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Javier Aznar: «Somos yonquis de la inmediatez»

Reúne sus crónicas y artículos en «¿Dónde vamos a bailar esta noche?», un libro que vuelve la mirada hacia lo efímero y el momento fugaz.

  • Javier Aznar: «Somos yonquis de la inmediatez»

Tiempo de lectura 4 min.

25 de junio de 2017. 23:30h

Comentada
27/6/2017

Llega con la sombra inquieta de las prisas y una estatura que le da porte literario. Trae debajo del brazo un libro que habla de lo provisional, que juglariza el momento efímero y pasajero. Javier Aznar es hombre de aspecto arreglado y de juventud boyante, ilusionante e ilusionada, pero pespunteada ya por la muesca de algún arrepentimiento –estudió Empresariales cuando la vocación que le apremiaba el espíritu era la palabra urgente del periodismo. Su libro, «¿Dónde vamos a bailar esta noche?» (Círculo de tiza), pretende ser una amplia polifonía de lo que es inaprensible, huidizo, pero lo que asoma entre sus páginas, de manera involuntaria, es su retrato de bohemio del instante, de notario de lo caduco, una de las aristas descuidadas de la crónica actual.

–En estas páginas apunta hacia lo cotidiano.

–Retrato lo fugaz, lo que se nos queda grabado en la memoria de los días que vivimos, esos pasajes Kodak, muy Instagram, que suelen dejar los viajes o el día a día.

–¿Qué tienen esas vivencias?

–Lo que he aprendido es que esas experiencias que guardas en la memoria poseen un rasgo común: todas te hacen pensar y reflexionar cuando las diseccionas con cuidado. Aquí comento lo que hay de extraordinario en lo cotidiano, lo que admiro. Desde este punto de vista se acerca a los márgenes del diario.

–Siempre está alerta, entonces.

–Siempre estoy anotando o pensando en qué puede ser material para escribir. Me gusta, en especial, rescatar esos momentos triviales que están sujetos al pensamiento. En las crónicas, como en la película «El cazador», a veces sólo tienes un disparo para acertar.

–¿Lo más difícil de una crónica?

–No aburrir al lector. Hoy con la oferta que hay de entretenimiento, ser capaz de escribir algo y que captes la atención de un lector es un milagro. Tenemos que realizar un esfuerzo para captar el interés de las personas que se acercan a lo que escribes.

–También se ríes de usted.

–Me gusta la gente que se aparta de la solemnidad, que también es capaz de reírse de ellas mismas. Es un rasgo de inteligencia. Me atraen esas personas que parecen frívolas, pero que ocultan una capa de inteligencia. Es un signo de inteligencia no querer demostrar siempre lo profundo e inteligente que eres. El afán de no tomarte en serio es algo que deberíamos valorar.

–Pero vivimos una sociedad que se toma bastante en serio. Algo más de humor no nos vendría mal, empezando por el Parlamento...

–Nada me cansa más que esa lacerante falta de humor que vemos en la política y en muchos ambientes; esta hipersensibilidad que afecta a mi generación. No vendría mal tomarnos menos en serio. El Oscar a Mejor Película parece que siempre lo tiene que ganar el filme más intenso de la cartelera. Parece una frivolidad reconocer que una comedia también puede ser una obra maestra.

–Se aleja del comentario político y se concentra en lo que sucede a su alrededor, ¿por qué?

–Somos yonquis de la inmediatez. Lo que nos pasa es que todos quieren tener la opinión o el tuit de lo que acaba de pasar. Todos quieren deslumbrar al mundo con su visión sobre un político o lo que sea. Hay que ser escépticos con los políticos. No creo que den para tanto, pero es la actualidad, el ahora, lo que manda. Pareces un frívolo si no hablas sobre un escándalo o un asunto de corrupción, pero yo echo de menos esos rincones de los diarios en los que se habla de otros asuntos, con una mirada más distante.

–De hecho se aparta de la opinión, le atrae lo que ocurre.

–Me gusta fijarme en cómo cambian las cosas con cada generación nueva, las palancas que mueven la sociedad. Hay un exceso de opinión. Todo el mundo parece que tiene que dar su visión. Hay una saturación de «opinólogos». Las redes sociales han creado la expectativa de que lo que tú piensas debe ser escuchado por el resto de las personas. Y no es así.

–¿Cuáles son las palancas que mueven el mundo?

–Las de siempre, pero hoy tenemos una más: ahora necesitamos la validación de los demás. Tenemos una obsesión a ser gustados, a los «likes», a que te den siempre una palmadita en la espalda, a la aprobación de los demás, al aplauso.

–Se fija en los «hipsters», los «hashtags», las patatas fritas...

–(Risas). Sí. Y hay algo, aparte de eso, que me fascina. Surge una taberna, se pone de moda, y afloran quince de golpe por toda la ciudad. También he observado que la gastronomía ha sustituido a las marcas de lujo para validarte en la sociedad. Antes, para demostrar ante los demás que te iba bien te comprabas una ropa especial, un coche. Ahora, con las redes sociales parece que comer en DiverXo o en el restaurante que ha sido el descubrimiento de la ciudad se utiliza para decir: «Mirad estoy aquí, me va bien, estoy “in”, estoy dentro». Todo esto da mucho juego, lo de estar siempre a la última.

–¿No hay algo de bohemia en esto de detenerse a contemplar un paisaje o en un acontecimiento?

–No lo había pensado, pero quizá. Existen fenómenos que parecen contradictorios. Ahora que tenemos Silicon Valley surgen los artesanos. Ahora que nos movemos siempre entre urgencias, que estamos desbordados por las prisas, no está mal aportan una lectura reposada, fuera del circuito. Son estos momentos los que permanecen.

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