«Fausto», el otro Steve Jobs

El Teatro Real inaugura temporada con una versión grotesca y divertida de la ópera de Charles Gounod que firma La Fura dels Baus y que se estrenó en Amsterdam en 2014. Encabezan los repartos Piotr Beczala, Ismael Jordi, Erwin Schrott y Marina Rebeka.

Marina Rebeka, que interpreta a Margarita, y Luca Pisaroni, en el papel de Mefistófeles, durante una escena de la ópera de Gounod

El Teatro Real inaugura temporada con una versión grotesca y divertida de la ópera de Charles Gounod que firma La Fura dels Baus y que se estrenó en Amsterdam en 2014. Encabezan los repartos Piotr Beczala, Ismael Jordi, Erwin Schrott y Marina Rebeka.

Àlex Ollé, léase, La Fura dels Baus, le persigue Fausto. Le acecha, le acorrala. Digamos que lo ha exprimido cual limón. En 1997 arrancó esta relación apasionada con el mito en «F@ust 3.0», su particular versión teatral de la obra de Goethe. El segundo fue «La condenación de Fausto», sinfonía coral que se se estrenó dos años después como espectáculo de gran formato en el Festival de Salzburgo. La mano de Gerard Mortier estaba detrás de este espectáculo multimedia, que en palabras del gestor belga «es caro, pero cuesta menos que contratar a Plácido Domingo». No hay dos sin tres y llegó «Fausto 5.0» en forma de película que se presentó en 2001 durante la Bienal de Venecia. No se detiene Ollé y avanza hacia un cuarto, que es con el que inaugurará temporada en el Teatro Real el día 19 y que ya estrenó en Amsterdam en 2014 y se ha visto acompañado por una quinta propuesta, «Historia de un soldado», de Stravinski, que retoma al personaje, y una sexta, «Mefistófeles» que ensaya ahora en la Ópera de Lyon. «Es verdad que parece que el mito me persigue. Yo creo que me han visto cara de insatisfecho», comenta Ollé con cierta sorna. En Madrid está su mano derecha, Valentina Carrasco, supervisando que todo cuadre y que nada falle. «Hablo con ella todos los días y estoy al tanto de cualquier cosa que pueda suceder», comenta. Viniendo de quienes viene, marca Fura, cabe pensar que a Fausto le hayan puesto del revés o que el patio de butacas se rinda a esta versión: «La ópera está concebida como un tragicomedia en la que hemos tratado de hacer algo que fuera más divertido. Pensando, se nos ocurrió que por qué no colocar a un Steve Jobs, un científico aislado del mundo real, que pasa sus días y sus horas en el universo de las ideas, encerrado en un laboratorio molecular en pleno siglo XXI. Así que creamos un ordenador central que hace posible el poder estar ahí, en ese plano ideal, que es el de la máquina», explica. Ese Fausto-Jobs trabaja sin descanso en el «Proyecto Homúnculo» (un cartel preside la escena con el siguiente letrero: «At the Amsterdam high-performance computer center of cell biology») con el objetivo de humanizar la máquina. «Ten en cuenta que esta ópera de Charles Gounod es coetánea de un libro tan importante como “El origen de las especies”, de Darwin. Y lo hemos puesto en común de manera que de ese ordenador saldrá nada menos que Mefistófeles».

Hasta hooligans

Para dar forma a este mundo tan peculiar, tan conectado a nuestros días, pasó los primeros diez días de ensayos en Madrid: «El Real es el teatro en que mejor trabajo. Al haberlo estrenado ya tenemos la seguridad de que todo funciona, no solo las máquinas, sino el espectáculos en sí. Y podemos permitirnos algún retoque». El humor sobrevuela toda la función que Ollé califica sin ambages de divertida, «¿o no lo es que aparezcan en escena personajes arquetípicos como pueden ser una legión de hooligans, una troupe de Barbies rubísimas, señoras cincuentonas operadas con pechos enormes, corpulentas». El universo es bastante grotesco y está exagerado con un fin que es destacar la figura de Fausto, «un cobarde que no se atreve a matarse ni a vivir y que necesita a Mefistófeles», señala Valentina Carrasco. Dentro de este panorama destaca los cambios dinámicos y rápidos que van transformando el espacio. Y esa idea que han querido subrayar de manera especial: la del alter ego: «Todos tenemos un Fausto y un Mefistófeles, una pugna entre la razón y la pasión. Vivamos el momento. No esperemos a ser viejos para arrepentirnos porque lo que hoy hemos perdido ya difícilmente vamos a poder recuperarlo. Yo creo que este es el mensaje claro de este mito digitalizado que quiere dar alas a la máquina con la que está atrapado en ese cuarto en el que se concentra».

