Cultura

Cuando “La escuadrilla del amanecer” registró la casa de Franco en Madrid en 1936

Fue uno de los episodios de la criminal «Escuadrilla del amanecer» que se pasó por alto

Los robos eran actividad común de la «Escuadrilla» (en la imagen)
Los robos eran actividad común de la «Escuadrilla» (en la imagen) FOTO: La Razón
La fecha: 1936. El titular del diario «Abc» republicano de la capital, publicado el sábado 22 de agosto, habla por sí solo: «Registro en el domicilio del ex general Franco».
El lugar: Madrid. Difícilmente iba a regalar José Antonio retratos suyos a Franco, ni mucho menos dedicados tan expresivamente como indicaba el rotativo.
La anécdota. La primera medida de la «Escuadrilla del amanecer» fue incautarse del palacio de los condes del Rincón, situado en la madrileña calle de Martínez de la Rosa.

La noticia pasó inadvertida para muchos en plena Guerra Civil española y hoy, con mayor motivo aún, duerme el sueño de los justos en las polvorientas hemerotecas. El titular del suelto publicado en el diario «Abc» republicano de Madrid, el sábado 22 de agosto de 1936, habla por sí solo: «Registro en el domicilio del ex general Franco».

El texto sigue sin tener hoy desperdicio: «La “Escuadrilla del amanecer”, que tan valiosos servicios viene prestando a la República desde el comienzo de la sublevación fascista, ha continuado durante las últimas horas del día de ayer su labor incesante, gracias a la cual se han llevado a efecto importantes detenciones, practicándose, además, registros de gran interés. Uno de ellos ha sido realizado en la casa número 16 de la calle de Jorge Juan, donde tiene su domicilio el ex general Franco. La “Escuadrilla del amanecer” ha encontrado allí unas banderas monárquicas, toda la colección de libros sobre el fascio, publicados en español; retratos con expresivas y recientes dedicatorias de José Antonio Primo de Rivera, y documentos y correspondencia de enorme interés, pues están relacionados con el movimiento subversivo y darán lugar a detenciones que, sin duda, producirán sensación en toda España. Asimismo han sido hallados un fusil ametralladora y varios fusiles corrientes y pistolas».

La propaganda republicana convertía así al instante a una banda de delincuentes en un grupo de héroes y patriotas merecedores de rendida admiración por su honradez acrisolada. Señalemos, por otra parte, que difícilmente iba a regalar José Antonio retratos suyos a Franco, ni mucho menos dedicados tan expresivamente como indicaba el rotativo, cuando la relación entre ambos era casi inexistente y además no se profesaban afecto mutuo.

Añadamos que la Secretaría General Técnica del director de Seguridad, encomendada a José Raúl Bellido, organizó bajo su mando un grupo de represión con sede en la propia Dirección de Seguridad que practicaba detenciones, crímenes y saqueos bajo el equívoco nombre –por lo de bucólico– de «Escuadrilla del amanecer». El verdadero significado de tal denominación era patético: los criminales preferían las primeras horas de la mañana para realizar sus registros y detenciones a fin de provocar mayor terror aún en sus víctimas.

La Prensa del Frente Popular elogiaba con frecuencia, como hemos visto, las acciones de la «Escuadrilla» en defensa de la República. La primera medida de esta brigada fue incautarse de un magnífico palacio situado en la calle de Martínez de la Rosa, esquina a la Castellana, propiedad de los condes del Rincón, donde constituyeron su cuartel de actuación.

La «Escuadrilla» operaba en pequeños grupos. Uno de los más activos estaba a las órdenes de Luis Pastrana Ríos, empleado de Hacienda procesado por malversación de fondos públicos. El amanecer de cada uno de esos días estivales llegaba manchado de sangre de centenares de víctimas inocentes que aparecían fusiladas junto a las tapias de la Casa de Campo, detrás de los muros del Cuartel de la Montaña, en los altos del Hipódromo, al final de la calle de Cea Bermúdez, en la Ciudad Universitaria... y muchas veces en el centro mismo de la ciudad, donde la luz de la mañana definía sobre el asfalto, al borde de las aceras, el bulto de un cuerpo exánime. Un hombre o una mujer asesinados, que los vecinos madrugadores contemplaban con ojos de horror o con macabra delectación.

En el «currículum» de estos ladrones y homicidas figuraba el asesinato de Blas Riaza Bravo, vecino de Las Rozas, detenido el 25 de septiembre de 1936 y ejecutado la noche del mismo día en la Ciudad Universitaria, aprovechando el viaje de regreso de la Escuadrilla a Madrid. Otras veces, aquellos desalmados entregaban sus víctimas a la propia checa de García Atadell y a la de Fomento, que se encargaban de sus ejecuciones. La «Escuadrilla» también robaba. Uno de los saqueos más celebrados fue el practicado en la caja fuerte del marqués de Retortillo, dueño de una valiosa colección de relojes de oro depositada en el Banco de España.

Una vez más, el «Heraldo de Madrid» se hizo eco de sus «gestas», atribuyéndoles el 13 de agosto la detención de 486 personas y la realización de 200 registros domiciliarios. Entre sus detenciones más sonadas figuraban incluso las del republicano Melquiades Álvarez, el doctor Albiñana, el general Araujo o los capitanes Valdivia y Gándara, que más tarde serían asesinados en la cárcel bajo el fuego de los mosquetones. La misma «Escuadrilla del amanecer» que, como ya hemos visto, puso patas arriba la vivienda del general Franco.

DE «TADELLA» A «ATADELL», EL COLABORADOR

Agapito García Atadell, colaborador con la «Escuadrilla del amanecer» que registró la vivienda de Franco, sería luego colocado por éste ante el paredón. Atadell había nacido en el pueblo costero de Vivero (Lugo), el 28 de mayo de 1902. Tenía por tanto treinta y cuatro años cuando estalló la Guerra Civil. Desde niño, Agapito mostró una inteligencia despierta y una enfermiza afición por el dinero. En su juventud, como buen gallego, soñaba con hacer las Américas y regresar a su tierra forrado. Agapito realzó su vulgar primer apellido colocando por detrás de García el menos corriente de Atadell. La argucia no tuvo, en realidad, mucho mérito: simplemente se inspiró en el apodo de su madre –«Tadella»– para transformarlo en «Atadell». El toque de distinción se lograba tan solo situando la última vocal al principio. Pura sintaxis. Así, con ese nombre más «ilustre», cometió todo tipo de fechorías.