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Peter Brook: el escenario sagrado

El reputado director de escena británico, con una trayectoria de más de siete décadas, gana el Premio Princesa de Asturias de las Artes por haber abierto los horizontes del teatro, una actividad a través de la que ha «iluminado las partes oscuras del ser humano», además de en el cine y en la ópera. Un reconocimiento a un creador completo

  •  Peter Brook
    Peter Brook

Tiempo de lectura 8 min.

25 de abril de 2019. 18:41h

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Raúl Losánez.  24/4/2019

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Pocas figuras de la escena internacional habrá tan unánimemente admiradas por el público de nuestro país como Peter Brook (Londres, 1925). El flamante ganador del Princesa de Asturias de las Artes, que asegura sentirse «profundamente emocionado y agradecido» por la distinción, puede presumir de cifrar sus incontables visitas a España en verdaderos acontecimientos culturales que nadie se ha querido nunca perder. Nada menos que 12 veces, por ejemplo, ha estado programado en el Festival de Otoño este incansable director teatral –uno de los más importantes, sin duda, de la segunda mitad del siglo XX en todo el mundo– que incluso estuvo a punto de poner en pie, en cierta ocasión, «La verbena de la paloma», un proyecto que comenzó con entusiasmo y que terminó cediendo a su colaborador Alain Maratrat. «España ha ocupado un lugar muy, muy especial en mi corazón –decía el veterano artista en un comunicado al conocer la noticia del premio–. He viajado de norte a sur, de este a oeste, tanto por trabajo como por placer. Y en cada viaje, he encontrado muchas cosas nuevas y maravillosas».

Permeable, ecléctico, transversal, totalizador, curioso, práctico, intuitivo... son algunos de los muchísimos adjetivos que sirven para calificar el trabajo de Brook, que debutó en esto de los escenarios con tan solo 18 años –dirigiendo el «Doctor Fausto», de Christopher Marlow– a la vez que lo hacía también en cine, con una película titulada «Un viaje sentimental». Antes de ponerse al frente de la Royal Opera House de Covent Garden de 1947 a 1950, ya había dado muestras, con solo 22 años, de la diversidad de sus intereses e influencias, y también de su moderna forma de acometer los textos, en algunos montajes a partir de obras de Sartre, Ibsen, Shaw, Cocteau o Shakespeare.

Precisamente, ha sido este último autor uno de los más cruciales en su carrera, en la medida en que le ha permitido, más que otros, indagar en la «autoexploración» del ser humano. Ese ha sido siempre su verdadero objetivo teatral: acercarse a lo sagrado, a lo metafísico y a lo invisible; pero con los pies en el suelo, sin elevarse nunca sobre el público. «Todo el teatro, desde la tragedia griega y Shakespeare hasta Beckett, nos ilumina sobre las partes oscuras del ser humano», explicaba él mismo a LA RAZÓN cuando se disponía a estrenar en nuestro país «The Valley of Astonishment» en 2014. E insistía en que, incluso en aquella extraña obra sobre la sinestesia, había una «mayor preocupación por la condición humana que por el cerebro».

De toda esa búsqueda existencial ya había dejado constancia mucho antes, claro. Por ejemplo, en los numerosos trabajos que estrenó durante los años 50 –no solo en Londres, sino también en Nueva York o Moscú– sobre textos de escritores tan dispares como Jean Anouilh, Graham Greene, Jean Genet, Truman Capote, Alexander Pushkin, Friedrich Dürrenmatt, Arthur Miller...

En 1962 se colocó al frente de la Royal Shakespeare Company, donde permaneció hasta 1970. De esta época datan dos montajes, «Marat-Sade» (1964) y «El sueño de una noche de verano» (1970), que lo encumbran definitivamente como uno de los más grandes directores del panorama internacional. Antes de poner fin a esa etapa, Brook ya había expresado su admiración por el público de París, que acudía al teatro menos interesado por la fama de los actores –como ocurría en Londres, según él– que por la verdadera calidad de los autores y los títulos que se representaban. Quizá este fuese uno de los motivos por los que se marcha a la capital francesa en 1971 y funda allí el Centro Internacional de Creaciones Teatrales (CICT) junto a Micheline Rozán.

