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El último universo de Ignacio Padilla

Jorge Volpi presenta el libro de cuentos inédito que completa la «Micropedia», el más ambicioso proyecto del autor mexicano fallecido hace dos años, con el que mantuvo una estrecha amistad.

  • Antes de morir, Ignacio Padilla había pedido a Volpi que fuera su albacea literario
    Antes de morir, Ignacio Padilla había pedido a Volpi que fuera su albacea literario
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

12 de diciembre de 2018. 13:38h

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D. Mendoza.  Madrid. 12/12/2018

Jorge Volpi dice que en los peculiares universos literarios que creaba su amigo Ignacio Padilla a menudo los personajes se encontraban enfrentados a su destino. Hace ya más de dos años que a Padilla le alcanzó el suyo. El reconocido escritor mexicano murió en un insólito accidente de carretera: primero, su vehículo fue arrollado por un camión y, aunque sobrevivió al golpe, no escapó a un segundo coche que había perdido el control al esquivar el siniestro. Algún tiempo atrás, de manera igualmente sorprendente, pues apenas tenía 48 años, había pedido a Volpi que se convirtiera en su albacea literario después de su muerte. Hoy, el también escritor cumple con su amigo al presentar «Lo volátil y las fauces» (Páginas de Espuma), el último tomo de los cuatro que conforman su «Micropedia», a la que clasifica como la obra maestra de Padilla. «Nacho escribió este proyecto a lo largo de más de veinte años, y desde el comienzo lo había imaginado así: cuatro libros de cuentos, cada libro dividido en dos y cada uno con un título que es un octosílabo. Ningún otro cuentista que yo conozca ha creado un proyecto tan ambicioso», asegura Volpi. Los relatos que faltaban para completar su «Micropedia» estaban ya terminados –«aunque él, que era un perfeccionista, seguramente les habría dado una última revisión», asegura su amigo– y Volpi se encargó de recopilarlos.

Los lectores de Padilla reconocerán en «Lo volátil y las fauces» algunos de sus temas recurrentes: el mal, los viajes y los lugares exóticos, así como la idea de la duplicidad y del hombre frente a la naturaleza. «Son cuentos que claramente derivan, por un lado, de Borges y, por el otro, de Giorgio Manganelli. A partir de ahí, Nacho crea este universo muy personal lleno de falsa erudición», asegura Volpi, y añade: «El último volumen es un poco distinto de los anteriores, es un bestiario, un homenaje al de Borges y al de Juan José Arreola, así como a muchos bestiarios medievales, que le gustaban muchísimo».

Otra peculiaridad de Padilla es su uso del lenguaje: página tras página, el lector de sus cuentos se siente inmerso en un universo fantástico de tono a veces apocalíptico y, otras, como del principio de los tiempos. Así lo explica Volpi, con quien Padilla vivió durante dos años en Salamanca cuando ambos completaban sus doctorados: «Nacho se enamoró del lenguaje del Siglo de Oro e hizo muchas variaciones a partir de ese lenguaje y, en especial, de Cervantes, al que le dedicó su doctorado y tres libros. Le encantaba ese regreso a los lenguajes anteriores». Sin embargo, esa fascinación por lo antiguo no implicó un desprecio por lo moderno. Tanto es así que Padilla, que fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, fue quien más palabras nuevas introdujo en ella durante los últimos años. «Estaba obsesionado con el lenguaje y recuperó muchos de estos términos nuevos, de los “millennials”. Aunque no supiera lo que eran, los estudiaba y después los proponía en la Academia».

De la religión a los osos polares

A esta pareja de amigos les unió la literatura cuando tenían 16 años y Padilla ganó un premio literario del instituto en que estudiaban. Ambos firmarían después el manifiesto de la «generación del crack» y compartirían cientos de comidas en sus dos años de convivencia. Durante ese tiempo hablaron mucho de Cervantes y de la religión. Padilla era católico practicante –Volpi asegura que en Salamanca iba todos los domingos a misa–, mientras que su amigo se declara «ateo militante». Y la fe dejó huella en su literatura: «El suyo es un mundo muy maniqueo; en sus relatos siempre hay fuerzas del bien y del mal que están en conflicto. Además, el catolicismo está marcado por la hipocresía y creo que eso a Nacho le interesaba bastante. Es uno de sus temas: la apariencia. Él mismo no era tan correcto como parecía».

Por otra parte, quien lea «Lo volátil y las fauces» se sentirá tentado de recurrir a Google para comprobar ciertas anécdotas que Padilla narra y que, aunque insólitas, suenan a verdaderas. «El origen de muchos de sus cuentos era lo que entre amigos llamábamos los “datos Nachito”. Tenía una erudición rarísima, sabía miles de cosas extrañas –la mayor parte de las cuales eran falsas– y las contaba con absoluta convicción. Era como una “nachipedia”. Un ejemplo es si en realidad es cierto que los osos polares son zurdos». A ese tema en particular Padilla, que era zurdo, le dedicó un cuento infantil.

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