«Mefistófeles instiga a Fausto a satisfacer los deseos que ha ocultado, las pulsiones que ha sublimado y las perversiones que ha camuflado», remata Ollé. Joan Matabosch, director artístico del Real, añade: «Tanta es la insatisfacción que ha acumulado Fausto por haberse aislado del mundo reprimiendo su parte instintiva que cuando ésta se despierta, en plena madurez, lo hace como un terremoto». Esa parte instintiva es Mefistófeles: «El motor de los deseos ocultos de Fausto», como dice Ollé. «La insatisfacción es inherente al ser humano. El público se siente inmediatamente representado por lo que está viendo: cómo un hombre sabio que lo tiene todo llega a una edad en la que se da cuenta de que no ha vivido lo que tenía que vivir, lo que le genera una insatisfacción capaz de llevarlo al suicido, y ahí es donde aparece Mefistófeles. Siempre le he visto a Mefistófeles como su alter ego, las dos caras de una misma moneda. Seamos felices en el momento y no esperemos a ser viejos para arrepentirnos», aconseja el director de escena, quien avanza un paso más al decir que «tenemos que escuchar a nuestro Mefistófeles, es parte de nosotros. Él nos enseña a decir “atrévete”. La acción, tener la voluntad y capacidad de arriesgar y tirar para adelante es la que nos da Mefisto, lo que suce es que Fausto se deja llevar demasiado por él. Por eso hemos de saber contener esas aguas y hallar nuestro dique».

Ha aprendido también Ollé de esa idea de huir de la individualidad que está grabada en la obra: «Yo soy gracias a mi equipo, me gusta esa idea de colectividad que destila “Fausto”. También nos habla de huir de ese ego y de ese indiviadualismo para trabajar conjuntamente y tirar para adelante». Mefistófeles –al que darán vida tres barítonos en este montaje– encarna todo lo que Fausto ha reprimido y que finalmente ha explosionado, «la voz secreta que murmura una blasfemia al oído de toda virtud, el poder misterioso que representa a los ojos de la honestidad –como escribe Benito Pérez Galdós– las formas de una Venus que oprime el corazón cuando late después de una acción generosa; el espíritu maligno que en lo profundo de una oración inspira un pensamiento lúbrico y sonríe horriblemente ante una mirada elevada al cielo».

Y por ese peculiar y bizarro universo «con el que no queremos transmitir ni generar el menor ánimo de polémica», sino de que el público lo pase bien, desfilan Marguerita, Martha, Valentín, Wagner. Y el alter ego de Fausto, Mefistófeles, «que al irrumpir en escena parece una estrella de rock, con tatuajes, abrigo de pieles y pantalón ajustado “pitillo”, y que se irá convirtiendo en el alter ego de Fausto. Y finalmente se sentará en la poltrona de Fausto mientras este agoniza en su laboratorio junto a los fetos y engendros con los que ha desafiado las leyes de la Naturaleza a lo largo de su vida», apostilla el director artístico del Teatro Real. Así, resalta, sucedió en Amsterdam: «Creo que todos nos podemos sentir representados aquí y tenemos una baza añadida: que la ópera tiente a un público que no es habitual de este género por ese universo manga en el que se mueve o de cómic, absolutamente exagerado», dice Ollé.

A jugar fuerte

Capítulo aparte merece el reparto, que es brillante. «Hay dos castings, no un primero y un segundo con una voces estupendas y una labor actoral bárbara», resume el artista furero. Y ese elenco está encabezado por los tenores Piotr Beczala, polaco, e Ismael Jordi, un jerezano al que vimos meses atrás en el mismo escenario del Real alternarse con Javier Camarena en «Lucia di Lammermoor», de Donizetti. Ellos darán vida a Fausto. Luca Pisaroni, Erwin Schrott y Adam Palka se calzarán el personaje de Mefistófeles, un tipo que se las sabe todas y va a jugar fuerte. Para encarnar a Margarita subirán a escena Marina Rebeka e Irina Lungu en las trece funciones que habrá entre el 19 de septiembre y el 7 de octubre y que estarán dirigidas por el maestro Dan Ettinger.

Los artistas que se alternan en el papel principal probablemente sean dos de las voces más idóneas. Mientras se dejaban fotografiar en la terraza del Teatro Real ambos se gastaban bromas y posaban divertidos, ajenos a la tragedia del escenario. Beczala, que será la primera vez que debute con escena en el coliseo, es uno de los grandes tenores del momento. Cuando este verano Roberto Alagna se descolgó de la apertura del Festival de Bayreuth porque tenía serías dudas sobre si era capaz de interpretar el papel principal de «Lohengrin», el polaco dijo sí a la oferta «in extremis» y se hizo con los aplausos del público, que mostró división de opiniones con la escena pero unanimidad a la hora de reconocer el trabajo de Beczala.

La ópera más popular de Gounod

La leyenda de Fausto, el hombre que vende su alma al diablo a cambio de poder y conocimiento, bebe de diversas fuentes populares. Al igual que la de Orfeo o la de Don Juan, ha pervivido a lo largo de los años plasmada en un sinfín de manifestaciones artísticas. Solo en el terreno musical, ha inspirado a compositores tan diversos como Richard Wagner, Franz Schubert, Gustav Mahler o Hector Berlioz. No escapó tampoco Charles François Gounod a esta historia hipnótica, a partir de la cual compondría la que acabaría siendo su ópera más popular, que se desarrolla en cinco actos y que se vio en el Teatro Real por primera

vez en 18 de enero de 1865.