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Fellini se le resiste esta vez a Sorrentino

  • Cincuenta años después de pisar Cannes con «Alfie», el veterano Michael Caine regresó ayer a la Croisette con «Juventud»
    Cincuenta años después de pisar Cannes con «Alfie», el veterano Michael Caine regresó ayer a la Croisette con «Juventud»
Cannes.

Tiempo de lectura 4 min.

21 de mayo de 2015. 01:09h

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Cannes. 21/5/2015

A Paolo Sorrentino se le esperaba con las uñas afiladas. El éxito internacional de «La gran belleza», que se fue de vacío en Cannes 2013, había puesto el listón muy alto. Y, como suele pasar en estos casos, «Juventud» no resiste comparaciones con su predecesora. La mezcla de aplausos y abucheos en su presentación a la Prensa resumía con acierto la irregularidad de una película demasiado ensimismada, demasiado adicta a los aforismos presuntamente profundos. A vueltas con el paso del tiempo, Jia Zhang-ke retrata, en «Mountains May Depart», la China vorazmente capitalista de los últimos quince años (y de los próximos diez) en un melodrama culebronesco lleno de buenas ideas y también sobrante de algún actor lamentable. Eso sí, los vítores que remataron su estreno aún resuenan en la Croisette. Si «La dolce vita» parecía el modelo de «La gran belleza», «Fellini 8 1/2» parece el de la “Juventud». La amistad inquebrantable de dos creadores octogenarios –un director de orquesta (Michael Caine) y un director de cine (Harvey Keitel)–, anclados en el tiempo suspendido de unas vacaciones en un balneario, sirve para que Sorrentino corrobore las conclusiones a las que había llegado «La gran belleza». «El paso del tiempo es uno de los temas que más me interesan», explicó en rueda de prensa. «El arte nos regala libertad y la libertad nos da juventud. Creo que he hecho una película optimista, que atenúa algunos de nuestros miedos».

El problema se llama Jep Gambardella. Si el glorioso protagonista de «La gran belleza» canalizaba sus reflexiones sobre el declive de la civilización de un modo fluido y orgánico, ofreciéndose como paradigma de un cinismo neoromántico que daba cohesión a un filme compuesto por brillantes episodios de la vida romana, aquí todo suena petulante y ampuloso, calculado al milímetro. «Juventud» no es en absoluto una película carente de interés: la serena complicidad que nace de la química entre Caine y Keitel; la capacidad de Sorrentino para sacar partido de los espacios, en este caso un balneario suizo que a veces parece un museo y otras un mausoleo; y la fuerza de algunas secuencias –el encuentro entre Keitel y Jane Fonda, que interpreta a la actriz-diva del que va a ser su filme testameno– confirman su talento. Si el cineasta italiano no tuviera esa necesidad de epatar con la cámara y de sentar cátedra, su película sería mucho más emocionante.

China está mutando

«Mountains May Depart» lo es, en cuanto melodrama de la vieja escuela, que lidia con improbables triángulos amorosos, ascensiones sociales, enfermedades terminales, sacrificios femeninos e hijos que se sienten huérfanos. Jia Zhang-ke, que empezó a explorar nuevos caminos expresivos en el cine de género con «Un toque de violencia», sabe que el melodrama es un cine de superficies, que todo debe estar en primer plano, el sentimiento a flor de piel. Y el mensaje también: ésta no es precisamente una película sutil, algo poco habitual en la obra del director de «The World” y “Naturaleza muerta».

Lo que cuenta recorre toda su filmografía: la mutación de la sociedad china con la instauración del capitalismo salvaje. La pérdida de las raíces, el enriquecimiento de los especuladores en perjuicio de la clase obrera, la amnesia histórica y la alienación emocional... Temas que Jia Zhang-ke sitúa en tres tiempos (1999, 2014 y 2025) y pone en boca de sus personajes para que no reine la confusión, no sea que nos perdamos. No es que la película no experimente con la forma –el título aparece a los cincuenta minutos; a cada uno de los tres capítulos le corresponde un formato distinto; el uso de «Go West», uno de los grandes éxitos de Pet Shop Boys, es memorable, y el trabajo con las texturas del digital es muy hermoso– sino que hace que sus personajes sean portavoces –y a voz en grito– de sus tesis. Es una opción respetable, hasta que las derivas folletinescas del relato desembocan en un episodio final, situado en la Australia de un futuro inmediato, que parece formar parte de un culebrón hecho en un universo paralelo. Quizá era la intención, pero tampoco funciona a un nivel metalingüístico, o como guiño para iniciados: lo que vemos es a unos cuantos malos actores recitando diálogos risibles.

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