El «fantaterror» a la española

Gracias al desembarco de Hollywood en España, la cinematografía española de los años 60 comenzó a tener algo parecido a una industria de cine, especializada en series B y pelis de género: spaghetti western, cine de terror, grandes producciones históricas, peplum mitológico y cine de aventuras y agentes secretos. Réplicas fabricadas en régimen de explotación intensiva para la exportación, con dobles versiones eróticas para el extranjero.

Desde los años 60 hasta finales de los años 70, España fue el plató “low cost"de Europa. Hasta el punto de convertirse en el mejor fabricante de cine de terror, a partir del declive de la Hammer inglesa. De aquellos artesanos que triunfaron con el cine de fantaterror a la española, sin duda el que mejor facturaba sus películas y las dotaba de un aura genuina de terror psicológico y suspense fue Narciso Ibáñez Serrador, un género en sí mismo televisivo y autor de los dos mejores filmes del despegue y clausura de la época dorada del cine fantástico y de terror: “La residencia” (1969) y “¿Quién puede matar a un niño?” (1976).

Pero quien hizo mítico el cine de terror español fue Jesús Franco. Sus películas de bajo presupuesto y alta recaudación en miles de salas de provincias hicieron del director, productor, actor, guionista y montador el máximo exponente del genero fantástico genuinamente español.

El rey de las producciones baratas, dirigidas en las condiciones más precarias, triunfó con su mítica “El secreto del Dr. Orloff” (1964), seguida de dos de sus mayores éxitos internacionales: “Necronomico” (1966) y “El conde Dracula” (1969), interpretada por Christopher Lee y Klaus Kinski.

Con uno de sus múltiples heterónimos, Jess Frank fusionó los mitos del cine de terror con las fantasías eróticas de vampiras lésbicas, bajo el influjo de la “Carmilla” de Sheridan Le Fanu que dirigió Roger Vadim. Una combinación que produjo títulos del erotismo gore como “Las vampiras lesbianas” (1970) y “Las experiencias eróticas de Frankenstein” (1972). La actriz Lina Romay fue su musa y la mejor intérprete de este cine de los excesos, y una primeriza Romina Power la Justine desnudada, sometida y martirizada por Klaus Kinski, el sádico marqués de Sade, y otros pervertidos sexuales friquis.

A su lado brilla Amando de Ossorio, delirante autor de joyas del terror caspa como “La noche del terror ciego” (1972) y “El ataque de los muertos sin ojos” (1973), donde templarios medievales zombies la emprenden a bocados con los lugareños, incluidos los caballos, que también son zombis.

Lo mejor de estas realizaciones mega cutres del cine basura europeo son las estrellas femeninas. “Malena, la sobrina del vampiro” (1969) es Anita Ekberg; Esperanza Roy y Loretta Tovar son perseguidas por “demonios muertos” ávidos de sangre; Maria Perschy y Barbara Rey huyen de estos mismos zombis en “El buque maldito” (1974); y Helga Liné, mutante reptiliana, arranca corazones a destajo en “Las garras de Lorelei” (1974).

Finalmente, León Klimovsky, director argentino del clásico escrito e interpretado por Paul Naschy “La noche de los Walpurgis” (1971), realizó sus impactantes cintas en los años 70. Las mejores con guiones e interpretación de Jacinto Molina Álvarez, que dio vida al atormentado Waldemar Daninsky, el hombre lobo, al conde Drácula, la momia y Gotho, el jorobado de la morgue. Sin duda, Paul Naschy fue el rey del fantaterror español.