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España no es revolucionaria

Ortí Bordás publica un iluminador ensayo que analiza los importantes cambios políticos de nuestro país durante los siglos XIX y XX

  • El eterno problema del localismo
    El eterno problema del localismo

Tiempo de lectura 4 min.

26 de febrero de 2018. 00:37h

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26/2/2018

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A finales de los años 80 redactó el original, pero es ahora cuando José Miguel Ortí Bordás ha decidido publicar «Revoluciones imaginarias. Los cambios políticos en la España contemporánea» (Encuentro), añadiendo un «Epílogo para postmodernos». Parte de Ortega y Gasset, al que rinde homenaje. Bordás analiza cinco cambios políticos de notoria importancia acaecidos en España durante los dos últimos siglos, el destronamiento de Isabel II en 1868, la Revolución Gloriosa; la proclamación de la I República; el golpe que acabó con ella y la Restauración de 1874; la II República y, en el epílogo, la últimamente denostada Transición, circunstancia histórica que vivió en primera persona. Además, reflexiona sobre el pueblo español y sus peculiaridades. Para el autor, España es el único país europeo que no ha hecho una revolución, «un cambio político radical. En mi opinión, nunca lo hemos hecho, si acaso la Gloriosa de 1868, que fue una revolución política, no social, obra de Prim, pero con su asesinato, quedó abortada. Estoy convencido de que somos un pueblo no revolucionario. Los avances políticos los hemos hecho por otros sistemas, como el reformismo. Aquí nunca se ejecutó a un monarca».

Bordás coincide con Ortega en afirmar que, políticamente, somos un pueblo tardígrado, es decir «que llega tarde a las citas con la historia, que reacciona tarde o no reacciona, que carece de capacidad de movilización. Hay pasividad, abulia, se desentiende ante los cambios políticos que son obra, fundamentalmente, de minorías. Un pueblo conformista, un mero espectador que siempre ha ocupado un papel menor», afirma. Su distanciamiento con la clase política es endémico, un problema irresuelto que sigue ahí». En España, «los cambios políticos se han realizado, normalmente, por pronunciamientos militares, con un gran protagonismo político de las grandes figuras del ejército. Puede decirse que el XIX es un siglo de un pretorianismo muy acusado y que en la mayoría de los cambios ha habido “episodios” violentos, aunque estos no son demostrativos de una violencia revolucionaria, obedecen a otras patologías sociales y políticas».

La rebelión de las banderas

Para el autor, nuestra sociedad, y en esto también está con Ortega, es sustancialmente gubernamental. «No somos un pueblo rebelde, indócil o difícil para la acción de gobierno. Al contrario, siempre ha habido un gran asentimiento respecto al poder establecido. Sin embargo, ese pueblo receptivo, en momentos históricos decisivos, ha tenido respuestas importantes, como en 1808 ante la ocupación francesa, donde, solo, espontáneamente, se enfrenta a las tropas de ocupación, un episodio capital en la historia de España y del mundo, repetido recientemente en la respuesta ante el golpe de estado del separatismo catalán en lo que llamo “la rebelión de las banderas”, una muestra más de ese pueblo gubernamental, que en ocasiones se enfrenta desde sí y por sí mismo a la realidad y es capaz de adoptar decisiones de gran trascendencia política».

Los cambios se asumen sin sobresaltos, sin conmociones ni convulsiones: «Es la naturalidad del cambio. Eso explica que en 24 horas pasemos de una monarquía tradicional a una república como quien se bebe un vaso de agua y los monárquicos pasen a ser minoría. Es un fenómeno bastante singular de España. ¿O no es excepcional –se pregunta– que en 1976, el poder establecido, el franquismo, extienda su propio certificado de defunción para traer un régimen democrático?» ¿Se ha perdido, entonces, el respeto a la Transición? «Ya no concita la admiración que suscitó, se ha evaporado el consenso, la unidad, pero fue algo único, un punto de partida fabuloso, la operación política más importante desde la Constitución de Cádiz». Y como consecuencia negativa, el intento de fragmentación de España. «Cualquier planteamiento secesionista es una regresión histórica, una patología política, quizá la más importante en una nación moderna integrada en una comunidad como la europea», concluye.

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