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Juan Bolea: «Una novela policiaca con un mal final es una mala novela»

Juan Bolea / Escritor

  • Juan Bolea, escritor
    Juan Bolea, escritor

Tiempo de lectura 5 min.

13 de febrero de 2017. 05:10h

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Marta Robles 12/2/2017

Juan Bolea podría ser el protagonista de una de sus novelas. Alto, delgado, de frondosa y ondulada cabellera negra salpicada por algunas canas, ojos claros inquisidores, sonrisa seductora... Tal vez sería el galán si el argumento requisiera la apostura del caballero, pero también podría ser el asesino. Él mismo y casi cualquier otro perfil cabrían en sus historias de aventuras, sus «thrillers» psicológicos o incluso en esa serie policiaca suya protagonizada por la inspectora Martina de Santo. No hay personaje que se resista a la pluma de Bolea, capaz de colocarlo en el escenario adecuado y convertirlo en lo que el lector menos sospecha. En ese relato que acaba de reeditar en un delicado volumen Jesús Egido, «Orquídeas negras» (Reino de Cordelia), casi ninguno de los miembros del elenco hubiera sido capaz de imaginar su destino. Quizá sólo ella, de la que hablaremos después. Antes, quiero saber si esta novela tan cinematográfica y adictiva es la mejor de sus obras.

- Tensión y melancolía

Muchos lo aseguran. «Al menos, es una de las más especiales para mí», dice Juan, y añade: «La escribí muy motivado por el argumento, que me pareció original en el instante en que me vino a la cabeza. Redacté sin apenas corregir, con una constante inspiración y una rara sensación de tensión y melancolía». La misma que envuelve a los personajes, atrapados en un lugar tan único como inquietante: esa isla del Hierro plagada de volcanes. «Uno de los personajes principales es, en efecto, un vulcanólogo. Su trabajo es importante para encuadrar la historia. Mi idea era desarrollar la novela en territorio español, por lo que debía enviar a Ricardo Dax, que así se llama el protagonista, a una de las Islas Canarias que mantienen actividad volcánica. El Hierro me pareció la más adecuada», explica el escritor.

Para actividad volcánica, la que genera Puerto, la dama de la historia, una mujer fatal. Tanto como para tener a su alrededor, no a dos hombres, sino cuatro. «Sí, esa era la idea inicial, el germen del relato. Normalmente, en los argumentos donde la infidelidad y la pasión juegan un papel primordial, aparecen siempre un par de varones. Uno es el marido de la chica; otro, el amante. Pero en esta creación se añaden dos sujetos más que cobrarán gran influencia en la vida y corazón de Puerto. El papel de ambos será clave para el desarrollo argumental y el misterio de la trama».

Todo podría girar en torno a esa mujer bellísima, que aparece por primera vez ataviada con un breve bikini color pistacho, pero hay una figura central parecida a Orson Welles, provocadora, de sentimientos encontrados, que sitúan el eje de la historia. La personalidad infalible de un hombre en una novela negra como describe el literato: «Leo Cosmo es uno de los mejores personajes que he imaginado nunca. Un viejo director de cine, ya retirado en una casa de ensueño construida por César Manrique en El Hierro, entre volcanes y coladas de lava. Un creador en declive, aunque con una mente formidable, obsesionado con Shakespeare y Edgar Allan Poe. Tiránico con su entorno, despótico con su mujer, Leo Cosmo representa la mente eruptiva, el estallido de la imaginación, contrastado con lo telúrico, el destino. Su fuerza e intransigencia llevan a los demás personajes al límite y a la trama de máxima tensión». No es para menos. Su discurso es tan abrupto como el paisaje en el que el escritor inventa esa casa misteriosa excavada entre cráteres. Un ambiente claustrofóbico dentro del que ya genera la propia isla, «con sus laderas escarpadas, sus vientos, sus retorcidas sabinas, sus negras playas y transparentes cielos, el Hierro es una metáfora de la novela». Una alegoría en la que viven atrapados el cineasta, su mujer, sus sirvientes, ex profesionales del mundo del cine –ya sin más futuro que el de estar junto a Cosmo–, un vulcanólogo, un escultor, un herpetólogo, y con ellos los lagartos, un pájaro aterrador y las ratas. «Cierto. Todo un elenco de seres afanados en la búsqueda de la verdad científica. Bajo ellos, los guardas, criadas y viejos actores retirados generan inestabilidad y corrupción, como el incandescente magma en el interior de los volcanes, un fluido malsano sobre el que no será posible construir ningún sentimiento duradero, tal vez ni siquiera verdadero. Y más abajo aún, los animales, las bestias...», prosigue Bolea.

- Buenos vientos

«Orquídeas negras» tiene todos los elementos para llegar a la gran pantalla, como la novela del escritor «Parecido a un asesinato» (Martínez Roca), que en breve será adaptada al cine por Antonio Hernández. Soplan buenos vientos para la novela negra. «Eso se debe a la proliferación de sellos y autores especializados, a la abundancia de traducciones y al crecimiento de los lectores de género», añadido al trabajo de los numerosos festivales como el de Aragón, que dirige el propio autor. Y la pregunta es, ¿por qué esta categoría de novela encuentra cada vez más escenarios donde hablar sobre ella? «Por su lenguaje visual, su proximidad y complicidad con los lectores, su ritmo vivo, su temática actual y su capacidad de compromiso y de denuncia».

Seguimos hablando del secreto de una buena novela negra: «Sólo hay uno: la idea». De la diferencia entre la misma y la policiaca: «La policiaca depende de la originalidad del enigma y a su mecanismo confía su éxito, mientras que el relato negro se basa en el conflicto entre los personajes penetrando más en lo psicológico y en la naturaleza humana». No me resisto a preguntar por los finales. Según algunos, son lo peor del género. También en eso se parecen a la propia vida: «Una novela policiaca con un mal final es una mala novela», explica Juan. Y aclara: «Pero en la novela negra el final no importa demasiado. Y en la vida no existe el final». Su libro no termina nunca...

Personal e intransferible

Juan Bolea nació en Cádiz en 1959. Está casado, tiene tres hijos, se siente orgulloso de su familia y no se arrepiente de nada. Perdona y olvida siempre. A una isla desierta se llevaría «un par de alas para salir pitando y volando de allí». Le gusta el marisco y la sidra. Su manía es la puntualidad; su vicio, viajar; y su sueño recurrente, «un caballo de cartón con la tripa llena de objetos robados –tal vez por mí–. Hay unas tijeras doradas de costura, un cestillo para monedas y un pañuelo de mujer». De mayor le encantaría ser Dorian Gray y, si volviera a nacer, «me habría gustado llamarme Homero».

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