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En los dedos de Bruno Gelber

Leila Guerriero cartografía el laberinto biográfico de uno de los mejores pianistas del siglo XX en una extensa semblanza.

  • Leila Guerriero, ayer, durante su entrevista en una cafetería del centro de Madrid
    Leila Guerriero, ayer, durante su entrevista en una cafetería del centro de Madrid

Tiempo de lectura 4 min.

06 de marzo de 2019. 04:17h

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J. O. .  6/3/2019

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Los hombres reciben un don y después la vida los pone a prueba. Bruno Gelber recibió al nacer la gratificación de un talento, pero el destino quiso que probase la naturaleza de su tesón en la adversidad. «Es la historia de una voluntad. He conocido pocas personas con su fortaleza». Leila Guerriero recogió el guante de un desafío único: diseccionar el espíritu de un músico con las palabras. Un careo que colocaba frente a frente a las notas y los verbos; al pentagrama y la sintaxis de la oración. El resultado del match es «Opus Gelber. Retrato de un pianista» (Anagrama), una indagación periodística de una inteligencia musical y el universo de complejidades que orbita a su alrededor. Una exploración que nace de una sensación agraz, cuando Leila Guerriero, cronista y maestra de la semblanza y el perfil, sintió que el personaje se le había escapado a pesar de la simpatía y apariencia de cercanía que le mostró en un encuentro. La insatisfacción es mecha de grandes propósitos y ella decidió aprovechar las puertas que ya había abierto para descender las escaleras que le llevarían al epicentro de ese alma que era Bruno Gelber.

Él fue un niño prodigio, un chaval que comenzó a tocar a los tres años, que estudió en Francia, a los catorce conocía el aplauso del éxito y que jamás consintió que ninguna contrariedad le apartara de esa vocación que es el piano. Ni siquiera cuando contrajo la polio, que le paralizó la pierna izquierda, ni cuando un accidente de tráfico redujo su mano a un conjunto de fracturas invertebradas. «Siempre me ha gustado vislumbrar mundos desconocidos. Siempre pensamos en ellos como los que hay al margen o marginales, de pobreza. Pero este también está al margen: es el mundo de la clase alta, de los embajadores, de la realeza, de los egos. Y no es tan sencillo acceder a él. Bruno Gelber es como los tenistas, que viven de avión en avión. Son personas nómadas, desgastadas. Siempre se piensa en lo bonitas que son esas alfombras, pero nunca en las dificultades y los imprevistos que afrontan, como la vez que a Gelber le cambiaron el programa y tenía que tocar el «Concierto número 3» de Rachmáninov, el grizzly de todos los pianistas».

Leila aborda una figura de aristas huidizas, que afirma «que el talento no se puede perder» y le permitía, en realidad le pide o le incita, a que preguntara lo que fuera, pero que después se emboscaba al llegar a ese claro del bosque que es la madre, tótem de su infancia y la mujer que empujó su carrera. «Me relató muchas cosas, pero quizá no todo sobre su relación en los últimos tiempos y la depresión... tenía una fuerte identificación con ella».

Ni hablar de Beethoven

Leila describe la envergadura humana del pianista, pero también su calado profesional, el de un hombre que «desestima abordar a un compositor de una manera racional. Los conoce a todos perfectamente, y lo demuestra en sus clases y sus interpretaciones, pero que es sensible y que se deja llevar también por la intuición. Es una persona de conciertos, que cree en el público y no le gusta grabar. Cuando se reúne con sus colegas de profesión, no quiere hablar de Brahms o de Beethoven. Está más interesado en lo que les sucede, quizá porque se pasa la vida sumergido en ese mundo y quiere también salir».

Para la periodista que se ha movido por esas aguas resbaladizas que son los temperamentos y las idiosincrasias de escritores, artistas y otros tantos creadores, asegura que Bruno Gelber, uno de los mejores cien pianistas del siglo XX, es una persona convencida de sus cualidades innatas, pero que no se considera, a pesar de las pruebas que ha dado, un genio, y que goza esa talla de grandeza que reside en los que se tallan a sí mismo, como él, que estiraba la mano y los dedos para alcanzar las teclas y vencer los límites de la mano. «Es un tipo refinadísimo, con una capacidad de interpretación única y una gran técnica. Y está convencido de que jamás vaya a desaparecer su fuente de inspiración, como le puede suceder a algunos escritores, no a todos, claro; pero en este caso Gelber es un panzer, una máquina sensible que va hacia delante y contra todos los obstáculos. No hay nada que haya podido tumbarlo. Verdaderamente es el triunfo de la voluntad».

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