Cultura

Las prostitutas madrileñas y los borbones

La lealtad de los madrileños, y muy especialmente de las prostitutas, fueron clave en la victoria de Felipe V en la Guerra de Sucesión española y en el futuro de la dinastía en el trono de España

Prostitución en el siglo XIII
Prostitución en el siglo XIIILa Razón (Custom Credit)

El comportamiento y la actitud que adopten los civiles puede cambiar el transcurso de una guerra, sobre todo durante una ocupación militar. Así fue en el uno de los conflictos más importantes de la historia de la humanidad: la Guerra de Sucesión española (1701-1713), en la que los ciudadanos de Madrid jugaron un papel importante, sobre todo las prostitutas.

Retrato de Carlos II "el hechizado" por Juan Carreño Miranda (1685)
Retrato de Carlos II "el hechizado" por Juan Carreño Miranda (1685) FOTO: La Razón (Custom Credit)

La muerte sin descendencia del rey de España, Carlos II, dejaba en el aire el futuro del enorme poderío de la monarquía hispánica, con sus vastas posesiones de Europa y América. La elección del nuevo rey iba a cambiar el destino del mundo. Y todos los gobiernos europeos estaban en vilo.

Había dos opciones principales para relevar al “hechizado”. Por un lado, Felipe de Anjou, nieto del poderoso borbón que ocupaba el trono francés, Luis XIV, y nieto de su mujer, la hermana mayor de Carlos II, María Teresa de Austria. Por otro lado, José Fernando de Baviera, nieto de la hermana menor del rey, casada con Leopoldo I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, de la dinastía Habsburgo.

En 1698, el rey Carlos escribe su testamento y nombra como sucesor a José Fernando de Baviera, que por aquel entonces tenía 7 años. Parecía que el futuro estaba asegurado y que los Austrias (dinastía Habsburgo) seguirían en el trono de España.

Pero unos meses mas tarde, José Fernando falleció. Todavía se especula sobre cuáles fueron los motivos de su muerte. Algunos postulan que se trató de un envenenamiento, pero nunca se pudo confirmar nada. Lo que estaba claro es que aquel evento cambiaría el equilibrio de poderes en Europa, y en consecuencia, en el mundo. El hecho de que un borbón ocupase el trono de España significaría el aumento de la influencia del ya demasiado poderoso Luis XIV.

Todo parecía indicar que el rey elegiría a otro Habsburgo para cubrir la “vacante”, concretamente al archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo. Pero la campaña política que puso en marcha el “Rey Sol” a través de sus embajadores, haría que la decisión no fuera tan fácil. Partidarios de los Habsburgo y de los borbones iniciaron una batalla política en la corte (y fuera de ella) para presionar al rey y que eligiese a su candidato.

Y así lo hizo. Carlos II había nombrado a un sucesor, pero no se supo quién era hasta que, el 1 de noviembre de 1700, el rey “hechizado” fallecía a la edad de 38 años. Cuando abrieron el testamento descubrieron el pastel:

“Declaro ser mi sucesor al duque de Anjou y como tal le llamo a la sucesión de todos mis reinos y dominios, sin excepción de ninguna parte de ellos”.

La campaña propagandística a favor del candidato borbón hizo su mella en Madrid, donde se concentró con especial intensidad. Ambos bandos habían desplegado toda su creatividad en los panfletos y en los periódicos de toda España, pero los de Felipe de Anjou se asentaron con mayor interés en Madrid.

Diarios como la “Gaceta de Madridbombardeaban constantemente a la población con propaganda emocional y sensiblera, que apelaba a la bondad del borbón, y a la lealtad y entereza de los españoles de los territorios que le apoyaban; Y mientras tanto, criminalizaba al Austria y a todos los territorios que le habían prestado su apoyo, alertando del peligro de la “herejía” de sus aliados protestantes.

Aquello funcionó. Los madrileños estaban ansiosos por los aires de renovación que significaba la llegada del nuevo monarca. De hecho, poco después de que se descubrieran las últimas voluntades de Carlos II, el regidor de Madrid, el marqués de Francavila, proclamó a Felipe de Anjou como rey de España, aunque este ni siquiera había pisado todavía el país.

Retrato de Felipe V, por Jean Ranc (c. 1723). Museo del Prado.
Retrato de Felipe V, por Jean Ranc (c. 1723). Museo del Prado. FOTO: La Razón (Custom Credit)

Su recibimiento en la villa fue sublime. Todo el pueblo estaba entusiasmado con la llegada del que sería conocido a partir de entonces como Felipe V. Era tal la emoción, que las personas que se agolparon en la Puerta de Alcalá para vitorearle crearon avalanchas humanas que provocaron decenas de muertos y de heridos.

Durante el trascurso del conflicto, Felipe perdería en dos ocasiones el control efectivo de la ciudad. La primera, en el año 1706, las tropas de la Segunda Alianza toman posesión de la Villa en nombre del pretendiente austriaco.

