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El hombre de los carteles de Oro

  • El hombre de los carteles de Oro

Tiempo de lectura 2 min.

23 de julio de 2018. 03:33h

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Gonzalo Núñez.  23/7/2018

A menudo parece, desde la perspectiva española, que Antonio Banderas (y los que vinieron después: Penélope Cruz, Javier Bardem...) inventaron Hollywood, descubrieron para nuestro país esta tierra de promisión de sueños incorruptibles y perennes mitomanías. Pensar de este modo es tanto como pasarse por el forro del bombín de Chaplin una larga historia de compatriotas en la Meca del Cine. Prácticamente desde que se levantaron los estudios, había un español para verlo. Empezando por Antonio Moreno (un Rodolfo Valentino madrileño) y Conchita Montenegro, y siguiendo con los geniales Jardiel Poncela y Edgar Neville, sin olvidar a las divinas Sara Montiel y Carmen Sevilla o la inconfundible batuta de Xavier Cugat. Historia de nuestro cine tanto como del universal. En esta lista de relumbrón, aunque con la modestia que caracterizaba su trabajo en la sombra, entra de lleno Macario Gómez Quibus, Mac, el cartelista del Hollywood de los años dorados. Sin moverse de España, este hombre que falleció ayer a los 92 años -a quien no le faltaron ofertas para trasladarse directamente a Los Ángeles–, realizó la mayoría de los carteles de esas películas que ustedes y yo (y los que vengan) recordaremos por los siglos de los siglos, amén: «Los diez mandamientos», «Doctor Zhivago», «Psicosis», «El Cid», «Un tranvía llamado deseo», «Rebeca», «La muerte tenía un precio», «Con faldas y a lo loco», «La tentación vive arriba»... Para nuestro cine realizó piezas tan icónicas como esa sombra alargada de Pepe Isbert en «El verdugo». Trabajó por mucho menos dinero del que merecía y siempre para antesdeayer: los estudios le mandaban fotogramas de las películas o una copia entera a partir de la cual iba seleccionando con un botoncito imágenes que le inspiraran para el cartel. A veces la cosa era cuestión de días u horas. Pintaba al «goauche» por su rápido secado. «La pintura es una fotografía hecha a mano», decía. Y él tomaba del celuloide ese rasgo definitivo y definitorio de un filme para que, con un vistazo a un pasquín, el público se dejara seducir hasta la sala. Tras una larga trayectoria doméstica, con «Los diez mandamientos» logró atrapar a los estudios de Hollywood y ganarse la amistad y la admiración de Charlton Heston. A partir de ahí se convirtió en un habitual. Tanto que la saga más famosa de los 70 hasta acá le pasó rozando. George Lucas había quedado encantado con su reinterpretación de «American Graffiti» y le propuso para el cartel de «La guerra de las galaxias». Por culpa de los plazos no pudo ser. Pero ahí quedan sus 4.000 carteles para recordarnos los tiempos en que Hollywood y buena parte del cine español y hasta europeo pasó por los pinceles de un barcelonés capaz de despertar la admiración de Dalí y Marlon Brando.

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