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En primer plano

Sara Montiel muere de forma inesperada a los 85 años

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Tiempo de lectura 4 min.

09 de abril de 2013. 03:01h

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9/4/2013

Le molestaba que la compararan con Marilyn Monroe, pero ¿con quién hacerlo si no? «Yo soy actriz», decía con su autoparódico narcisismo. Tenía razón: eran distintas, aunque, en algún caso, pudieran interpretar al «sex symbol» bombón, generoso en curvas e inocencia a prueba de bombas, que los hombres disfrutaban en asociar con la idea de feminidad sublimada, lejos del ámbito doméstico. En Marilyn no había distinción entre persona y personaje, porque su vulnerabilidad impregnaba hasta sus momentos más felices en pantalla. En cambio, Sara utilizó esa confusión entre realidad y ficción para venderse conscientemente como mito; para tomar las riendas de una carrera que, en un país como España, tenía que saber dónde pisar para no ser manipulada o ninguneada. Y, claro, con las leyendas no se juega, ni el franquismo se atrevía con ellas, y menos si eran apolíticas («España es uno de los pocos países del mundo que en criminología, hippies, alcohólicos, de todo esto estadísticamente, cero, oiga ¡cero¡ ¿Y cuántos lo pueden decir? ¡A ver¡ ¿Si existen problemas sociales? No tengo la menor idea, no sé. Me imagino que siempre es poco lo que se gana, aquí y en la China...», afirmó una vez). Quizá por ello Sara Montiel no se cansó de mitificar su propio mito; esto es, de alimentar la leyenda contando todo lo que cualquier otra hubiera guardado bajo llave. Su mito era, precisamente, que no había misterio en él, que todo estaba en primer plano: sus maridos, sus amantes y, sobre todo, sus opiniones sobre sí misma, como artista y como mujer de a pie, eran puro verbo sin tinieblas.

«De quien estoy verdaderamente satisfechísima es de María Antonia (Abad)», afirmó en una ocasión. «Sara es otra persona. Es, no sé, más extraña, quizá más resabiada. Antonia me parece una mujer maravillosa, porque se cree todo lo que le dicen y luego resulta que es mentira. Sara es más difícil de engañar. Por muy lista que resulte, me gusta más Antonia. Es más cordial, más entrañable, más estupenda. ¡Me da una lástima! Es muy sincera, muy rica, muy mona, muy familiar, muy afectiva y muy sensible». ¿Era éste el candor previsible en uno de los grandes mitos sexuales de la España franquista? Si pensamos en el célebre «Fumando espero» de «El último cuplé» o en la insólita recolección de vivencias eróticas del libro «Sara y el sexo» o en las escenas de cama de «Esa mujer», de Mario Camus, su imagen de «femme fatale» no coincidirá con esta sinceridad arrebatadora y quebradiza.

Sin embargo, no estaría mal recordar que Sara Montiel interpretó en el cine a más mujeres virtuosas que pecadoras, y que sus encantos se integraban en la textura del melodrama arrebatado como un guante de seda. Su mito era el de la mujer doliente, capaz de amar con la típica pasión hispana pero que aspiraba a convertirse en diosa doméstica. No en vano, el escritor Terenci Moix, que sabía un par de cosas sobre divas y era amigo personal de Saritísima, no dudó en afirmar que la protagonista de «La violetera» representaba «la inspiración máxima de un erotismo tranquilizador».

Quizá el secreto de su éxito fue que siempre actuó, siempre pensó en que el público la estaba mirando. Quizá había que ser actriz las 24 horas para tener el coraje suficiente para emigrar a México, integrarse en sus círculos glamurosos e intelectuales, enamorar a León Felipe y Severo Ochoa, y luego codearse con la flor y nata de Hollywood sin entender una sola palabra de inglés. En su adaptabilidad neptuniana estaba su secreto: llegó a Estados Unidos como pionera, y patentó brevemente el estereotipo de latina que, mucho más tarde, Penélope Cruz popularizó hasta la estratosfera; volvió a España para ralentizar la poética ardiente del cuplé y convertir la simpática picaresca de un género olvidado en la sensualidad indolente propia de un bolero extraterrestre, interpretado por una diva con los pies en la tierra; casi se apuntó al tren del destape para saltar del vagón a tiempo; y se encerró en su palacio de terciopelo fumando habanos y cubriéndose de tules para reencarnarse en nuestra Gloria Swanson patria. Siempre supo qué Sara ser y para qué espectadores. Incluso en sus momentos menos afortunados, excesiva y neobarroca, supo que su función en la tierra era ser leyenda.

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