Anécdotas de la Historia

Ese cerdo llamado Napoleón

Se ha debatido y dada por cierta una leyenda urbana según la cual en Francia estaba prohibido llamar a un gorrino con el nombre del emperador, tan de actualidad de nuevo

Retrato de Napoleón Bonaparte
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François tenía un cerdo. Pero no era un puerco cualquiera. Era un verraco de aspecto bastante feroz, el único de raza berkshire en la granja. Resultaba parco, pero tenía fama de salirse siempre con la suya. Cada día refocilaba de lo lindo entre sus propias heces. Era tan feliz el pobre cuto, tan majestuoso, que respondía al nombre de «Napoleón». El campesino francés lo alimentaba sin parar y lo miraba con codicia y orgullo. Pronto sería San Martín, y en aquel año de 1989, con el bicentenario de la Revolución, habría una gran celebración en Tolón, ese precioso puerto mediterráneo. Lo vendería por un buen puñado de francos.

El campesino subió el cerdo a la furgoneta y emprendió camino a la ciudad portuaria. Como era un roñoso evitó las carreteras de peaje y se tragó todas las rotondas. Atrás, el animal se mareaba, daba tumbos y tenía arcadas. «Tranquilo, Napoleón, tranquilo», decía François al gorrino. «Llegaremos pronto». Fue así que, entre bache y badén, granjero y cerdo llegaron al mercado. François bajó con cuidado al animal, que apenas se tenía en pie. Ató una cuerda a su cuello y lo llevó al redil. «¡¡Dominique!! -gritó-. Mirá qué cerdo traigo». «Qué hermoso», contestó el otro. «¿Cómo se llama?» «Napoleón, le he llamado, Napoleón», apuntó el ingenioso criador.

Dominique se quedó blanco. «Cela n’est pas possible! Mon dieu!», aleteó el amigo mirando a un lado y a otro. «Eso está prohibido», anunció. «¿El qué? ¿Que sea tan hermoso mi cerdo? Míralo, dan ganas de comérselo», contestó el feliz granjero. «Calla, loco. La ley prohíbe que en Francia haya un cerdo, cualquier cerdo, oye lo que te digo, cualquier cerdo que se llame Napoleón», respondió Dominique con el dedo enhiesto apuntando a unas imaginarias tablas de la ley. «Qu’est-ce que tu dis?», inquirió François torciendo el gesto. «Tout le monde sabe que en Francia está prohibido por ley. Lo puedes llamar Mitterrand o De Gaulle si quieres. Pero nunca, nunca, Napoleón. Es una cuestión patriótica», explicó en voz baja a la vista de un gendarme que tomaba un café con un croissant.

«Eso es un cuento chino, mon cheri -dijo François-. Una leyenda urbana nada más. No hay ley que diga eso». Tomó a su amigo del brazo y lo llevó junto al policía. El cerdo se quedó olisqueando unos quesos. Los dos hombres se acodaron en la barra y el amable granjero contó a Dominique la historia. Corría el año 1947. Francia estaba demolida, inquieta, con comunistas de última hora y colaboracionistas escondidos. En enero había ganado las elecciones un socialista llamado Vincent Auriol. La gente estaba ilusionada porque en junio empezaba el 34º tour ciclista. Renault había sacado el 4 CV tras años de trabajo secreto a las órdenes de Fernand Picard. El cine había vuelto, o al menos eso decían en Cannes, donde se presentó «Dumbo», París, cómo no, bullía con la exposición internacional.

Escritores malditos

En estas, una joven llamada Odile Pathé, hija del empresario que revolucionó el cinematógrafo de la época, quería insuflar vida intelectual a su país, volver a los buenos tiempos, al París de la bohème y de los pintores y escritores malditos. Fue así que armó una editorial, fundó una revista y se decidió a verter al francés a los grandes autores del momento. Esta moza, pues no pasaba de veinticinco años, dispuesta a deslumbrar compró los derechos de «Animal Farm», de un tal George Orwell. El libro era una parábola sobre las mentiras del totalitarismo. Qué bien encajaba con esos tiempos de vuelta a la democracia. Contrató entonces a Sophie Dévil para que tradujera la obra. Cuando terminó y Odile leyó el manuscrito quedó escandalizada. Resultaba que el malvado, el Stalin del cuento, el tirano asesino, había sido bautizado como «Napoleón». «C’est un scandale», dijo nuestra editora. «No puede ser que ese miserable tenga el nombre de nuestro glorioso Emperador. Mancillaría la historia de Francia justo ahora, que debemos limpiarnos el barro de la bota alemana que con tanta facilidad dejamos que nos pusieran encima». Odile ordenó a Dévil que sustituyera el nombre de «Napoleón» por el de «César» y eso hizo.

«Así, querido Dominique, resulta que la primera traducción cambió el apelativo del cerdo», explicó François. «No fue una prohibición, sino una censura editorial». La obra se tituló «Les animaux partout», siguió contando, y tuvo un epílogo del periodista socialista Jean Texcier, uno de los héroes de la Resistencia. «Ahí no acaba», dijo François. «La editorial Gallimard siguió con el nombre de ‘César’ veinte años después. Y no fue hasta 1981, cuando se puso al cerdo su verdadero nombre, ‘Napoleón’, como el mío. Míralo ahí, qué bonico es».