Eduardo Mendoza: "Ya no sé qué está pasando en Cataluña"

El Premio Cervantes regresa con una nueva novela, «El negociado del yin y el yang» (Seix Barral) y reivindica el papel conciliador de la Transición, «un momento muy bonito de la historia y casi único en el que es más importante el bien común que las ideologías de cada uno».

Foto: Miquel González/Shooting

El Premio Cervantes regresa con una nueva novela, «El negociado del yin y el yang» (Seix Barral) y reivindica el papel conciliador de la Transición, «un momento muy bonito de la historia y casi único en el que es más importante el bien común que las ideologías de cada uno».

Vuelve Rufo Batalla, el héroe o antihéroe creado por Eduardo Mendoza que ya se dio a conocer en «El rey recibe». En esta nueva entrega, «El negociado del yin y el yang» (Seix Barral) el escritor barcelonés nos traslada con su personal estilo y humor hasta el momento en el que todo cambia con la muerte de Franco y el inicio de la Transición. Es la segunda obra de la serie «Las tres leyes del movimiento», pensada en un primer momento como trilogía, pero que podría seguir en el futuro con un cuarto volumen.

–En «El negociado del yin y el yang», ¿se puede decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia?

–No. Cualquier parecido con la realidad es deliberado, pero solamente la realidad, no los personajes. Sí lo son sobre todo la época y los acontecimientos más sociales que políticos.

–Al echar la vista atrás, ¿hay nostalgia?

–Mire, no sé muy bien lo que es la nostalgia. No creo que el tiempo pasado sea mejor. Yo sí era mejor. Hay nostalgia de tener treinta años y pensar que era el rey del mambo. Lo que pasa es que haciendo balance de la etapa que he vivido creo que es una de las mejores, no sé si del mundo, pero sí del mundo occidental. Fue una época de prosperidad, tranquilidad, seguridad... Es curioso, porque mientras lo vives no estás pendiente de lo que pasa cada día, pero cuando te pones a reflexionar... De nostalgia, nada.

–La novela tiene varios escenarios. Le quería preguntar por dos en concreto: Nueva York y Barcelona. El contraste entre esas dos ciudades, cuando el franquismo está agonizando, es muy fuerte.

–Me voy de una Barcelona interesante, movida, ya muy vanguardista y cosmopolita, pero a pesar de todo provinciana. Y llego a un Nueva York muy deprimente, muy sucio y muy violento, pero con una vitalidad tremenda. Entonces, además, tengo la suerte de ver la transformación de Nueva York pasando de ser la ciudad sin ley a ser el lugar del glamour, las galerías de arte y la moda, que es lo que luego me pasará cuando vuelva a Barcelona. Paso de una ciudad deprimida y sin futuro, porque Madrid ya ha tomado la iniciativa con la Movida, a una Barcelona que tiene una historia de Cenicienta ciudadana.

–En su libro habla de ella como «un reducto provinciano, hipertrofiado, endogámico y pretencioso». Incluso hace un paralelismo entre la ciudad y Copito de Nieve, el gorila albino «mitad bestia, mitad institución municipal».

–Recuerdo mi vuelta de Nueva York. Me encontré un lugar en el que todo el mundo se conoce, es decir, endogámica; estrecha porque vayas a donde vayas siempre estás en el mismo punto; provinciana porque no pasa nada... Se me cayó el alma a los pies. Pero, bueno, yo sabía que tenía que volver porque llevaba once años en Nueva York y era o me quedo o vuelvo. Así que volví, aunque fue muy deprimente. Lo que pasa es que luego tuvo esta especie de resurrección hasta pasándose de guay con lo que no hay quien la aguante...

–El libro se publica en un momento en el que muchos se replantean la Transición. En «El negociado del yin y el yang», tras la muerte de Franco, su protagonista Rufo Batalla habla de que es el momento de «tolerar las discrepancias».

–Entonces nos iba la vida. Si no se ponían de acuerdo Carrillo y Fraga aquello no sé cómo habría acabado. Tanto unos como otros tuvieron el gesto de ver qué se podía hacer con aquello. Me parece un momento muy bonito de la historia y casi único en el que es más importante el bien común que las ideologías de cada uno, aunque muchos sabían que se estaban tirando un tiro en el pie. Lo digo porque el Partido Comunista sabía que si no hace agitación se iba a fundir mientras que Alianza Popular sabía que si no sacaba la bandera la iban a arrinconar. A pesar de todo, juegan a futuros y se dicen que ya nos tocará el turno. Eso me parece que está muy bien. El balance que se hace ahora de la Transición me parece muy poco serio. Eso de sacarle defectos es algo que sabemos hacer todos.

–Casi se ha convertido en un deporte hacerlo y pensar que no hay ninguna lección que aprender de todo aquello.

–Claro. En aquel momento estábamos intentando sacar la cabeza fuera del agua porque la perspectiva de una guerra civil era un hecho real. Todo se conjuró, salvo ETA que quedó por allí. Hubo un consenso general de que había que resistir. Los militares se portaron estupendamente y aguantaron, aguantaron y aguantaron, igual que la Guardia Civil. Ahora resulta que todo aquello era una engañifa. Pues no. Yo no sé, entonces, cómo debía de ser.

