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El arte que llegó a las minifaldas

El Museo Thyssen-Bornemisza dedica una exposición a Victor Vasarely, impulsor del Op Art.

  • El arte que llegó a las minifaldas

Tiempo de lectura 8 min.

07 de junio de 2018. 01:46h

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J. O..  7/6/2018

E l arte nació como intento de imitar con verismo la realidad y representar la naturaleza sobre una superficie plana. Solo en el siglo XX, cuando el Renacimiento había conquistado la profundidad, Leonardo da Vinci había descubierto la perspectiva aérea y Picasso descompuso con el cubismo la tradición pictórica que Occidente había heredado del Quattrocento, los artistas tuvieron la imaginación o la inspiración de dar una nueva vuelta de tuerca y otorgar movimiento a lo que en su origen era inmóvil o, lo que es igual, sacar «la obra estática de su posición fija». Todo, incluso la abstracción, enraíza en una realidad. Cuando Victor Vasarely (Pécs, 1906-París, 1997) comenzó a adentrarse por el sendero de la experimentación que acabaría desembocando en el Op Art, ya tenía en mente las formas aleatorias de aquellas piedras pulidas que había observado durante sus paseos en la playa o los diversos planos de líneas que las baldosas trazaban en las paredes. Es cierto que contaba con algunos precedentes, como el puntillismo, que jugaba con la combinación de colores, y el divisionismo, aunque lo que determinó que abriera un nuevo terreno artístico fue la irrupción de la abstracción y el auge de la fotografía. Un movimiento y una disciplina que le llevaron a concluir algo que hoy parece elemental, pero que no lo era entonces: las dos dimensiones pueden convertirse en tres únicamente alterando una retícula esencial de líneas o dibujos básicos.

La exposición «The Responsive Eye», que en 1965 acogió el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa), encumbró a Vasarely y el Op Art, y lo convertiría, junto al Pop Art, en una de las corrientes artísticas más difundidas y populares del siglo XX. «Todavía recuerdo cómo en los sesenta y setenta, las reproducciones baratas de su obras estaban en todos los lados, en la consulta del médico, en las minifaldas, en las fachadas.... Quiso, siguiendo la utopía soviética o a la Bauhaus, disminuir la distancia entre el arte y la vida. Fue una fiebre. La llamada “locura Vasarely”. Pero aunque se extendió enseguida, debemos tener en cuenta que en su época fue un artista de un impulso radical, que deseaba ir más allá de los límites del arte contemporaneo y que perseguía convertir en el foco de atención al espectador para integrarlo en la obra», comentó Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza, durante la presentación de una muestra que reúne en las salas de esta pinacoteca 88 obras y 2 películas. «Es un recorrido por su trabajo, pero no únicamente cuando ya era un creador reconocido en el mundo, sino también sobre su desarrollo, desde los inicios hasta que se llegó a convertir en una verdadera estrella del panorama artístico», afirma Martón Orosz, conservador del Museo de Bellas Artes de Budapest, director del Vasarely y el comisario de esta exhibición. «En su periodo de aprendizaje estudió la relación que existe entre el color y la forma, y, aparte de esto, se interesó por las matemáticas y el dibujo, que le servía para representar la anatomía humana, ya que estudió medicina aparte de psicología», explicó Orosz.

Ciencia y ordenador

El artista comenzó explorando el blanco y negro, la relación que existe entre las líneas horizontes y verticales, las deformaciones derivadas de la concavidad, la repercusión óptica de la lejanía o cercanía de las rayas, y el ritmo resultante derivado de la proximidad o distancia entre ellas. Su inteligencia pictórica parecía estar dominada por el pentagrama musical, la ciencia y las escuaciones más que por un impulso figurativo convencional. El resultado son unos cuadros impregnados de una inquietante profundidad, dotados de un movimiento hipnótico. «Él prefería llamarlo arte cinético –apunta Orosz–. Desarrolló un algoritmo que podía ser aplicado a sus composiciones, unas obras que actualmente pueden ser creadas por ordenador, algo que, sin duda, le da relevancia hoy en día. Pero eso también le ayudaba a industrializar su arte. Uno de sus objetivo, de hecho, era mejorar la sociedad, y consideraba que una de las maneras más efectivas de lograrlo era que sus trabajos pudieran estar al alcance de cualquier persona y que no estuvieran únicamente a mano de los coleccionistas. Quería acabar con el concepto elitista del arte que predominaba en la época. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de la década de los sesenta»,subraya Orosz.

Durante ese tiempo, tuvo tanta relevancia como el mismo Andy Warhol, y así lo precisó Guillermo Solana: «Él fue al Op Art lo mismo que Andy Warhol al pop. El mérito de él fue que convirtió la creación en la interacción con el espectador. Dio un impulso fundamental en llevar el arte a las masas mediante la explotación de sus imágenes a través de toda clase de medios».

Dividida en ocho secciones, la exposición recorre desde los dibujos del artista, que comenzó con pequeños encargos en publicidad, hasta las últimas indagaciones del arte abstracto geomético que desafían el ojo humano y lo introducen en un vértigo de movimiento. Están presentes las influencias que dejaron en él maestros clave, como Mondrian o Málevich, y la huella indeleble que supuso el paso por la escuela Mühely de Budapest, que estaba dirigida por Sándor Bortnyik. Vasarely dio un paso fundamental en 1951, cuando la galereía parisina Denise René decide darle una oportunidad. A partir de ese momento decidió trasladar a una escala monumental sus composiciones y comenzó a ahondar en el Op Art. Introdujo el color, las teorías, sobre todo la denominada «Unidad plástica», creó ecuaciones y en el llamado «Manifiesto amarillo» glosó sus ideas sobre la multiplicidad y la permutabilidad, y cómo una serie limitada de elementos, a través de una combinación, su célebre algoritmo, podían dar miles de composiciones distintas. «Fue uno de los primeros movimientos artísticos que llegó a influir en la moda», precisó Orosz.

Las consecuencias

Un artista puede morir de éxito. Y eso es justo lo que ocurrió con Vasarely y el Op Art. Parecía tan común, tan al alcance de cualquiera, que dejó de tener interés, como si este movimiento hubiera perdido el secreto que le hacía interesante. Se abrió así un periodo de silencio, una travesía por el desierto. Solana reconoce que dejó de tener interés pero que, durante una visita al Museo Pompidou, al encontrarse frente a una obra de él tuvo la súbita impresión de que no tardaría en resucitar de nuevo. Una intuición que parece confirmarse. Dentro de poco se dedicarán dos extensas retrospectivas sobre este artista, una de ellas, en Francia. De hecho, el comisario de la muestra de Madrid, Márton Orosz, reivindicó su vigencia: «Durante un tiempo se ha puesto en tela de juicio el Op Art. Pero creo, sinceramente, que el arte cinético está renaciendo, sobre todo, en España y en los países de Latinoamérica. En América, la influencia del Op Art ha sido determinante. De hecho, muchos artistas se han trasladado a París para aprender arte cinético y, ahora, Sempere está, precisamente, en el Reina Sofía», dijo Orosz.

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