Gerontocracia: el poder de los mayores

En la antigua Roma, SPQR simbolizaba la unión entre los ancianos (senatus) y el pueblo (populus), sólo una de las pruebas de que los mayores, ahora en pie de guerra, han ocupado siempre un papel central en nuestra sociedad.

En todas las sociedades de la humanidad, los ancianos han ocupado un papel decisivo en la transmisión de conocimiento
En todas las sociedades de la humanidad, los ancianos han ocupado un papel decisivo en la transmisión de conocimiento

En la antigua Roma, SPQR simbolizaba la unión entre los ancianos (senatus) y el pueblo (populus), sólo una de las pruebas de que los mayores, ahora en pie de guerra, han ocupado siempre un papel central en nuestra sociedad.

Hoy, que nuestros mayores protestan y se sublevan contra el trato que reciben llegada su edad de jubilación y que, paradójicamente, nuestra sociedad está más envejecida que nunca en su historia, conviene volver la vista atrás para, en estos tiempos de efebocracia y culto a la juventud, reparar en lo mucho que nuestros mayores han contribuido al desarrollo histórico y político de Occidente. Desde lo más remoto, la comunidad humana ha reservado un lugar especial y de honor a sus mayores, en principio como depositarios de toda tradición oral, cuando la escritura faltaba, como gran memoria de la tribu, y a la par considerando que era el momento idóneo para preparar el crucial tránsito al más allá. El «homo sapiens» primitivo consideraba a los mayores no como una carga, sino como depositarios de la memoria colectiva y precursores de lo que hay tras la ignota muerte; la vejez parecía una antesala especialmente apropiada para la sabiduría. Los enterramientos de la época prehistórica nos hablan de la especial veneración hacia los mayores y del lugar preponderante que ocupaban en muchas sociedades, entendidos como guardianes chamánicos de la tribu, a los que se debía respeto, pues iban a ser figuras semidivinas.

Carácter semidivino

En la antigüedad cabe hablar también, ya en la época histórica, de la especial relevancia de los consejos de ancianos para el desarrollo sociopolítico de las primeras ciudades de Occidente. Tras la era de los grandes imperios del antiguo Oriente, marcados por la simbiosis entre lo político y lo religioso, con figuras como la del «en-si», o príncipe sacerdote, del Creciente Fértil, o la del faraón, como representante de la divinidad en el país del Nilo, el gran salto de gigante en la historia política de la humanidad se dará, sin duda, en el marco del antiguo Egeo, con la aparición de una nueva forma de gobierno que pone en el centro a los ciudadanos y construye la política de abajo a arriba, desde las familias. Tal es la «polis» griega. La ciudad-estado se basaba en la unión de iguales, de terratenientes o granjeros con lotes de tierra variables en extensión, que decidían unirse en defensa de sus intereses particulares y comunes creando una entidad política. Pero la ciudad griega, pese a que las magistraturas más importantes y el apogeo del poder político se alcanzaban a los 30 años, confería un importante papel a los mayores. En la hacienda familiar, el «oikos», que a veces unía una familia extensa, a menudo se atestigua la convivencia de dos cabezas de familia, uno joven y otro mayor. Cuando el joven estaba en la guerra, el mayor se encargaba de la gestión política en las asambleas, mientras que las ciudadanas se quedaban administrando la hacienda familiar. La doble prestación del varón –política y militar– se repartía así entre mayores y jóvenes.

Hay por lo demás muchos testimonios sobre el cuidado y el respeto a los mayores en la antigua Grecia, cuando algunas figuras emblemáticas de la sabiduría o la literatura –Solón o Sófocles– llegaron a alcanzar edades muy avanzadas, de unos 90 años. El clima y la dieta favorecieron en la Grecia clásica la longevidad –y por ende la mayor relevancia cultural y sociopolítica de los mayores– de la población. Es curioso así que, pese al prestigio general de la juventud en la literatura griega, Solón, legislador pero también poeta, fuera conocido por cantar las virtudes de la edad anciana. Muchas anécdotas refieren que nunca quiso dejar de aprender cosas nuevas, pese a que a sus conciudadanos le parecía extraño que lo hiciera a tan avanzada edad. Como otros de los grandes sabios de Grecia, se caracterizó por una vida plena hasta la ancianidad. Otros líricos arcaicos como Mimnermo o Anacreonte daban preferencia a la juventud y condenaban la vejez por dura e indeseable. Pero los verdaderos sabios de Grecia no pensaban así. Es el caso de Platón, que escribe su última gran utopía casi octogenario, y da un papel relevante a los mayores en su proyecto político: nunca han de dejar de aprender, alegrarse y estar activos, en el simbólico coro de Dioniso y en instituciones de importancia.

Hay que recordar que, lejos de la utopía, el funcionamiento de la política griega se basaba en consejos de ancianos como la Gerousia espartana –compuesta por mayores de 60 e instituida por el legendario Licurgo– o la Boulé ateniense, la edad mínima de cuyos miembros era de 30 pero que en la práctica solía ser mucho mayor. También este sistema pasará a la Roma clásica republicana, una ciudad-estado en sus comienzos, que reproduce el patrón político helénico en cuanto a una comunidad gobernada de forma tripartita: por magistrados, una asamblea general del pueblo, y un consejo más reducido formado por los mayores o los miembros selectos de familias o tribus designadas, que suelen ser asimilados con estos. No otra cosa que este último consejo era desde su inicios el pie más importante del trípode político romano, el «Senatus», etimológicamente «la asamblea de ancianos» («senes», plural de «senex»).

Poder político

Cuenta la historia legendaria de Roma que cuando fue expulsado el último rey los ciudadanos confiaron el poder político a los padres de la patria, los senadores, como asamblea tradicional de los mayores. Ella recibió durante el transcurso de la República un poder omnipresente y, aunque ciertamente sometido a control de la ciudadanía, en momentos decisivos omnímodo, como se encargarían de demostrar los acontecimientos posteriores. También se dice que eligieron a dos figuras para la máxima magistratura del poder ejecutivo, los cónsules, de forma que ambos se controlaran mutuamente detentando un poder limitado a un año, lo que servía además de sistema de datación para los romanos («fasti consulares»). Bruto y Tarquino Colatino, según la tradición los primeros cónsules de Roma, inauguran la nueva etapa histórica de carácter republicano, en una forma de estado que nunca se abandonará, al menos en su apariencia.

SPQR son las siglas que evidencian esta combinación entre «Senatus» y «Populus», la asamblea reducida, metafórica para la ancianidad y la sabiduría, y la amplia, del cuerpo social mayoritario, en una ficción republicana que se prolongará en el Imperio, pues Augusto seguirá respetando al Senado e incluso en época del Dominado persistirá la institución. Al frente de la comunidad, desde los primeros tiempos al final, había un reducido número de familias, un club selecto que enviaba a sus más conspicuos representantes al Senado. Huelga decir que entre la clase dirigente romana –una «nobilitas» que ejercerá el poder político, jurídico, militar pero también cultivará las artes y las letras de inspiración helénica– abundarán también los elogios de la ancianidad: pienso en Cicerón, que escribe un «De Senectute», o en Séneca, aunque ambos murieron antes de tiempo, entre los sesenta y los setenta años. Los mayores, en fin, han sido siempre un gran apoyo de la comunidad –también en las crisis económicas, endémicas en nuestra historia–, por lo que es paradójico su actual descuido en una sociedad que cada vez envejece más.