–En un momento de la novela sus personajes, en diálogo con Rufo Batalla, incluso especulan que podría ocurrir un golpe de Estado tras la muerte de Franco.

–Es que parecía que no había otra salida. Pero al final todo fue encajando. Me interesaba menos contar qué es la Transición como narrar lo que entonces se pensaba. Ahora es muy fácil juzgar, pero en ese momento cada día ponías la radio y te preguntabas a ver qué me cuentan hoy. Van pasando cosas y el país aguantaba hasta que al final todo se encarriló.

–La Transición suele ser contada por los grandes nombres, como Adolfo Suárez, Santiago Carrillo o el Rey Juan Carlos, pero no por los ciudadanos anónimos.

–Claro, claro. Una cosa es la transición política, pero otra es la transición económica: había que desmantelar toda la economía y volverla a hacer sabiendo que jugábamos con cartas malas. Luego desmantelar la industria porque de lo que fue la reconversión industrial nadie habla. Allí los sindicatos pusieron buena fe. Pasamos de no pagar nada y de meterte en el bolsillo lo que ganabas a pensar: tengo que contar que Hacienda se llevará el treinta por ciento. Al principio todos queríamos encontrar un truco para evadir impuestos, pero nos daban un palo en la cresta y en seguida nos poníamos a declararlo todo.

–Rufo habla, una vez muerto Franco, de que su generación ha estado perdida por culpa del franquismo.

–Sí, porque se acaba una cosa y no podemos mirar atrás con pena. No tenemos otra infancia ni otra adolescencia que la que hemos tenido y ya está, no viviremos dos veces. En el momento en el que se acaba esa etapa nos sentimos un poco huérfanos. Hoy pensaba, al hablar de ello, de que lo importante no es la Transición sino la muerte de Franco porque no es una etapa nueva –eso es algo que va construyendo–, sino que se corta de golpe, en un día, todo lo que ha sido. Nos invade una nostalgia y nos sentimos más culpables. Es como la muerte del padre en el sentido más bíblico: a partir de ese momento la culpa es tuya y no del gobierno. Eso cuesta muchísimo de asimilar.

–En su regreso a Barcelona, rufo se encuentra con personajes como Marc Riera, en el que se adivina lo que será la corrupción futura.

–Entonces empieza o se heredan costumbres porque hay un momento en el que la trampa es casi necesaria porque la econocmía funciona de otra manera y aquí estamos todavía con una economía decimonónica. Así que hacer trampas es un poco ser moderno y positivo porque es lo que va a permitir ponerse al día. Pero se crea un mal de origen, un virus que no hay manera de quitárselo.

–Hace dos años publicó un pequeño opúsculo titulado «Qué está pasando en Cataluña».

–Sí y da la sensación que lo escribí hace cincuenta.

–¿No ha tenido la tentación de volver a él y hacer añadidos al ver la situación actual de Cataluña?

–No, porque ese libro es muy coyuntural. Lo escribí casi para uso externo, como los champús. Estaba en Londres y leía la versión que daba la prensa inglesa. Me invitaron a la BBC para hablar de esto y vi que estábamos hablando de dos cosas totalmente distintas. Ellos lo interpretaban todo desde lejos y así se comprime más la visión. Si hablas de México, te preguntan qué pasa con Pancho Villa o Zapata y si hablas de España te sacan lo de siempre: Franco y la Guerra Civil. Así que se me ocurrió escribirlo para poner yo mismo en orden las ideas y a quien quisiera darle los antecedentes. Ahora no escribiría nada más porque no sé a dónde van las cosas ni qué está pasando. Ya me gustaría saberlo.

–¿Lo ve con pesimismo? ¿Cree que puede haber luz al final del túnel?

–Mucha luz, no. Pero ser pesimista u optimista es como rellenar quinielas: ahora no sé si pone un 1, un 2 o una X. Sí veo que hay una cosa muy parecida en otros países y es una agitación que empiezo a sospechar que se trata de una válvula de escape a problemas más estructurales de fin de un sistema que no funciona (económico, político, de todo tipo). Todos nos hemos inventado una batallita que nos tiene ocupados por el momento. Uno ve las cifras de desempleo, de inmigración, pero no hace falta que nos preocupemos porque mañana van a estar lanzando bolsas de basura. Eso también está pasando en Reino Unido con el Brexit, Hong Kong o Chile.

–¿Rufo Batalla llegará a vivir lo que sucede en Cataluña en alguna novela de la serie?

–No. Mi plan era acabar en el año 2000 porque era cuando pensábamos que se iban a acabar los ordenadores. Pero es que no sabría cómo contarlo. No sé muy bien qué pasa entre el 2000 y el 1 de octubre de 2017. Además todo está demasiado próximo y no hay perspectiva. En cambio, sí que se puede hablar de la Transición por esa razón, porque ya pasó. De 2000 ni siquiera recuerdo si ya estaba el PSOE o Aznar. Sí, estaba Aznar y luego siguieron Zapatero y Rajoy. Puede que un día miremos atrás y nos digamos: qué época más excitante. Ahora la verdad es que no me pone.