El populacho no estaba contento. De hecho, tuvieron que dar monedas a varios madrileños de baja estofa para que aclamasen a su nuevo gobernante a su llegada. Nada comparado con el recibimiento que le habían dado unos años antes a Felipe de Anjou.

En realidad, esta situación se repitió en todos los territorios castellanos, quizás porque la guerra todavía seguía al rojo vivo y todavía no se sabía quién iba a salir victorioso, o porque la propaganda borbónica había conseguido generar muchas lealtades en los territorios castellanos. Pero, por el motivo que fuera, solo 9 nobles le prestaron obediencia al archiduque Carlos. Los demás, ni estaban... ni se les esperaba.

Evitar la resistencia contra los invasores

Felipe V había ordenado a los madrileños evitar toda resistencia contra los “invasores” para que no sufrieran los horrores de la guerra, pero el pueblo llano tenía otros planes y no se resignaron a aceptar la situación sin presentar batalla.

Cuando llegaba la noche, la cosa se ponía complicada para los soldados del archiduque. Era frecuente que los madrileños se echasen encima de algún que otro soldado desprevenido y eran constantes las emboscadas disfrazadas de reyertas callejeras. Todo el pueblo madrileño estaba con el borbón... incluso las prostitutas.

Madrid contaba por aquel entonces con más de 100 burdeles, y como suele pasar en tiempos de guerra, los soldados los frecuentaban habitualmente. Las “madame” de la ciudad se reunieron para buscar una manera de prestar su servicio a la causa borbónica.

Cortesana (1640), óleo sobre lienzo de Jakob Adriaensz Backer (1608-1651), Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa
Cortesana (1640), óleo sobre lienzo de Jakob Adriaensz Backer (1608-1651), Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa FOTO: La Razón (Custom Credit)

Y así fue, decidieron luchar por el borbón, pero no por las armas, sino con la guerra biológica. Las prostitutas madrileñas decidieron que las únicas que atenderían a los soldados austracistas serían las cortesanas contagiadas con sífilis y gonorrea.

Con un poco de ingenio consiguieron disimular los síntomas de la enfermedad. Y a los pocos días, todos los hospitales de Madrid estaban repletos de soldados con enfermedades venéreas. El ataque se cobraría unas 6.000 bajas en las filas enemigas.

La hostilidad de la ciudad contra los invasores, junto con los problemas que tenía el archiduque para abastecer al ejército, forzaron su huida. En agosto la ciudad volvería a estar en manos de los borbones, aunque no por demasiado tiempo.

En 1710, las tropas borbónicas fueron derrotadas en la batalla de Zaragoza, lo que precipitó a su vez, que este tuviera que abandonar Madrid, dejando de nuevo las puertas de la villa abiertas para la ocupación del archiduque.

Victoria de las tropas aliadas del archiduque Carlos sobre los franceses cerca de Zaragoza. Aguafuerte coloreado impreso en Ámsterdam por Abraham Allard
Victoria de las tropas aliadas del archiduque Carlos sobre los franceses cerca de Zaragoza. Aguafuerte coloreado impreso en Ámsterdam por Abraham Allard FOTO: La Razón (Custom Credit)

Si el recibimiento de los madrileños a Carlos durante su primera ocupación de la ciudad ya había sido triste, ahora la cosa se exageraba. Nadie salió a recibirle. Al pasar por el Retiro el Austria pudo contemplar como las calles de Madrid se habían quedado desiertas. Todos los madrileños se habían encerrado en sus casas con las ventanas cerradas a cal y canto.

Aquello no era un buen augurio. El archiduque pronto quedó “mal satisfecho de las pocas y tibias aclamaciones con que fue admitido. A primeros de octubre, día en el que señor archiduque cumplía 25 años, hubo besamanos de pocos y no conocidos”.

Viendo el triste recibimiento que le habían preparado los madrileños, Carlos sabía bien que no podría retener Madrid por mucho tiempo, al menos no sin perder muchos hombres en el intento. Así que dio la vuelta y se marchó dejando en la ciudad a alguno de sus leales.

El 3 de diciembre de 1710, Felipe V entraba de nuevo en Madrid, pero esta vez se quedaría definitivamente. El recibimiento de los madrileños fue delirante, más incluso que la primera vez. Entre las aclamaciones y los vítores sonaban coplillas como:

“Ahora que Phelipe

vuelve a la Corte,

saquemos de la prensa

los corazones.

Levantemos el grito

diciendo viva

viva Phelipe V

con alegría

Cuando acabó la guerra, las prostitutas fueron a reclamar su recompensa por los servicios prestados. Tristemente, su sacrificio nunca fue reconocido, a pesar la importancia de su contribución.

Al fin y al cabo, no fueron solo las victorias en el campo de batalla (como la de Brihuega o la de Villaviciosa) las que decidieron el resultado de la guerra. La fidelidad y la lealtad mostrada por los castellanos, y muy especialmente por los madrileños, tuvieron una importante repercusión en la victoria de Felipe V. Y en consecuencia, en el futuro de la dinastía de los borbones en el trono de España.