¿Está encantado con su faceta de «celebrity»?

R: Se ha metido en un buen lío, pero el corazón tiene razones que la razón no entiende. Él no está incómodo en esta faceta, los que lo están son todos los de su partido. Es él contra todos. Su anterior pareja, Beatriz, era la primera dama perfecta, pero Malú, no. Ella es una artista de éxito, aunque tiene un modus vivendi que no es compatible con un político de primera fila y cuyo papel es importante para la gobernabilidad. Es un romance en el que todo el mundo ha perdido la cabeza.

P: ¿Cuál sería la equivalencia en el orbe «cuore» de la relación Iglesias-Sánchez?

R: Yo les veo muy Kiko y Chabelita, que están todo el día poniéndose a parir vía exclusiva y luego se reconcilian. Hacen negocio del enfrentamiento. También son una pareja que está condenada a entenderse: unos por gobernar y los otros por su madre. Y es que en el fondo se quieren.

P: Supongo que lo que se cuenta de los personajes públicos es mucho menos de lo que realmente se sabe...

R: Lo más interesante es lo que no contamos. Da la impresión de que los periodistas del corazón narramos todas las miserias de la gente y se equivocan. Lo más importante se guarda en secreto, lo sangrante de lo que ocurre en esas familias se calla. Contamos un 10%, guardamos lo que es el gran secreto de las grandes sagas de este país y que no se ha dicho nunca. Para que luego digan que somos alimañas.

P: ¿Cuál es el personaje por excelencia del papel cuché?

R: Isabel Preysler. Su vida da para una serie de Netflix: ha tenido varios matrimonios, hijos... y sin perder el glamour, todo le resbala. Tiene un aura de perfección. Preysler es una mujer muy estratega y la gente la tiene idealizada. A otra la pondrían a parir por encadenar relaciones, pero a ella se le perdona. Demonizamos a mujeres que cambian de maridos y a otras no. ¿Por qué es diferente ella a Carmina Ordóñez? Y la gran pregunta: ¿de qué vive Isabel Preysler?

P: De lo mismo que Chabelita...

R: Eso es, lo que ocurre es que la hija de Isabel Pantoja tiene diarrea verbal, no siempre filtra bien lo que dice. Esto la diferencia de su hermano Kiko, que es un toro bien toreado. Ella peca de inocente.

P: ¿Qué personaje se le ha resistido más a lo largo de su carrera?

R: Muchos, pero es cuestión de paciencia . Esperar el momento. No todo el mundo aguanta, aunque el esfuerzo siempre se ve recompensado. Una de las que me costó fue Shakira, estuve dos años y medio esperando.

P: Con tantas expectativas le bailaría hasta el «Waka waka»...

R: Pues la verdad es que tenía mil preguntas que hacerle pero al llegar al lugar de la entrevista me dijeron que tenía siete minutos con ella y que no podía preguntarle prácticamente de nada. Es más, me pusieron un cronómetro para que no me pasara ni un segundo. Y bueno, para acceder a la habitación del hotel había que pasar muchos controles, seguridad... fue toda una experiencia.

P: ¿Se ha convertido el Congreso en un plató de televisión?

R: El otro día me decía Julián Muñoz que aquello parece Sálvame, y yo le dije: «Ojalá funcionase el Congreso tan bien como el programa y tuviera esos récord de audiencia».