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«El cíclope y otras rarezas del amor»: La necesidad del cosquilleo

Tiempo de lectura 2 min.

03 de septiembre de 2017. 22:59h

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3/9/2017

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Ignasi Vidal. Ignasi Vidal. I Manu Baqueiro, Eva Isanta, Celia Vioque, Sara Rivero y Daniel Freire Teatros del Canal. Hasta el 17 de septiembre de 2017.

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Es probable que más de uno envidie la capacidad de trabajo de Ignasi Vidal y, sobre todo, la capacidad para sacar adelante todo ese trabajo en un mercado tan complicado como el del teatro, en el que tantos y tantos proyectos dramatúrgicos terminan desgraciadamente guardados para siempre en un cajón. Paralela a su actividad como actor dramático y musical –aún está reciente su paso por Mérida, en el montaje de Séneca–, discurre, cada vez con mayor fuerza, su labor como autor y director, de la cual vuelve a dejar constancia en esta «comedia triste» con historias cruzadas entre personajes corrientes que se ven zarandeados por la necesidad de recuperar el cosquilleo del amor y que tratan de aferrarse a ese sentimiento casi de forma quimérica. Los cinco protagonistas parten de una situación de desgaste, de embotamiento sentimental, de hastío vital semioculto; y, en este sentido, todos ellos están bien perfilados por el autor, tocados por una suerte de esplín modernista muy poco frecuente en el teatro contemporáneo. Pero el autor no está tan ingenioso como en otras ocasiones, y deja que esos caracteres tan atractivos se vayan malogrando en una trama excesivamente sencilla, que no se decanta por la hondura reflexiva ni por el brillo poético, de tal forma que la función transcurre, algo plana, sin llegar a prender verdaderamente en el espectador. Sí está mucho más acertado Vidal en su faceta de director, concibiendo un espectáculo visualmente hermoso que se resuelve sobre las tablas de manera inteligente, merced en buena parte a la eficaz escenografía que Curt Allen Wilmer ha diseñado con una serie de paneles que los propios actores van cambiando para enmarcar las distintas escenas. Igualmente hermosa es la música que decora esas transiciones, y que se adecúa a la perfección al clima de melancolía en el que se mueven los personajes; así como el propio movimiento de estos personajes durante las mencionadas transiciones, en una especie de remedo del juego de la rayuela que simboliza ese otro juego mucho más serio, pero asimismo azaroso, que es el del amor y la vida. No es casual el uso de esa rayuela, por cierto, en una obra que rinde abierto tributo, en el título y en algunos de sus diálogos, a la conocidísima obra de Julio Cortázar. Dentro del elenco, muy correcto en general, destacan especialmente Celia Vioque y Daniel Freire, a quienes hubiese sido bonito ver descender más veces en la función hacia los abismos de sus respectivas almas en esta ficción.

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