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El último Eduardo Arroyo

El Jardín Botánico expone trabajos del artista creados desde el 2000, incluido su último lienzo firmado, «El buque fantasma», que da nombre a la muestra

  • Exposición de Eduardo Arroyo en el Real Jardín Botánico/Foto: C. Pastrano
    Exposición de Eduardo Arroyo en el Real Jardín Botánico/Foto: C. Pastrano

Tiempo de lectura 4 min.

11 de enero de 2019. 21:11h

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Julián Herrero 11/1/2019

Eduardo Arroyo (1937-2018) se fue el 14 de octubre y eso ya no hay persona en el mundo que lo vaya a remediar. Pero siempre quedará un legado que le hará infinito. Es por ello que las obras del artista, sus últimas, que nos van cayendo con cuentagotas hay que saborearlas como el postrero y más rico bombón de la caja. Si el Instituto Francés recuperaba en noviembre al niño del «Lycée», el Jardín Botánico apuesta ahora por el último Arroyo. Y no podía ser en otro sitio porque así lo quiso él, como confirmaba ayer su viuda, Isabel Azcárate: «Hasta decía que si se la pedían para el Reina Sofía, no iría. Tenía que ser aquí». Palabras a las que seguía la nostalgia: «Es tan difícil acomodarse a que no esté... Pero él siempre tuvo la satisfacción de hacer lo que quiso. Decía que no debía nada a nadie y que por eso decía lo que quería».

El objeto de culto no es otro que las pinceladas finales del artista, una exposición en la que es el propio Arroyo quien recibe a los visitantes en una fotografía en la que se oculta tras un antifaz: «Siempre le gustó disfrazarse, le divertía taparse, estar y no estar», comentó su viuda. Treinta y ocho lienzos y esculturas creados desde el 2000 entre los que destaca su último cuadro firmado, «El buque fantasma», pieza que da nombre a la muestra –que estará abierta al público hasta el 17 de marzo– y que se inspiró en el mito del marinero maldito al que hace alusión la música de Wagner en «Tristán e Isolda». Terminado el pasado verano en su taller de Robles de Laciana (León), «lo hizo de noche, cuando se encontraba mal. Solo cuando se recuperaba un poco bajaba y lo continuaba. Yo me daba cuenta de que no tenía fuerzas. Se levantaba, pintaba y lo terminó como quiso», apuntó Azcárate. Un óleo que se centra en un submarino con ruedas, y a su alrededor dos caballitos rojos «que salen de un dibujo que vio en un muro de París», añade Fabienne di Rocco –mano derecha del artista y comisaria de la exposición–, y varias docenas de caretas. «A partir de la leyenda Arroyo inventa una gran composición en forma de fantasía literaria donde el amarillo y los colores primarios compiten con la máscara negra del personaje de Fantômas, que juega como en un jeroglífico contra otros fantasmas presentes en la exposición», completa Di Rocco.

Junto a este lienzo, los trazos del artista se cargan con continuas referencias literarias, eso sí, pasadas por el filtro del color y de la ironía de su autor. Dorian Gray, Moby Dick y el capitán Ahab, Don Juan, Falstaff, Madame Butterfly y Doña Inés, entre otros, se dejan ver en las dos salas del Pabellón Villanueva del Botánico. Obras que, en palabras de la comisaria, «están a la venta, casi todo. Eduardo vivía de su trabajo y supongo que, si los herederos quieren, seguirá por esa línea».

Sin embargo, todavía quedan otros lienzos «inconclusos», como confirmó Di Rocco en la presentación de la muestra: «Hay dos inacabados, uno que empezó en su estudio de Madrid, “Tres visitadoras en la cocina de Agatha Christie”, en el que roba la esencia de los “Diez negritos” de Christie, de la que compuso un bellísimo retrato; y otro, “La bella y la bestia”, en el que solo aparece el rostro de Lenin, que era parte de una obra más grande en la que también estarían Mao Tse Tung, Marx y Stalin, además de un león en el centro», explicó la comisaria. Piezas que para Azcárate tienen un «futuro incierto, quizá con la de Agatha sí se pueda hacer algo».

Con la exposición de Eduardo Arroyo presentada, el próximo objetivo de la familia será terminar la biblioteca que se empezó en julio y «se va a hacer todo lo posible», comentaba su viuda, por mantener los dos estudios del pintor. Lo que no se contempla es que alguna comunidad autónoma le dedique un museo: «Se levantaría de su tumba para evitarlo», se señaló entre risas el director de La Fábrica, Alberto Arnaut, presente en el acto.

Dónde: Real Jardín Botánico (Pabellón Villanueva). Madrid.

Cuándo: desde hoy al 17 de marzo.

Cuánto: 6 euros.

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