Su incapacidad de acomodarse a fórmulas ya establecidas y su obsesión por revolucionar las formas convencionales a la hora de entender el arte, le llevan a emprender una serie de viajes de larguísima duración, en compañía de sus actores, por Persia, América y África, con el objetivo de empaparse de otras culturas y otras visiones artísticas, y de contrastar sus creaciones con un público no condicionado por los paradigmas occidentales. Como resultado de estas verdaderas expediciones antropológicas, y después de haber actuado para toda clase de minorías raciales, sociales, intelectuales o culturales, Brook aseguraba en los años 80 haber descubierto por fin aquello hoy tan manido de que no pueden existir nunca dos representaciones iguales.

Con sede en París

En 1974, su nómada compañía fija por fin su sede en el parisino Teatro de Bouffes du Nord, pero sigue decidido a internacionalizar y universalizar el hecho teatral, tanto en el propio seno del equipo como en los temas, obras y referentes de los que ha de nutrirse. En 1985 estrena «Mahabharata» en París y después en Aviñón, una obra de más de nueve horas de duración sobre el homónimo relato hindú –cuya extensión es cuatro veces la de la Biblia– con el que cautivó en España a los directores escénicos más importantes del momento. Había sido el fruto de 10 años de trabajo y, para muchos, aquello marcó un antes y un después en en la dirección escénica.

A partir de aquí, el mismísimo cielo. A pesar de los lógicos altibajos que pueda presentar una carrera tan dilatada como la suya, cada nuevo trabajo que ha ido estrenando ha sido recibido en todas partes por una legión de incondicionales con auténtico regocijo. «Impressions de Pelleas» (1992), «Soy un fenómeno» (1998), «Sizwe Banzi est Mort» (2006), «Fragments» (2007), «El gran inquisidor» (2007); «Warum, Warum» (2008), «11 y 12» (2010), «Une Flute Enchante» (2011), «El traje» (2012), la mencionada «The Valley of Astonishment» (2014) y «Battlefield» (2016) han sido las producciones que han podido verse en España de este director que no ha dejado de trabajar y que estrenará en junio «Why».

Su «compromiso estético y social», los «nuevos horizontes de la dramaturgia contemporánea» que ha abierto en todo el mundo y su capacidad para seguir «emocionando con sus puestas en escena de gran pureza y simplicidad» han sido los factores destacados por el jurado del Premio Princesa de Asturias, que en esta edición ha tenido que decidir entre 40 candidaturas procedentes de 17 países.

Dotado con una escultura de Joan Miró y una dotación económica de 50.000 euros, el Premio Princesa de Asturias de las Artes, que se concede a «la labor de cultivo y perfeccionamiento de la cinematografía, el teatro, la danza, la música, la fotografía, la pintura, la escultura, la arquitectura y otras manifestaciones artísticas», recae en esta ocasión en un artista que, precisamente, ha trabajado con éxito y acierto en varias de estas disciplinas –el teatro, la ópera, el cine y la escritura– insistiendo de forma voluntaria en difuminar las fronteras entre todas ellas para tratar de acercarse de la mejor manera posible, simplemente, al ser humano y a la vida.

Además de sus libros de crítica teatral, entre los que destaca «The Empty Space» (1968), que se ha convertido para muchos en un auténtico tratado de teatro, Brook ha escrito un libro de memorias titulado «Hilos de Tiempo» (2000) y ha dirigido varias películas como «El señor de las moscas» (1963), «Marat/Sade» (1967), «El rey Lear» (1971), «Meetings with Remarkable Men» (1979) o «Swann in Love» (1984).

Es Caballero de la Legión de Honor de Francia y comandante de la Orden del Imperio Británico, así como doctor «honoris causa» por varias universidades y miembro honorario de la Academia Americana de Artes y Ciencias. Los numerosos premios Tony, Emmy, Molière o Laurence Olivier que ha recibido a lo largo de su vida jalonan una carrera prácticamente inimitable.

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