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El misterio de la segunda esposa de Stalin

Ni siquiera ser la esposa del líder comunista garantizaba una vida plácida. Nadezhda, su segunda mujer, fue un buen ejemplo de ello.

  • Nadezhda Aliluyeva, hija de un revolucionario ruso y segunda esposa de Stalin
    Nadezhda Aliluyeva, hija de un revolucionario ruso y segunda esposa de Stalin

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18 de septiembre de 2016. 22:42h

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18/9/2016

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La vida familiar de Stalin fue un verdadero infierno. Stanislav Redens, casado con una hermana de Nadiezhda, la segunda esposa del dictador, solía visitar con la suya respectiva la casa de los Stalin. Allí presenció cómo éste disfrutaba contando chistes obscenos a los invitados, motivado incluso por el disgusto que esa conducta producía a su mujer. Para demostrar que era él quien mandaba, le prohibió a ella que asistiera a las veladas nocturnas en el Palacio de los Marinos Rojos, lamentándose también de que visitara con demasiada frecuencia a sus padres o a su hermana en casa de Redens.

También, el judío húngaro Pauker, confidente íntimo de Stalin y encargado de su seguridad personal, dejó por escrito la tragedia que vivía la pareja: «A los ocho años de matrimonio –recordaba Pauker–, la felicidad de Nadiezhda tocó a su fin. Ya no podía soportar que su marido contase chistes obscenos en su presencia ni que hiciera uso del lenguaje que habitualmente empleaba con sus subordinados».

Banquete mortal

Pero lo peor de todo fue cuando Stalin pasó de sus soeces palabras a los hechos, como atestiguaba Pauker: «La verdadera ruptura del matrimonio dio comienzo cuando Stalin, completamente ebrio, llevó a la secretaria Marusya Petrovna, en el mismo estado, al dormitorio de su hogar y obligó virtualmente a Nadiezhda a que presenciara cómo hacía el amor a Marusya. Nadiezhda, más tarde, le perdonó aceptando sus disculpas de que estaba ebrio y no sabía lo que hacía, pero cuando repitió esta conducta, una y otra vez, alegando que con ello “su esposa le era más deseable”, ella se lo contó todo a su hermano Pavel, a su cuñado Redens y a Sergo Ordzhnikidze».

Cuando Nadiezhda rompió al fin el cerco del Kremlin e ingresó en la Escuela Técnica para desempeñar su parte en las tareas del Estado, descubrió que el nivel de vida de los trabajadores no mejoraba como le decía su marido. Todo lo contrario: algunas esposas e hijos de proletarios habían sido privados de sus cartillas de racionamiento, y muchas mecanógrafas, médicos, dentistas y funcionarios debían trabajar innumerables horas, o incluso tener dos empleos, para no morir de hambre. Por compañeros de estudios en la Escuela Técnica, se enteró incluso de las detenciones, fusilamientos y destierros en masa.

El matrimonio llegó a su fin en el decimoquinto aniversario de la Revolución de octubre, en 1932. Al terminar el concierto, la pareja se dirigió al Kremlin, a la fiesta que organizaba todos los años Kliment Voroshilov en su casa, en el edificio de la Caballería.

El banquete fue de los que hacen época: grandes ossetres del mar Caspio, sopa de pescado del Volga, jamones de Siberia y del Ural, caviar... Todo regado con vinos franceses e italianos. Y, por supuesto, vodka en abundancia. La pareja se enzarzó en una fuerte discusión. Al cabo de unas horas, los guardianes hallaron muerta a Nadiezhda en el suelo del dormitorio.

Al principio, el presunto envenenamiento de la esposa a manos de su marido se mantuvo en secreto. Se rumoreaba que había muerto en un accidente de automóvil o a consecuencia de una apendicitis. Pero eran muchas las personas que la habían visto en el concierto y en la fiesta posterior en casa de Voroshilov. Finalmente, Stalin hizo correr la noticia de que su esposa estaba enferma y que desoyó los consejos del médico, que le había pedido reposo.

Cómo no, a Nadiezhda se le dispensó un funeral de Estado con todos los honores y su marido acompañó a pie al féretro desde la Plaza Roja hasta el antiguo cementerio del Monasterio Prístino, donde recibió sepultura junto a la tumba de la esposa del zar Pedro el Grande.

El trato dispensado por Stalin a los familiares de sus dos esposas fue «ejemplar». Alexander, hermano de su primera mujer, Ekaterina Svanidze, y amigo de Stalin en otro tiempo, fue fusilado por espía, y su esposa, detenida y enviada a un campo de trabajo, donde falleció víctima de malos tratos. El hijo de ambos fue deportado a Siberia. María, hermana de Ekaterina, murió también en una cárcel.

Por parte de su segunda mujer, Nadezhda Aliluyeva, la hermana de ésta, Anna, fue detenida y condenada a diez años por espionaje. Stanislav Redens, su marido, fue fusilado por considerársele enemigo del pueblo. Xenia, viuda de Pavel, hermano de Nadezhda, y Yevgenia, tía política de Nadezhda, fueron encarceladas al acabar la guerra y no recobraron la libertad hasta después de la muerte del dictador. Con Stalin casi todo acabó en tragedia.

Hambruna infantil

La esposa del dictador, Nadiezhda, se enteró también de que del hambre tampoco se libraban los obreros y sus familias. Y lo peor eran los niños. El testimonio de Solonievitch, superviviente de uno de los campos de trabajo en el Mar Blanco, era francamente desolador: «Por las mañanas, antes de partir los prisioneros para las canteras, los niños de la población llamada ‘‘libre’’ tenían por costumbre reunirse alrededor de las barracas para mendigar un poco de comida: lamentable rebaño de pequeños seres harapientos... quienes mendigaban sollozando las sobras. Una noche me disponía a vaciar y limpiar la escudilla que contenía los restos de nuestro borchtch –sopa con repollos podridos y cabezas de arenque–, un bloque compacto y solidificado por el frío, cuando una niña de unos diez años aproximadamente, de una delgadez impresionante y cubierta de harapos, se precipitó hacia mí gritando: “¡Padrecito! ¡Padrecito! Puede ser que sobre algo, dámelo...”».

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