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¿Por qué romanos y griegos no llevaban pantalones?

A pesar de su poca trascendencia en la moda de la época, hubo personalidades “excéntricas” que se atrevieron con esta prenda: fue el caso del emperador Heliogábalo, un enamorado de los pantalones de seda

Imagen del montaje de "Troyanas", versión firmada Ángeles González Sinde
Imagen del montaje de "Troyanas", versión firmada Ángeles González Sinde Sergio Parra Sergio Parra

Si retrocediéramos hasta una concurrida calle de la Atenas clásica veríamos paredes blancas y brillantes, notaríamos el aire polvoriento y, posiblemente, llegaría el aroma de pasteles de miel, aunque mezclado con el hedor de una ciudad sin alcantarillado. La mayoría de gente que nos cruzásemos serían hombres. Unos, con un manto envuelto alrededor del torso; otros, con sus túnicas sueltas que llegan a la rodilla. Las contadas mujeres que nos encontrásemos también llevarían túnicas, pero más largas y ajustadas a los hombros con unos largos alfileres. Las ropas de los pobres serán de lana incolora, de tono blanquecino; mientras que los privilegiados irán con emplumados que se moverán entre las tonalidades amarillas, verdes y marrones.

Yendo a la Roma de principios del Imperio, el lodo hará que los adoquines resbalen. Aquí no hay miel, pero sí huele a garbanzos tostados. Se escuchan varias lenguas y los peatones van vestidos de una manera muy diferente a la de Atenas. Hay hombres con togas, togas de lana de más de seis metros (desdobladas). No es fácil meterse en semejante mar de tela, por lo que la aristocracia tiene su oportuno esclavo para facilitar la labor, pues es una prenda que requiere de una atención constante para ser llevada correctamente. Por ello, por la incomodidad de pasear de esta guisa, la mayoría han dejados sus togas en casa y han sacado la túnica corta. Las mujeres van o envueltas en el manto tradicional de las matronas romanas o con túnicas largas de todos los colores.

En uno y en otro lugar, el lino, la lana y el algodón de los trajes se alternan entre los individuos por su buena adaptación al clima mediterráneo, así como a los cambios sociales o climatológicos, como explica el historiador Garret Ryan en Estatuas desnudas, gladiadores gordos y elefantes de guerra (La Esfera de los Libros), donde, asegura, que responde a las preguntas más comunes sobre la Antigüedad: “Sucintos resúmenes de estudios académicos salpimentados con anécdotas de las fuentes antiguas y aderezados con las más excelentes ilustraciones que puede ofrecer el dominio público”, apunta el autor sobre un libro “pequeño y extraño, pero abrumador”.

Otro denominador común de la época era la ausencia de bolsillos. Muy parecido era el caso de los pantalones, casi inexistentes. De hecho, el que los llevaba era calificado de “excéntrico”, como fue el caso del emperador Heliogábalo, un enamorado de los pantalones de seda. Para griegos y romanos los pantalones eran cosa de bárbaros: a los atenienses les venía el recuerdo de los persas y sus invasiones; y los romanos los asociaban con los tatuados y trasegadores de cerveza pueblos del norte, especialmente los germanos.

Aun así, estos últimos, los romanos, dieron su brazo a torcer desde que las legiones decidieron que les resultaban más prácticos. Las túnicas hasta la rodilla, diseñadas para el calor veraniego, se convertían en un accesorio demasiado aireado para los inviernos del norte. Así que, inspirándose en la caballería bárbara, los soldados comenzaron a ajustarse unos calzones cortos de algodón o lana. No tardaron en dar el paso natural de llevar pantalones largos. Sus mandos les siguieron; un emperador del siglo tercero escandalizó a la opinión pública al llevar pantalones (además de una peluca rubia flexible) mientras dirigía a las tropas.

Ya en el siglo IV, cuando los soldados metidos en política pusieron de moda la ropa militar, los civiles comenzaron a cambiar las túnicas por pantalones, y para el final de ese siglo, ya era una práctica generalizada que hasta un edicto imperial los prohibió en la ciudad de Roma. Cualquier hombre que fuera sorprendido con un atuendo tan escandaloso sería detenido, despojado de sus propiedades y enviado a un exilio perpetuo. Sin embargo, la causa ya estaba perdida. En unas pocas décadas, incluso los senadores llevarían pantalones en presencia del emperador.