Historia

El libro pedante que viajó en una maleta

Landsberg, pese a ser un presidio, se convirtió en la «oficina» en la que el Führer fraguó «Mein Kampf».. Se lo dictó a Rudolf Hess. He aquí un breve y jugoso extracto del capítulo sobre «La nacionalidad y la raza»

Landsberg, pese a ser un presidio, se convirtió en la «oficina» en la que el Führer fraguó «Mein Kampf».

Alas doce de la noche del 31 de diciembre quedará libre de derechos de autor y cualquier editorial podrá editarlo uno de los «best-seller» del siglo XX –más de 50 millones de ejemplares vendidos– y, sin duda, uno de los más perniciosos de la Historia: «Mein Kampf» («Mi lucha»), publicado hace 90 años.

La obra fue escrita por Hitler durante su reclusión en la cárcel de Landsberg (del 11 de noviembre de 1923 al 20 de diciembre de 1924), a causa de su Putsch de Múnich del 8 y 9 de noviembre, el fracasado intento nazi de tomar el poder en Baviera. Hitler debió concebir la idea de escribirlo durante las largas y tediosas sesiones del proceso a que fue sometido en Múnich junto a sus cómplices entre febrero y marzo de 1924; allí pronunció sendos discursos que tuvieron amplia acogida en la Prensa bávara, alemana e, incluso internacional y, al final, tuvo la fortuna de que fue condenado a cinco años de reclusión por un delito que hubiera podido costarle la pena capital.

El primero de abril de 1924 regresó a la prisión a seguir cumpliendo su condena y fue recibido como un triunfador. En la cárcel contaba con numerosos seguidores y simpatizantes, que bajo sus consignas impusieron un orden y disciplina tan rigurosos que el director estaba encantado con su famoso presidiario. Sin tener que dar órdenes o imponer castigos, allí reinaba una limpieza y una disciplina ejemplares y la prisión fue pronto la más famosa de Alemania y el epicentro de la peregrinación de los simpatizantes nazis (330 visitas comprobadas en menos de once meses). Sobre el castillo de Landsberg llovieron los obsequios florales, los alimentos, los bombones, puros y licores... que Hitler –sobrio en la comida, no fumador y abstemio en la bebida– repartía generosamente, ganando las voluntades de todos. En esos meses de «vacaciones pagadas por el Gobierno» según él decía, fue el auténtico dueño de la cárcel, obteniendo del feliz director un trato preferencial que le permitió disponer de una celda acondicionada como oficina y de concesiones como tener la luz encendida en su celda cuanto tiempo gustara, dispensa de las tereas que debían cumplir los demás presidiarios y disposición de los servicios como secretario de su chófer, Emil Maurice, igualmente liberado de las cargas carcelarias.

La obra, iniciada aquella primavera, cuando Hitler contaba 35 años, tuvo pretensiones autobiográficas y debía culminar en el Putsch de Múnich y en su proceso, con la reproducción de los discursos de los que estaba tan satisfecho. En sus primeras páginas desgrana los datos de su niñez, manipulando la realidad: olvida su fracaso escolar y achaca sus dificultades a la muerte de su padre; disimula su disipada pubertad tras los problemas de un chico pobre que debe abrirse paso en la vida mediante trabajos modestos; disfraza su vana bohemia vienesa tras falsos obstáculos económicos, que inicialmente no tuvo.

Pese a tanto subterfugio, Hitler advirtió pronto que tenía tan poco que contar sobre su irrelevante y miserable juventud, y mientras Emil Maurice aporreaba con dos dedos una desvencijada «Remington», se le ocurrió la brillante idea de entreverar sus vivencias con las ideas que, a partir de 1919, había expuesto en sus incendiarios mítines de las cervecerías muniquesas, cosa que no le era muy difícil dada su extraordinaria memoria. Pero la buena voluntad de Emil no podía suplir su falta de conocimientos y eso lo percibía claramente Hitler, cuya formación era elemental pero gozaba de una inteligencia que le permitía advertir el problema pese a su narcisismo y egolatría.

Para resolver el problema llamó a su incondicional Rudolf Hess, que después del Putsch había logrado huir a Austria. Éste regresó a Baviera y se entregó a la justicia, que le recluyó en Landsberg el 15 de mayo. Hitler había elegido a un apropiado ayudante: Hess era un pasable mecanógrafo, tenía estudios superiores, redactaba con aceptable corrección y era alumno y amigo del profesor Karl Haushofer, portaestandarte en Alemania de la Geopolítica y del Lebensraum (Espacio vital), ideas que Hitler abrazó encantado.

Un texto infumable

Entre las exitosas diatribas mitineras de Hitler y las sugerencias de Hess cocinadas por su jefe, la obra fue navegando por los cauces habituales del joven nazismo: repudiaba las imposiciones de Versalles; denunciaba «la puñalada por la espalda», el vampirismo judío, la infamia de comunistas y socialistas, manejados por poderes extranjeros y la inutilidad del Parlamento; preconizaba la superioridad de la raza alemana, la autosuficiencia nacional, el rearme, el impago de las indemnizaciones de guerra, el poder de la propaganda, la reunión de todos los alemanes (cifrados en unos 85 millones de los que sólo 60 vivían en Alemania), la unión con Austria (el Anschluss) la imprescindible expansión hacia el Este (el Lebensraum), la necesidad de un hombre carismático para salvar Alemania...

Con estos y otros argumentos hilvanó un manifiesto largo y reiterativo, expuesto con un estilo, que según Allan Bullock, su primer gran biógrafo, es «ampuloso, pomposo, pedante y pseudointelectual (...) El resultado es un libro de interés para quienes pretenden interpretar los procesos mentales de Hitler, pero un fracaso como tratado del partido nazi u obra política de interés público; muy poca gente tuvo la paciencia de leerlo, aun entre sus propios correligionarios».

El primer tomo de la obra, estructurado en doce capítulos, es el más autobiográfico, abarcando –con todo el relleno ideológico mencionado– infancia, juventud, Gran Guerra, fundación del Partido Nazi (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei) y Putsch de Múnich, pero lejos de haberse cebado en ese crucial momento, lo desarrolló como un tema más alejándose de asuntos candentes que le enfrentarían a los círculos político-militares bávaros. Hitler aprendió mucho en Landsberg: a agazaparse y ocultar sus ideas e intenciones en su marcha hacia el poder y a olvidarse de nuevas aventuras golpistas.

La obra estaba terminada a finales de noviembre de 1924, bajo el título de «Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, estupidez y cobardía», pero aconsejado por su amigo Max Amann, uno de los fundadores del partido nazi y su jefe editorial tanto antes como durante el III Reich, lo cambio por «Mi lucha». Ése era el tesoro que Hitler guardaba en la maleta con la que aparece retratado al abandonar la cárcel de Landsberg el 20 de diciembre de 1924.

Tampoco lo leyeron los políticos bávaros, pues de haberlo hecho es muy posible que Hitler hubiera tenido que cumplir los cinco años completos de su condena, ya que les hubiese costado poco advertir la peligrosidad de las ideas contenidas en la obra: su brutalidad, falta de escrúpulos y el decidido propósito de alzarse como dictador, aunque para ello hubiera de aplastar la justicia, las leyes y los derechos humanos. En aquella maleta viajaba el programa de Hitler para alcanzar el poder, la destrucción de la República y la conquista del mundo.